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24 diciembre 2010 5 24 /12 /diciembre /2010 23:35

 

 

Un regalo navideño inesperado

 

 

 cartilla el parvulitoel parvulito ANTONIO ALVAREZPDF-42000

                                                                                Recuerdos de El Parvulito.

 

Muchas cosas en esta vida tienen la facultad de espolear mi memoria. Pero últimamente Isaac Nahon con su blog, se lleva la palma. Con su escrito Tun tun ¿quién es? Ha vuelto a hacerlo. Cuando lo leí se juntaron los recuerdos de muchas navidades pasadas, pero dado que comparto con Isaac haber llegado a Venezuela en 1968, el más nítido es el que se refiere a ese año.  

Era septiembre y mis padres habían agotado la primavera y el verano en Galicia. Fue un verano de mucha playa en la famosa Costa da Morte, pues mis padres tenían unos amigos en Sardiñeiro, pueblo entre Finisterre y Corcubión. Verano poco caluroso, pues recuerdo los días grises en la playa del Sardiñeiro al salir de casa y entrar en la arena. Por ello, los niños pasamos mucho tiempo  en los juegos del parque de Corcubión.  

Pero en septiembre habíamos ya cambiado la costa cantábrica por el mar Caribe del litoral venezolano. Tras visitar a los que eran los antiguos jefes de mis padres, me imagino que con la intención de reincorporarse tras seis meses de largas vacaciones, mi vida pasó a ser totalmente diferente. No sólo porque vivía en un país tropical sino porque estaba rodeada de un mundo totalmente plural, algo que no había conocido en la Galicia que dejaba.  

De tal manera que ese año aprendí muchas cosas nuevas. Una de ellas era que lo que había leído y estudiado en El Parvulito,[1] eso de que “creo en Dios todo poderoso y soy cristiano, católico, apostólico y romano, la única religión verdadera” era una patraña. En aquella visita a casa de los jefes de mis padres averigüe, primero, que en Venezuela a los curas se les llamaba “rabinos”. Y es que esta fue la rápida  respuesta que me dio mi madre cuando le pregunté qué significaba la palabra “rabino”: es el equivalente a un cura. Luego la deducción fue lógica: en Venezuela a los curas se les llama “rabinos”.  

En las subsiguientes visitas, especialmente en las de diciembre, descubrí  que aquellos niños no sabían que existía una fiesta llamada Navidad, en la que se daban regalos. Mis explicaciones, como consecuencia de su desconocimiento, nos condujo, primero a una protesta muy ruidosa por parte de ellos ante sus padres, y luego a una improvisada fiesta navideña,  y una entrega de regalos adelantada. Interrumpimos nuestros juegos y se improvisó una fiesta de Navidad con regalos.  

Estas experiencias de choques culturales y conocimiento de otras costumbres, con sus consecuentes revelaciones, provocaron diversas charlas con mi padre.[2] En la primera tuvo que explicarme que un rabino no era un cura, aún cuando el concepto sí era similar: y es que eran representantes de dos religiones diferentes. ¡Vaya lío! ¿Y lo que había aprendido en el colegio, eso de que “nuestro Dios era el único y la religión católica, apostólica y romana era la verdadera”? ¿En qué quedaba? Con toda la paciencia que siempre ha mostrado mi padre me explicó que no, que “para los que  tienen fe en una religión” su Dios  es el verdadero.  

Pero, si existen tantas religiones, repliqué, ¿no será que el Dios verdadero es el único que hay, por tanto, debe ser el Dios de todos? Sí, claro, respondió mi padre. Entonces: ¿por qué había tantas religiones y no una sola? Sin duda me metía en honduras que reclamaban una larga explicación, casi una clase, y mi padre no tenía tanto tiempo así que insistió en que “para todos los creyentes de una religión, en la medida que tienen fe, su Dios es el verdadero. Y estas creencias de la personas, me dijo, son sagradas y merecen todo `nuestro respeto´”, con lo que zanjó la conversación.  

De este diálogo me quedó algo muy claro: no te creas todo lo que aprendes en el colegio, porque no todo es cierto y los profesores no siempre dicen la verdad, sino la verdad que ellos creen. Sin duda, ahí se había socavado mi fe en el sistema escolar y, por tanto, en los que tenían que dirigir mi educación. Tengo que decir que pocas veces discutí o le llevé la contraria a un profesor a pesar de que reconozco que la mayoría de las veces no estaba de acuerdo con ellos.

Cuando concordaba con alguno de mis profesores era porque, me daba cuenta, coincidíamos en nuestra línea de pensamiento. Hoy en día me asombro cada vez que rememoro a aquella cría, callada delante de un profesor y sin darle la razón. Callada pensando: “no tienes la razón aunque creas que la tienes”. También me llama la atención la claridad de pensamiento con la que los juzgaba, pues hoy en día, una cuantas décadas más tarde, sigo pensando lo mismo, sólo que ahora sería, seguramente, menos inflexible.  

 Por tanto, mis primeras Navidades en Venezuela, diciembre de 1968, no sólo recibí como regalo de los jefes de mis padres un hipódromo en miniatura donde los caballos, de diferentes colores, representaban los partidos políticos que se presentaban ese año en la contienda electoral. Sino también conocer lo que era un país en democracia, y aprender que que existían otros mundos, otras concepciones y otras formas de ver la vida. Un aprendizaje que hoy en día considero invalorable. Y que lo que nos dicen los libros o nuestros mayores no siempre es la verdad. Fue el comienzo de una nueva vida y la ruptura definitiva con todo lo que representaba la España de Franco y  El Parvulito. Y al mismo tiempo, fue el principio del fin de la inocencia.



[1] Libro con el que se introdujeron en el mundo de la enseñanza   8 millones de niños españoles tras superar el aprendizaje de las primeras   letras. Esta frase no recuerdo exactamente si estaba propiamente en  El Parvulito o en un libro anterior de primera enseñanza, pues al buscar la lección que recuerdo no la encuentro.  

 

[2] Me imagino que algo similar le ocurrió a mis compañeros de juegos.

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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