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5 abril 2013 5 05 /04 /abril /2013 02:59

Esencia de mujer narra la historia de la relación entre un oficial del ejército retirado, que sufre de ceguera, y un joven estudiante que le sirve de lazarillo en la gran ciudad de Nueva York. Además del Oscar al mejor actor a Al Pacino, obtuvo otras nominaciones, como mejor película y mejor director. En este vídeo se puede apreciar el excelente discurso final de la película.

 

 

LOS PADRES INSTRUIMOS HASTA SIN INTENCIÓN 

 

 

Cuando se tienen hijos y se piensa en el futuro que se les quiere dar,  los mejores propósitos acuden a nuestra mente. Los padres solemos desear que nuestros hijos superen las deficiencias o carencias que poseemos en determinados apartados. Esto fue lo que nos ocurrió a mi marido y a mí con los nuestros. En cierta medida, desde que nacieron nuestros pasos, como pareja, eran medidos en función de su bienestar.

Recuerdo en alguna ocasión estar barajando la posibilidad de salir a cenar fuera. Pero también recuerdo como en esos momentos nuestra mirada bajó hasta llegar a nuestro primogénito, en una primera época, y después hasta los dos, y pensar en todo lo que significaba salir con ellos: el subir y bajar el cochecito del auto, imaginar controlar a dos pequeños en el restaurant    y, con la decisión tomada, recuerdo como elevamos  la mirada   hasta cruzarla y decir al unísono: ¡mejor encargamos comida china!

De tal manera que nuestros fines de semana se llenaron, durante los primeros años de nuestros hijos, de sesiones caseras de cine, comida china o pizza, lectura y música. Mis hijos crecieron escuchando mucha música, especialmente clásica, que era la que le gustaba a su padre. Aunque también, siguiendo su gusto, las melodías de  Juaquín Sabina sonaban de fondo algunas veces y otras Andaluces de Jaén  o Libertad sin ira, e incluso diversos grupos latinoamericanos, alguno de moda en su momento como el grupo de bachata Aventura o el venezolano Ali Primera con su canción Casas de cartón.

Por mi parte, añadía al ambiente musical Cómo curar un corazón herido de los Bee Gees o  No es una carga, es mi hermano de Los Hollies   que se mezclaban con O son do ar del grupo gallego Luar na Lubre,  O bruxo da montaña  de Milladoiro o Orinoco flow de Enya. Pero lo cierto es que, en general, su cultura musical nunca fue una preocupación porque  a esto se  añadía  que ambos estudiaron un instrumento y entre los familiares, el que más o el que menos, tiene actitudes naturales y,  ya sea por formación autodidacta o formal,  muchos de ellos tocan alguno, hecho que ayudó a  crear un entorno propicio para el desarrollo de esta faceta.

Personalmente me preocupé  en estimular su curiosidad científica pues siendo sus padres humanistas sentía que cargábamos excesivamente el peso hacia esta área. Por ello, dentro de mi limitada formación  en el área de ciencias  traté de despertar su interés por las matemáticas y, muy especialmente por el mundo de  la física. Para ello me vino muy bien la serie Start Trek: la nueva generación, pues yo había visto Start Trek: la serie original en blanco y negro. 

Estas sesiones compartidas, viendo la popular serie, estaban  acompañadas por  conversaciones sobre temas cómo la expansión del universo, la velocidad de la luz, los agujeros negros, las estrellas enanas, los soles rojos, el número de  galaxias…etc. De esta forma surgían comentarios alrededor de la teoría de la relatividad, la velocidad de la luz, la posibilidad de la tele transportación…

Tengo que confesar que precisamente por el fuerte carácter humanista de nuestro hogar, nunca me preocupó, personalmente, crear en ellos el hábito de la lectura por cuanto sabía que el ejemplo era más que suficiente, como así fue. A pesar de esto quise que mis hijos disfrutasen de los libros que había leído en mi niñez lo que significó, en muchas ocasiones, la búsqueda activa por librerías y ferias del libro de ciertos ejemplares que ya no se encontraban. Esta actividad  creó momentos de disfrute conjunto en la propia búsqueda de los libros, disfrute que  se prolongaban cuando el libro había sido conseguido  y era leído.

Sin embargo, siendo muy cinéfilos mi marido y yo, tampoco nos preocupamos especialmente por  cultivar su gusto por el cine. E incluso nuestras sesiones de cine casero las reservábamos exclusivamente para los dos. Sin embargo, llegó un momento que nuestro hijo mayor, primero de tres años, luego cuatro o cinco, quiso compartir ese rato con nosotros: ¿me puedo quedar con ustedes? recuerdo que fue su pregunta la primera vez. La respuesta no se hizo esperar: su padre y yo hicimos sitio en el sofá, en medio de los dos, y lo acurrucamos a nuestro lado de tal manera que sus piececitos  quedaron en las piernas de su padre y su cabeza recostada en mis brazos. Tengo en la memoria el gesto de arroparlo con una manta suave  pensando que nuestro pequeño se quedaría dormido mientras su padre le acariciaba sus pies desnudos.

Evoco en alguna ocasión mirar para él con la finalidad de ver si ya había cerrado los ojos y de si ya dormía. Y también rememoro ver, con asombro, como permanecía con las manos bajo su mandíbula y con los ojitos muy abiertos. Parecía estar muy interesado en la película de turno ¿Qué entenderá de lo que ve? pensé en su momento, pues la mayoría de los filmes  me parecían complejos para un pequeño de su edad.

Ahora, con 20 años, ya en la universidad estudiando medicina, en otra urbe, lejos de su casa, con fines de semana libres en solitario, me cuenta que recordó aquellas películas que los padres veíamos en nuestras sesiones de cine. De tal manera que las ha retomado una a una, muchas de ellas de estreno en su día y otras rescatadas de la filmoteca por sus progenitores. Y ahora las rescata él a su vez y las vuelve a ver: Esencia de mujer, con Al Pacino, El indomable Will Huntig, con Robin Willians y Matt Damon,  Educando a Rita con Michael Caine y Julie Walters, La leyenda del pianista en el oceáno con Tim Roth,  Un león de invierno en sus dos versiones, la primera de 1968 dirigida por Anthony Harvey con Peter O´toole y Katharine y Herpburn y la segunda del director Andrei Konchalovsky, Horizontes de Grandeza dirigida por Willian Wyler con  Gregory Peck  y Charleston Heston , El Golpe con Paul Newman y Robert Redford entre muchas otras.

Este entretenimiento cinéfilo lo comparte desde la distancia con su hermano, comentando y muchas veces volviendo a ver las películas, reflexionando sobre el mensaje que transmiten, la estructura y el diálogo. Y me doy cuenta de que los padres instruimos hasta cuando no lo hacemos intencionadamente. Qué gratificante ver que, en este caso, ha sido para bien y que este hecho les ha dado a mis hijos otra dimensión de la vida de la cual también disfrutar.

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16 febrero 2013 6 16 /02 /febrero /2013 22:56

REENCUENTRO

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En las fotos, la primera desde la izquierda, en las instalaciones de IBM de Venezuela acompañada de diversos gerentes de la empresa y el director de Computerworld Venezuela a mediados de los años ochenta, Kalman Von Vajna Nagy. En la segunda fotografía con los periodistas asistentes al primer seminario sobre computación que  ofreció  IBM a los profesionales de la prensa. En la foto, representando a la revista de economía para la cual trabajaba en ese momento, coincidí con el corrector de estilo de Computerworld, Nicanor Pérez, uno de los presentes en este reencuentro del 2013, y dos compañeros de carrera, Diógenes Mayol y Marisa Díaz, organizadora del evento por IBM. En la foto el ponente Carlos Padrón, que hoy en día tiene su propio blog.

A veces el destino trae a nuestra vida eventos que transforman nuestra trayectoria. Esto es lo que pensé en estas fiestas de carnavales. Después de veinte años, casi toda la plantilla de redacción del periódico Computerworld Venezuela nos reunimos alrededor de una paella preparada por uno de los compañeros. El  reencuentro fue propicio para que evocase cómo comencé a trabajar en esta publicación de la cadena International Data Group (IDG). Y lo cierto es que todo fue el resultado de un juego de azar; de esos juegos de azar de los que somos partícipes sin darnos cuenta.

Recuerdo que apenas hacía cuatro años que había finalizado los estudios de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello. En ese momento desempeñaba el cargo de redactor jefe  de una revista de economía y estaba barajando la posibilidad de inscribirme en un máster de computación, por aquello de que el  profesional que no dominase dicha materia se quedaría descolgado de las nuevas tecnologías y  pasaría a ser un analfabeto tecnológico en el marco de los años que estaban por venir.

Un día, leyendo el periódico, en horas del mediodía, tropecé con un anuncio donde se solicitaba un periodista con conocimientos de computación. Recuerdo que asumí que sería difícil encontrar un profesional con tales características y estaba en el proceso de pasar la página cuando un detalle me hizo recapacitar: el anuncio hacía hincapié en que el periodista debía pertenecer al género masculino.

Y fue esta acotación la que me hizo detenerme y, con manifiesto enfado, marcar el número que se daba para contestar al anuncio. Y aquí comenzó el juego de azar. En aquel momento se me antojaba inadmisible leer semejante demostración pública de discriminación profesional hacia la población femenina. Fue tal mi indignación que no reparé en la hora que era: la del receso para comer en una jornada laboral partida. Por tanto, era lógico suponer que no habría nadie en la oficina para responder al teléfono. Pero, sorpresivamente, estaba el director de la publicación que solía escoger los momentos de soledad, cuando las oficinas que quedaban vacías, para trabajar. Tras el primer saludo espeté:

-  Estoy llamando por el anuncio que aparece en el periódico donde solicitan un periodista con conocimientos de computación. Y quiero saber si la condición de caballero es indispensable para optar al puesto, pues está claro que no tengo dicho requisito y quiero presentar mi candidatura al mismo.

Al otro lado del teléfono la persona que contestó guardó unos segundos de silencio y a continuación dijo:

-   No. No es indispensable, pero dígame: ¿tiene conocimientos de la materia a tratar?

No. Por supuesto que no  –contesté- Pero ¿tiene usted confianza en encontrar un periodista masculino con dichos conocimientos?

-    La verdad es que no –contestó la voz que me atendió.

-  Pues ya ve: el posible periodista hombre y yo, periodista mujer, estamos en igualdad de condiciones. Por ello considero que debería darme la oportunidad de presentarme.

De esta manera fue que conseguí la entrevista de trabajo para el puesto. En todo momento me conduje animada por la certidumbre de enfrentarme a un claro caso de discriminación laboral por razones de género. Por tanto, el día acordado acudí con mi currículum debajo del brazo pisando fuerte y decidida a defender el  derecho de las mujeres a no ser discriminadas laboralmente.

Una vez delante del entrevistador, un ex empleado de IBM de Venezuela, de origen húngaro,  de carácter recio, me colocó en la tesitura  de responder a la interrogante  de  cómo podía asegurarle que sería capaz de hacerme cargo de la publicación sin saber nada de la materia que trataba. "Lo único que  le puedo asegurar –dije en aquel momento- es que en aquellos  trabajos en los que he estado, sin previo conocimiento de la materia, éste ha sido un problema resuelto en un plazo no mayor a tres meses".

El que más tarde sería mi jefe, me informó en ese momento que tras revisar todos los currículos recibidos  saldría para  Alaska a una reunión de directivos de IDG donde se trataría la problemática de conseguir periodistas idóneos. A su regreso fui llamada para una segunda entrevista. En ella me  comentó lo tratado en dicha reunión: la posibilidad de conseguir un periodista con conocimientos de computación era tarea imposible; ni en Venezuela, ni en Alemania, Estados Unidos o cualquier otro país del mundo era un objetivo fácil de alcanzar.

Ante esta dificultad las publicaciones habían acudido, en un primer momento,  a la idea de colocar a un ingeniero con conocimientos de informática ejerciendo el papel de periodista; pero esta solución no había funcionado. La experiencia demostró que era preferible un periodista sin conocimientos de computación, antes que un ingeniero del área sin conocimientos de periodismo.

Tras varios años de  ensayo y error, en diferentes países del mundo, IDG se había percatado que los periodistas que venían de cubrir la fuente de economía habían resultado ser los más idóneos para dicha tarea. Por tanto, el perfil recomendado para cubrir esta fuente era el de un periodista con experiencia en economía. Y el que sería mi jefe me dijo que de todos los currículos el mío reunía  el requisito exigido.

De esta forma, por accidente, comencé una nueva experiencia laboral que me marcó para el resto de mi vida, además de que hizo las veces,  en la práctica, del deseado máster. Pasar por Computerworld Venezuela fue el mejor máster en informática que nunca pude haber hecho. Además el equipo de trabajo era excelente y los logros alcanzados todavía nos llenan de orgullo a aquellos que estuvimos presentes en dicha etapa. Y eso se nota hasta en los lazos de aprecio mutuo de los profesionales de aquella plantilla. Quizás por ello estos carnavales pudimos decir, como la novela de Alejandro Dumas, veinte años después.

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9 enero 2013 3 09 /01 /enero /2013 22:58

PELEAS DE PERROS Y GATOS

 

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Este fin de año que he pasado en Caracas estuvo, por mi parte, exento de toda celebración. Dedicada, prácticamente, a ser la cabeza de la casa de mis padres, el tiempo que dedico a la solución de los problemas legales, la atención a su negocio y el cuidado de mi madre, llena de achaques, se comen toda mi energía.

Por, otra parte, el rato para compartir con amigos  casi no existe; la mayoría de mis amistades están en situaciones  parecidas: padres mayores a los que hay que cuidar, además del propio trabajo y  las responsabilidades con los hijos que están en la universidad o saliendo de ella. En ocasiones se suma que algunos de mis amigos se encuentran afectados por sus propios problemas de salud, los de un hijo  o  los de su cónyuge.

No obstante, llenos de generosidad las invitaciones se han cruzado, no siendo posible, muchas veces, hacer honor a ellas: la realidad se impone y con familiares enfermos es necesario recogerse temprano. Este sin duda fue mi caso el último día del año.

Tras la cena, mi madre se acostó y yo me dispuse a disfrutar de la serie Los Tudor que en su día no había visto. Mientras estaba en ello, extrañada de no escuchar los cohetazos del 24 de diciembre a la misma hora, suena el teléfono. Era mi vecina, la señora Gisela que me llamaba para dar la felicitación de año nuevo y al mismo tiempo compartir su preocupación sobre la situación que vive el país con el presidente Chávez enfermo.

-         - ¿Qué le parece señora Mercedes cómo se encuentra el país con el problema de salud de presidente? Qué triste se ve todo, con esas misas que se multiplican pidiendo por su salud… ¡Y esta incertidumbre!

-       -   Bueno señora Gisela: ¿qué quiere qué le diga? Sin duda mucho mejor sería que el presidente estuviese bien, que tomase posesión de su cargo porque esta incertidumbre no es buena. No obstante, creo que los grandes lineamientos han quedado esbozados con el pronunciamiento de las fuerzas armadas diciendo que respaldan al actual gobierno, con el presidente o sin él; la respuesta del pueblo ante las urnas donde le han dado el triunfo en 19 gobernaciones al  oficialismo contra tres de la oposición; la ventaja de un millón de votos en la elecciones generales… creo que más claro no puede ser.

-        -  Sí, exactamente; el problema es que no sabemos si la cabeza sigue o no. Y a esta cabeza ya la conocíamos, ya  había dicho por donde iba…pero ahora ya no sabemos si sigue la misma cabeza…ahí está el problema.  

-         - Pero nada se puede hacer señora Gisela…en estos momentos se puede decir aquello de más “vale malo conocido que bueno por conocer”, sin duda,  porque ante la incertidumbre esta es la reacción y yo lo entiendo. Pero ante el desenlace, cualquiera que sea, no podemos hacer nada así que la preocupación me parece poco útil, al menos en mi caso.

-         - ¡Ay, sí, señora Mercedes! Y el dicho de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Y a usted todo esto no la favorece nada porque le retrasa su regreso a España y usted ya lleva tiempo en Venezuela. ¡Ya está perdiendo los colores y se están poniendo usted jipata…!

-         - ¿Jipata?

-         - Sí señora Mercedes…¡amarillaaa!

La señora Gisela es llanera. Siempre lo recuerda en nuestras conversaciones. Su plática suele estar salpicada de dichos llaneros que personalmente me encantan. Ella es de una zona cerca del río Arauca, un punto  que frecuentemente es tema  del presidente Chávez  en sus alocuciones  porque parece que él conoce muy bien esa zona. Yo estoy enterada porque la señora Gisela suele contarme lo que dice al respecto. A  pesar de esto la señora Gisela no es favorable a su gobierno. Por ello me sorprende cuando dice:

-         - Por un lado unos llorando y dando misas para pedir por su salud y por el otro esta oposición que no lo deja tranquilo; ¡por dios: es un hombre enfermo! Que dejen de estar dando vueltas alrededor de ese tema. ¡Qué tengan un poco de respeto! Parece que tienen  prisa por enterrarlo. Eso no es cristiano.

Bueno, la verdad es que yo no sigo de cerca ni lo que se dice por parte de la oposición ni lo que se dice por parte del oficialismo; con mi crisis doméstica sumada a la crisis que vive Europa creo que ya es suficiente. Cuando dejé España todavía no se habían realizado las elecciones estatales y un año más tarde, tras ganar el PP, el país en el que levanté mi proyecto de vida se está haciendo pedazos y lo que allí ocurre me recuerda demasiado lo que viví en Venezuela en los años previos a mi partida. Todo se repite.

En aquel momento, la década de los 90, mi actitud fue la huida: la incertidumbre de lo que podía pasar en Venezuela, junto con unos sentimientos muy pesimistas, me hicieron dar el paso. Y ahora siento una enorme rabia viendo que los que provocaron la crisis en América Latina durante los años 80 vuelven a las andadas. No han aprendido nada. Entiendo que para ellos es difícil aprender pues mientras duré lo que buscan van a obtener enormes beneficios en detrimento de la mayoría.

Actualmente estos buitres se han lanzado en pos del mundo que conocí, y en el que viví los últimos veinte años. Ese mundo que, a mi entender, era un modelo a seguir. Lo están torpedeando en aras de intereses bastardos. Y pretenden, igual que en el pasado, echar balones fuera mientras desvían el sentimiento de culpa hacia la población en general teniendo éxito parcial.

     - Mire señora Gisela, yo puedo resolver lo más inmediato. Lo que me toca de más cerca: el problema de la úlcera de la pierna de  mi madre, en lo que pueda, y poco más. Y en relación con las preocupaciones políticas, las imprescindibles, porque poca cosa puedo  hacer para resolver tantos imprevistos que se están presentando a nivel nacional e internacional. 

Y la verdad es. Me encuentro en la parte de la población que sufre o va a sufrir los varapalos de la gestión de los corruptos de turno, de los avariciosos de siempre, de los que roban a las arcas públicas de los países aprovechando la crisis[1] en nombre de una teoría neoliberal ideada por un profesor universitario judío sionista americano, Milton Friedman.No estoy entre el pequeñísimo grupo, el 1%, como dicen los indignados, que se está favoreciendo con esta crisis en base a las ideas que sostienen los Think Tank de organizaciones como la Fundación para el análisis y los estudios sociales, las FAES, fundada por “señor” Aznar.[2]

Tampoco estaba yo entre ese grupo de privilegiados en la década  de los 90 cuando en Venezuela, inmersa en el problema de la deuda, fue víctima de esa embestida neoliberal para implementar, bajo las directrices del FMI, las ideas propugnadas por estos señores: ello provocó que se viese claramente cómo los ricos eran cada vez más ricos y los pobres, de por sí muy depauperados, eran cada vez más pobres. Y es lo mismo que ocurre en Europa actualmente. Viví plenamente consciente aquella época en Venezuela y la vivo ahora en España.  

Como en aquel entonces en Venezuela, en España de hoy los ciudadanos se dividen según sus opiniones; están aquellos que combaten a estas sectas avariciosas y los que las apoyan, ya sea por desconocimiento,  ya sea porque están en el lugar donde pueden sacar una buena tajada o porque son susceptibles de recoger unas cuantas migajas que caigan de la mesa donde se celebra el banquete. Y en este marco, mientras en los tiempos buenos era fácil la tolerancia, en tiempos de crisis donde el nivel de la mayoría cae en picado, surge  eso de “o estás conmigo o contra mi” y ese “sálvese quien pueda”. De esta manera las familias, las amistades se enfrentan y muchas veces se pierde la relación. Comienzan las peleas de perros y gatos.

Y justamente mientras hablo con la señora Gisela  mi reciente adquisición, Boby, el perrito poodle rescatado de su abandono en la calle, comienza a perseguir a la gata que tenemos en casa. Una relación muy mal avenida desde que llegó: de la cocina al balcón; del balcón a la cocina. Tras un acorralamiento donde la gata se defiende admirablemente,  tal como observo desde donde estoy hablando por teléfono, la minina consigue escapar y cruzan ambos a toda velocidad, delante de mi, entre violentos ladridos del poodle. Llega un momento que se nota que Boby vuelve a tener acorralada a Mixu, la gata, pero ya no los veo. No me queda más remedio que suspender la  conversación telefónica  para acudir al rescate de la parte más débil.

Cuando llego llamo a Boby para que se  retire, pero se niega. Le doy una palmada mientras lo regaño y reacciona mostrándome los dientes. Me enfado y lo sacó a la terraza que queda en la parte trasera de la casa. Cierro la puerta y regreso a buscar la gata; no aparece. La llamó, pero no sale a mi paso como suele hacerlo: “¡Ay!, me digo. A ver si la gata ha sufrido un infarto con el susto y mañana la voy a encontrar en un  rincón tiesita!”, me digo. Esta idea me inquieta: menuda me espera con mi madre: “¡te lo dije! Que no entre a la casa el perro. La gata estaba aquí. El es el recién llegado y si no respeta a la gata que se quede en la terraza”. Pero yo sucumbo antes sus quejidos que parecen un lloro sentido que dice: quiero estar dentro con ustedes.

Decido que mejor dejo para el día siguiente la búsqueda de la gata.  Es muy tarde. Me acuesto y cerca de la madrugada me despierto dos veces. Las dos veces realizó una ronda de búsqueda de la gata. La llamo. Mixu, Mixu…nada… no aparece. Normalmente siempre que la llamo dirige  sus pasos hacia mí, pero en esta ocasión no da señales de vida…  Me acuesto con la misma sensación de fracaso: ¡mira que si ha muerto de un infarto por el susto!

En la mañana  del uno de enero despierto tarde. Cuando abro la puerta de la habitación siento el olor a café recién hecho. Veo a mi madre desayunando. De repente la gata sale de la cocina caminando ágil hacia donde yo estoy; la veo maravillada: ¡Mixu, estás viva! , le digo. ¡Qué alegría! Mi madre desayunando y la gata viva. Siento que ya es  suficiente  para sentir que el nuevo año es un nuevo año feliz. Definitivamente mis crisis domésticas son más importantes que cualquier otra cosa que pasé en Venezuela o España. Esperemos que los nuevos tiempos no nos agraven más de lo necesario nuestros pequeños problemas.

No obstante, pienso que eso no ocurre en la España de hoy donde ya más de una persona se ha quitado la vida lazándose por el balcón de su casa o quemándose a lo bonzo. Lástima pienso, que no fuesen los banqueros los que estuviesen en su lugar. O todos aquellos que están alrededor de los buitres que acosan las empresas públicas dejando al estado español cada vez más empobrecido, mientras colocan a la sanidad a expensas de empresas de capital de riesgo.

 Habrá que luchar por cambiar las tornas; el siglo XXI va camino a convertirse en un siglo de retrocesos. Pero la historia es la historia y el devenir de las sociedades dice que nada permanece, todo permuta. Y también esto cambiará y esta vez quiero estar para ayudar en ese cambio, en medio de esta “pelea de perros y gatos” y de ese: “o estás conmigo o en contra”. Ante esta disyuntiva y los que la plantean sé donde estoy: siempre en contra aunque nada más sea por la simple razón de plantearlo y de llevar la contraria para no perder la costumbre. Sin duda, una buena costumbre.



[1] Naomi Klein ha desarrollado lo que ella llama “la doctrina del shock”: la historia muestra muchos ejemplos de países en los cuales las políticas neoliberales de la escuela de Chicago dirigida entonces por Milton Friedman, que no hubieran sido aceptadas en tiempos normales, se impusieron aprovechando la confusión y el desconcierto que provocaron en la población acontecimientos traumáticos o catástrofes naturales. Friedman propone claramente esta estrategia en su libro Capitalism and freedom: “solo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente.  Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”. Traducido: es necesario aprovechar las crisis para imponer nuestras ideas —las que “flotan en el ambiente”— que no serían aceptadas democráticamente en tiempos normales. 

[2] Las FAES no deja de ser una secta más de la muchas que se han establecido en el mundo con el objetivo de mantener  las ideas del líder de la escuela de los Chicago Boys  vivas, como bien señalan los Yes Men en su vídeo The ¡Yes Men al ataque! (al capitalismo se le cae la careta).  

 

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28 diciembre 2012 5 28 /12 /diciembre /2012 01:03

JUANSITO:

HUMILDE MÚSICO DE FIGURA DIFUMINADA

 

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               Dos momentos diferentes de reuniones con la familia política en el pueblo.


En estos días ha surgido un intercambio de  comentarios e ideas, a propósito de mi blog, con un amigo de la red social de facebook que es profesor de literatura. Todo afloró a partir de una serie de observaciones sobre las relaciones que solemos mantener con nuestra familia política y, muy especialmente, con los cuñados y cuñadas.

Algunas acotaciones aisladas hicieron que mi interlocutor visualizase una veta humorística en mi relato, el cual versaba sobre el silencio impuesto y autoimpuesto por la imposibilidad de tratar ciertos temas en el ámbito doméstico, relacionados sesgadamente con la faceta profesional de la cual uno se siente incapaz de detraerse totalmente  y que, sin proponérselo, salpica nuestra cotidianidad.

Este es por ejemplo mi caso en el cual resalta el hecho de que, según me han comentado, plago, sin querer, la conversación de vocablos poco usuales en el lenguaje coloquial. Si se añade que además leo mucho sobre múltiples temas, pero muy especialmente sobre economía, la situación adquiere visos de un muro que se interpone en la comunicación con el común de muchas personas.

Esta ha sido la situación con mi familia política, especialmente, con las cuñadas, con algunas de las madres de los amigos de mis hijos, e, incluso, con primas hermanas, tíos y tías. Por supuesto, la consecuencia es que, en la medida que es posible, estas personas me evitan. También tengo que admitir que por mi parte, siempre que puedo, soslayo los encuentros.

Sin embargo, mientras esto es fácil de realizar con personas que forman parte del ámbito social normal, no lo es cuando uno se encuentra en el entorno familiar. Siendo el roce obligatorio, por convenciones sociales que fuerzan a asistir a ciertas reuniones o ser el anfitrión  en determinados momentos, los choques surgen sin querer. En estos contextos las diferencias se agrandan, creando un ambiente difícil que alguna de las partes tiene que sobrellevar, ya sea por mayor comprensión de la situación, ya sea por cierta experticia en el manejo de encuentros incómodos.

La capacidad de adaptación, me imagino que adquirida a fuerza de uno verse obligado a encajar en países diferentes, ambientes diferentes, me han procurado una adecuada soltura en el manejo de semejantes situaciones: el sentido común indica que escuchar mucho y hablar poco es una estrategia muy efectiva. Y cuando el lado contrario no tiene ninguna tendencia a escuchar es muy, pero que muy fácil de aplicar.

Esta ha sido mi experiencia en la mayoría de mis relaciones, en algunas circunstancias con familiares directos y en otras con familiares políticos. Es fácil imaginarse que los encuentros con familiares políticos son los más usuales por ineludible cumplimiento. En mi caso, como en el de la mayoría, ha sido así. El choque de puntos de vista, la confrontación de estilos y modos de vida ha sido una constante en mis relaciones con mis cuñados y resto de familiares políticos.

Por ello siempre me ha acompañado, en estas situaciones, un silencio sepulcral aún cuando tengo que reconocer que más bien soy una persona bastante locuaz. Esto ha provocado que en mi memoria quedasen registrados ciertos recuerdos donde los que me rodean mantienen un diálogo a viva voz que lo acompaña, por mi parte, un monólogo  interior.

Esto fue lo que sucedió en una reunión con mis cuñados a principio de los años noventa. Era la época de la Expo de Sevilla. La hermana mayor de mi marido, ex monja y enfermera de profesión, había acudido a visitar la exposición. A mi cuñada, que es soltera, le encanta viajar y en ese momento había regresado, como es fácil suponer,  encantada con la Exposición Universal de Sevilla.

No recuerdo con qué motivo se realizó el encuentro, pero el caso es que estábamos todos alrededor de la mesa. Hoy en día no soy capaz de visualizar a los comensales en su totalidad, pero sin embargo, la imagen de las dos cuñadas intercambiando impresiones sobre el viaje es totalmente nítida como también lo es el recuerdo de los sentimientos que me  provocó dicho  diálogo.

Debo aclarar que la cuñada mayor es una persona muy impresionable por los altos cargos públicos y personajes de relevancia. La otra hermana, la menor, posee un carácter sumamente pragmático, tanto que a pesar de haber estado ella también en el noviciado lo abandonó por cuanto, según me confesó, no llegó a enterarse de que iba eso de la vocación religiosa. Y es que para el tema vocacional es necesario aplicar una cierta dosis de imaginación, mucho más si la vocación está relacionada con el tema religioso. Pero lo cierto es que una de las características de   mi cuñada no es precisamente la de ser especialmente imaginativa.

Su paso por el noviciado le dejó más bien una sensación de desarraigo de la tierra chica que la siguió el resto de su vida. A pesar de que su desarraigo luego se combinó con  una cierta sensación de no puedo vivir en mi pueblo pero tampoco sin él, siguió apegada a su tierra, sus hombres y mujeres, así como su paisaje y sus casas. Esto provoca que cada vez que puede realiza una escapada con su familia para estar en ese entorno alrededor del cual giran sus intereses.

En el caso de la hermana mayor, el desarraigo es mucho más tenue. Esta hermana que sí posee una vívida imaginación, la concentró, sin embargo, en su interés por los grandes eventos y escenarios, así como por sus personajes, especialmente individuos de la nobleza, autoridades políticas y religiosas.

En concreto el día de la comida en común la cuñada que había visitado la expo  comenzó el relato de su visita a tenor de las preguntas que le hacían los presentes. Tengo que admitir que todos estábamos expectantes ante su narración, por cuanto ninguno había tenido, a esas alturas,  oportunidad de visitar la exposición.

Lo que recuerdo es que el relato de la cuñada encalló muy pronto en la apertura del pabellón de  la autonomía de Navarra, tierra en la que estábamos; en dicha apertura habían estado, por supuesto, los representantes políticos y religiosos de esta comunidad autónoma. Sin duda, el evento captó toda su atención por cuanto la descripción era prolífica en el recuento de personajes asistentes, sus respectivas vestimentas, así como sus actuaciones.

Mi primigenia curiosidad se tornó, repentinamente, en terror: “¡Oh, no! ¿Íbamos a tener que escuchar pacientemente el recuento de ese nutrido grupo de personajes  con todos los detalles de sus vestimentas y gestos?” Súbitamente, mi imaginación, que tengo que admitir que tiende a ser muy fértil, se llenó de orondas figuras masculinas, muchas de ellas vestidas con  ropajes púrpura y faldones. Sus cabezas estaban coronadas por diversos sombreros puntiagudos, y llegué hasta a visualizar sus regordetas manos sosteniendo algún libro sagrado o misal, mientras blandían un incensario bendiciendo el pabellón navarro. A su alrededor otras actores vestidos de traje negro o azul marino, no menos orondos, terminaban de enmarcar la escena.

Lo cierto es que el fructífero cuadro que provocaban las descripciones de mi cuñada   me sumieron en un pavor indescriptible: “¿cuánto tiempo duraría aquel relato?” Afortunadamente la cuñada menor tenía la confianza y la asertividad suficiente para interrumpir a su hermana y decirle:

-  ¿Nos vas a tener aquí toda la comida contándonos la inauguración del pabellón de Navarra y describiéndonos los gestos y vestidos de unas personas que no nos interesan lo más mínimo?

Recuerdo haber exhalado un suspiro de alivio. Y de repente mi imaginación se vio sacudida por otra intervención de la hermana menor:

-    ¿No tienes nada más interesante qué contarnos? ¿No viste a Juansito?

-   ¿Juansito? – repitió con expresión contrariada y aburrida la hermana mayor.   

“¡Oh, sí, sí!”, me decía mentalmente:“Juansito,sí, Juansito” mientras aquella escena llena de rollizos personajes con vestiduras púrpuras se desvanecía y era  sustituida por la silueta de un hombre delgado, con  pantalón negro, chaleco del mismo color sobre una camisa blanca y con una gorrita al estilo vasco. Esperaba yo detalles de aquel nuevo ejecutante introducido por mi cuñada: “¿era Juansito un vecino del pueblo?" El nombre ya arrojaba algunos datos en esta dirección. Evidentemente estas aclaraciones no eran necesarias para la hermana mayor quién las obvió totalmente:

-         ¿Viajó a la expo Juansito? - preguntó.    

-        Sí, estaba en la comitiva del gobierno navarro. Formaba parte de uno de los grupos de música que iba a participar en la apertura del pabellón de Navarra- le explicó la enterada hermana menor.           

-        Pues no, no me lo encontré.           

-      Pero ¿cómo puedes estar presente en la apertura del pabellón navarro y no encontrarte con Juansito?

Inesperadamente mi afán de conocer más detalles sobre el nuevo tema de conversación se transformó en perplejidad: “¿tan difícil era imaginar que no coincidieron?  ¿Qué pregunta era aquella?”

-    Pues chica, no, no me lo encontré – replicaba la hermana mayor.                    

-    Entonces ¿a qué fuiste?

“¡De visita turística! ¿Era necesaria la aclaración del objetivo del viaje?”, encontré preguntándome mentalmente.

-         Deja a Juansito tranquilo ¿o acaso Juansito era lo único que se podía ver en la expo? - replicó enfadada  la hermana turista.

Buena observación, pensé. Pero la verdad,  entre los obispos y compañía, de escoger, me quedaba con Juansito. ¿En algún momento podía yo enterarme de quién era? ¿Qué instrumento tocaba? ¿Cómo es que se encontraba en la comitiva de la inauguración del pabellón Navarro? ¿Era músico profesional o amateur? ¿Era estudiado o autodidacta? Las preguntas se acumulaban en mi mente sin ver salida y mucho menos respuesta.

El caso es que la conversación sobre la exposición de Sevilla quedó truncada. Me admiré de no enterarme de nada, excepto del boato de la inauguración del pabellón de Navarra y la sorpresiva presencia de un Juansito fantasma que la hermana mayor jamás vio. Lo curioso, además, era el giro que había adquirido el tema entre las dos hermanas suscitando una discusión tonta por motivos aún más tontos.

Recuerdo que le comenté el evento con sorpresa a mi marido: “¡Bah! Cosas que pasan en familia”, me dijo. “¡Ah!”, pensé, “debe ser eso. Debe ser que no estoy acostumbrada a estos encuentros familiares multitudinarios. Sí, posiblemente era eso: había crecido en una familia mononuclear, lejos de tíos y primos,  y por ello no tenía yo experiencia de esos intercambios comunicacionales absurdos y sorpresivos que no llevaban a ninguna parte excepto a un dique seco con peligro de explosionar por un petardo tirado sin intención. Sí, eso debía ser”.

El caso es que todavía hoy en día el personaje de Juansito, como el de aquel Juan Panadero, de las coplas del poeta gaditano Rafael Alberti, repiquetea en mi imaginación con todas las interrogantes que le rodean. Veinte años, prácticamente, acudiendo de visita al pueblo, y participando en reuniones familiares, no fueron capaces de despejar las preguntas que en torno a este personaje surgieron en aquella extraña conversación de sobremesa en familia.

Es tal el alo de misterio que rodea a este humilde personaje en mi imaginación, que no dejo de relacionarlo  con coplas y poetas, como representante genuino del pueblo: Juansito el músico, quizás autodidacta, que tuvo la ventura de estar en representación de todo su pueblo en uno de sus más importantes eventos. Posiblemente olvidado y poco reconocido; lástima de no poseer voz de poeta para dar a este humilde músico forma a su difuminada figura que un día irrumpió en mis pensamientos para quedarse en ellos. ¡Lástima!

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27 diciembre 2012 4 27 /12 /diciembre /2012 00:17

 

EL FACTOR SUERTE O  PUNTO DE PARTIDO


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En estos días de Navidad, previos a la Nochebuena, un amigo de la red social Facebook comenzó a percatarse de una nueva modalidad de esta herramienta de comunicación en el nivel del estado personal. Dicha modalidad consistía en preguntar ¿cómo te encuentras? en lugar del acostumbrado ¿qué estás pensando?

Dicha pregunta le provocó cosquillas en la imaginación al  amigo, el cual le contestó literalmente: “¡Bien, gracias! (salao, que estás que te sales preguntón). Todo ello llevó a la consabida retahíla de comentarios del resto de participantes de su red que llamaron mi atención.

Mientras en twitter  una de las personas que sigo, y me sigue, una mujer española, posiblemente navarra o vasca, por su nombre, Izaskun, y por la ciudad del premio, publicaba la siguiente entrada: “Al primero que consiga no discutir con sus cuñados esta noche, le regalo un finde en Pamplonalo que provocó que yo participase en Facebook con el siguiente párrafo: (el facebook) “Debería preguntar cómo están tus cuñados esta noche y respondería Izaskun Martinez...que parece que la Nochebuena no es buena para sus relaciones con familiares políticos”.

Todo ello dio pie para que el que abrió la cadena  de manifestaciones  y yo nos enzarzásemos en una serie de observaciones a propósito de los cuñados, donde salió a relucir mi sempiterna incomunicación con mi familia política por “problemas” de comprensión lingüística: vocablos muy rebuscados, propios de una periodista acostumbrada a hablar de temas ajenos al común de los mortales.

Mi interlocutor  se sintió aludido y mostró su acuerdo en referencia al tema de vocablos, señalando que posiblemente mi experiencia podría traer a colación una nueva entrada de mi blog con esta curiosa vivencia familiar. Ello me reconvino a meditar sobre el tema, y a colación de cómo anda el patio de la mujeres políticas del PP (y hombres también) últimamente, vino a mi mente un recuerdo familiar no con mis cuñadas pero sí con una de sus primas hermanas.

Era tiempo en que no había nacido todavía mi segundo hijo; teníamos mi marido y yo una hipoteca y el primero de nuestros vástagos. Solíamos ir a su pueblo los días festivos  y fines de semana largos donde se encontraba la familia al completo.

En aquella época unos primos hermanos de mi marido se encontraban en el difícil trance de velar por su madre enferma de alzheimer, para lo cual solían turnarse. Ello ocasionaba que cada vez que llegábamos estaba uno o dos  primos diferentes a la última vez.

En una de las ocasiones se encontraba una de las primas, enfermera de profesión, casada con el dueño de  una empresa mediana de unos treinta empleados, presidente de la Cámara de Comercio de su localidad y militante activo del PP. Ella por su profesión era funcionaria y además militante del PSOE y, en aquel momento, concejala en el ayuntamiento de su localidad.

Para enmarcar el contexto político tengo que decir que estábamos en el inicio de la legislatura del PP con José María Aznar como presidente de España. Recuerdo de aquel tiempo que su gobierno  había congelado el aumento anual según el IPC del salario de los funcionarios, al mismo tiempo que la entrada en el euro había permitido un descenso en los tipos de interés desde un 13% (que era el de la hipoteca de mi casa) hasta más de la mitad. Ello significó, en términos reales, un ahorro de más del 50% del dinero destinado a pagar la hipoteca, lo que vino a ser como una especie de ingreso inesperado.

El caso es que la prima de mis cuñadas se encontraba en aquel fin de semana en la tesitura de encargarse de su madre enferma. Una de las tareas rutinarias de los hermanos en estos días era la de hacer caminar a su madre para evitar que engordase demasiado por la excesiva ingesta de alimentos, uno de los problemas de este tipo de enfermos.

Para ello, cuando se encontraban a su cuidado, solían salir desde el pueblo caminando hacía una ermita que se encuentra al pie de una montaña justo enfrente de la villa. Creo recordar que el paseo es de más o menos unos tres kilómetros. contando la ida y el regreso. Y en esta ocasión la prima enfermera de mis cuñadas se aprestaba a iniciar la ascensión con su madre cuando yo me ofrecí para acompañarla.

Durante  el trayecto esta prima comenzó a hablar del pésimo gobierno de José María Aznar, de su discutible decisión de congelación del aumento de los salarios a los funcionarios y el encarecimiento de la vida. La verdad es que yo no coincidía en aquel momento con su visión a pesar de ser contraria al PP y, más aún, al propio Aznar; me encontraba demasiado contenta por la bajada de los intereses de la hipoteca de mi casa y por ende, del monto mensual destinado a estos efectos. Para mi familia había sido como si nos hubiesen realizado un aumento de salario más que generoso.

En estas circunstancias tampoco me sentía particularmente afectada por el aumento de ningún insumo, lo que me llevó, dentro de mi sorpresa por la radical diferencia en la visión del escenario circundante, a preguntarle cuál o cuáles eran los aumentos de costos a los que se refería. No recuerdo claramente cuáles fueron los que mencionó en detalle, pero sí tengo presente uno de ellos muy nítidamente: el de la peluquería. “¡Ah!”, recuerdo que respondí escuetamente. Mi lacónica respuesta fue acompañada del ligero parpadeo que se acostumbra en estas situaciones.

Desde luego no era la peluquería un bien esencial que yo considerase digno de tomar en cuenta por su costo. Pensé que en todo caso que éste debía ser preocupación de una persona que estaba acostumbrada a recurrir a estos servicios regularmente, hecho que se me antojaba no compartía en ese momento, menos ahora, la mayoría de la población femenina española.

Lo cierto es que, como ya dije, la tesitura normal en el devenir de mis relaciones con mi familia política estaba caracterizada por el mutismo con el que asistía a las reuniones y este paseo no fue una excepción. Mi acompañamiento se tradujo en una activa y pasiva escucha donde intervenía para obtener ciertas aclaraciones a mis perplejas reacciones.

El caso es que el contexto total de la situación de la prima política me quedó totalmente claro cuando regresamos a casa y nos encontramos con su hermano, abogado de profesión, militante del PSOE, funcionario y también político activo dentro de la formación en la que militaba.

Durante la comida mencionamos algunos de los temas tratados durante el paseo y nuevamente la prima sacó a colación sus quejas por la situación económica con el nuevo gobierno, la congelación del aumento de salarios de los funcionarios y los altos costos de algunos bienes y servicios. Ante todos estos comentarios la respuesta de su hermano fue:

-          Cómo se nota que no tienes hipoteca.

 Ante esta respuesta su hermana le interrogo:

-          ¿Pues?

-        Si tuvieses hipoteca ahora habrías visto como se te ha reducido a la mitad y cómo éste es un ingreso adicional inesperado. ¡Qué me importa  como funcionario que me congelen el salario si este ingreso inesperado me aporta un poder adquisitivo que no tenía!

Y ahí fue donde quedó claro el por qué de la particular visión de la prima política: no tenía hipoteca y ni sabía lo qué era.

Posteriormente, en casa a solas, recordando este paseo, no podía dejar de pensar en la mala suerte de la prima; sin duda y a mi parecer,  si en el poder en lugar del PP estuviese el PSOE y en lugar de ella ser militante activa del PSOE fuese del PP, hubiese tenido a toda una ristra de señoras y señoronas acompañándola en  su reivindicación por unos precios más justos para los servicios de peluquería.

Pero ete aquí que parecía estar en el lugar equivocado, en la situación errónea y el momento menos propicio…La verdad es que yo me reía sola imaginándome a un grupo numeroso de señoras de pelo rubio y moño protestando por el costo de los servicios de peluquería por las calles de Logroño o Pamplona.

Y este recuerdo me aclara que, sin duda, la superficialidad en política no es característica única de los señores y señoras del PP de Rajoy en esta legislatura. Como bien lo dejó demostrado primero la prima política, y recientemente la socialista María Antonia Trujillo con su aportación al debate sobre el drama de los desahucios y la necesidad de modificar la legislación hipotecaria para proteger a los deudores de los bancos.

Trujillo, que fue ministra de Vivienda en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero (entre 2004 y 2007) y diputada del PSOE hasta hace un año, expresó su teoría en la red social Twitter: “"El que tenga deudas, que las pague. Que no se hubiera endeudado". Y es que muy posiblemente Trujillo, profesora de Derecho Constitucional, y militante del PSOE comparte con la prima de mis cuñadas que nunca tuvo hipoteca y no sabe qué es eso.

Por ello, me imagino, tampoco entienden lo que es la “mala o buena suerte” en un determinado momento económico como si bien la percibe quien la vive, como fue  mi caso personal y el del primo abogado de mis cuñados. Sin duda ambos tuvimos la enorme fortuna de vivir un buen momento para pasar esta etapa de la vida. No quisiera saber lo que sería estar viviendo aquel momento en la actual situación económica. Como decía Woody Allen en su película Match Point: a veces el factor suerte consiste en qué lado de la red cae la pelota. En nuestro caso, y de todos los que estaban en esta situación en aquel momento,  el descenso de los intereses hipotecarios fue un punto de partido, sin ninguna duda.

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29 octubre 2012 1 29 /10 /octubre /2012 02:14

 

EN UNA TRANQUILA NOCHE CARAQUEÑA

 

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 Me encuentro ante el ordenador en este atardecer- noche caraqueño, con esta tranquilidad que rodea la casa de mis padres, sin un viento fresco en este calor tropical y escuchando  The first time Ever I saw your face de Roberta Flack que a bien tuvo mi ex compañero de universidad, el periodista deportivo afincado en Michigan,  Fernando Conde, de publicar en Facebook. A él tengo que agradecer recordar esta bella canción.

Mientras Bobby, un perrito herido encontrado abandonado cerca de la autopista que rodea a Caracas, La Cota Mil, yace espaturrado en el suelo mirándome agradecido por el baño que le he dado para adecentar su blanco pelo. Su tranquilo aspecto y sus ojos confiados me hacen sentir bien en esta distancia que me separa de mis hijos, los dos tesoros de mi vida.

Atrás quedan las elecciones venezolanas, los engorrosos trámites legales, la lucha diaria con los achaques de mi anciana madre y las peleas con clientes y proveedores por causa del incremento de precios de la mercancía debido a la devaluación del dólar. Problema de esta Venezuela petrolera donde devaluación e inflación son una pesadilla en este eterno sin vivir de la población.

Una avería eléctrica dejó en la tarde sin luz a una parte de la urbanización. Mi madre preocupada por si no había pagado el recibo de electricidad me hizo ver si éramos la única casa sin luz. Con el propósito de averiguarlo salí a la calle con la excusa, además, de comprar algo en la panadería de la esquina. Las sombras de un cálido día se estaban dejando caer sobre Caracas y las farolas y casas sin luz gritaban que la avería afectaba a toda la manzana.

De repente el graznido de los guacamayos volando sobre los frondosos árboles me hizo sentir que sin duda Caracas, como urbe superpoblada, es una maravilla de la naturaleza. En más de una ocasión al salir nos hemos encontrado los vecinos viendo como estas aves comían los frutos que colgaban de las ramas de los árboles que se suceden a los largo de la calzada. En una de las ocasiones alguien sugirió poner pegamento en  algún tallo con la finalidad de  cazar a uno de  estos animales; aproveché para decirle que me parecía una barbaridad. Mejor dejarlos en libertad. ¿Con qué finalidad coartársela?

De regreso, las sombras se tornaron aún más acentuadas. Me imaginé que si me viese mi vecina, la señora Gisela, me diría: ¡Ah! ¡Pero qué guapa[1] es usted! ¡Mire qué es temeraria andar sola por estas calles a estas horas! Pensándolo me sonreía pues no sería la primera vez que la señora Gisela me abordaría con estas palabras. Pero esta tarde no estaba ella, y en su lugar  dos de los vecinos de enfrente a mi casa bromean con un tercero, el señor Giovanni, de origen italiano. Como chufla me ofrecen en venta velas, velones… ¡Ah!, les dije, ¡ustedes sí que aprovechan cualquier circunstancia para hacer negocio!

Y mientras entraba en el jardín de mi casa, dejando a mis espaldas las chanzas de los vecinos, los sonidos de las guacamayos surcando de un lado a otro el cielo, la calidez de la noche, pensaba que es increíble que en esta Caracas de tráfico pesado, de mil y una disputas entre motoristas y conductores de carro[2], de noticias de robos y asesinatos, se pudiese disfrutar de una atardecer tan silencioso, tan calmado, tan lleno de esa sensación de paz que da el buen vivir…¡Increíble!  Y Boby, desde su postura yacente en el suelo, propia de quien aprovecha el frescor de la cerámica, una vez más me lo atestigua. En esta noche suave y tranquila de Caracas, gracias Fernando por recordarme The first Time Ever I saw your face. Y gracias Boby por mirarme con eso ojitos de agradecimiento.



[1] En Venezuela se utiliza la palabra guapa como sinónimo de valiente.

[2] Más de un espejo retrovisor termina roto por la mano de uno de estos motorizados, como fue el caso del mío.

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13 octubre 2012 6 13 /10 /octubre /2012 23:43

 

 

ACLARANDO MALOS ENTENDIDOS


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En la primera  foto la profesora Jacqueline con sus ex alumnos durante un encuentro el año pasado. En la segunda durante el acto de  graduación  como bachilleres de mi curso en el Colegio Arauca.

 

 

Después de publicar el artículo Polarización de una sociedad: mundos paralelos en la Venezuela de Chávez  lo mandé a diversos conocidos y amigos por correo electrónico  y a través de las redes sociales facebook y twitter, tanto para aquellos que son opositores como los que no. Debo reconocer que titubee un poco ante la perspectiva de mandarlo a aquellos que son visceralmente de la oposición,  pues pensé que posiblemente lo único que iba a conseguir era molestarlos y no era esa mi intención.

Posteriormente lo reconsideré pues pensé que merecía la pena que recibiesen el escrito simplemente como una forma de compartir con ellos una experiencia personal de un mundo que rechazan. Me dije, en la vida nada es absoluto y lo que hoy es blanco mañana pasa a ser negro y cuando uno menos se lo espera una información, que en su día se desdeñó, pasa a ser útil.

Entre las personas opositoras viscerales al chavismo, y a las que les envié el escrito, está mi profesora de bachillerato, Jacqueline Robledo, con quien confieso que nunca tuve buenas relaciones cuando era estudiante. A pesar de ello también debo reconocer que nunca tuvimos problemas importantes, creo yo, y por tanto no le guardo ningún tipo de resabio ni nada que se le parezca.

Por el contrario,  ahora, cuando la recuerdo en la distancia, en el colegio, muy joven, quizás unos 26 año, me doy cuenta que parecía que ella se había lanzado sobre sus jóvenes espaldas la enorme tarea de mantener la disciplina del centro escolar del que, además de profesora, era también directora. Por ello, en la actualidad,  comprendo el por qué de la mala cara que tenía muchas veces cuando me la cruzaba por los pasillos.

A pesar de ser la profesora Jacqueline, por decisión personal -pienso yo- el gendarme que mantenía la disciplina, recuerdo que también tenía muy buenas relaciones con la mayoría de los alumnos del plantel, con quienes todavía hoy en día mantiene contacto gracias a facebook. Hecho que me parece destacable, pues sin ninguna duda tiene que ser muy difícil mantener la disciplina y buenas relaciones  al mismo tiempo.

El caso es que este reconocimiento público que le estoy haciendo a mi profesora de bachillerato surge del hecho de que  me escribió un correo diciendo textualmente: “Decir que los (centros venezolanos) privados funcionan mal, que los médicos son antipáticos, que la medicina pública sí funciona es de una subjetividad impresionante y como tu periodismo parece ser de opinión no me queda más remedio que aceptar lo que dices pero muy lejos de compartirlo”.

La verdad es que hay una enorme subjetividad en ese artículo que, efectivamente, es de opinión. Y en realidad, en lugar de enfadarme, me hizo recapacitar y recordé la situación que me provocó semejantes juicios; y debo reconocerle a la profesora que no eran situaciones para inspirar simpatía ninguna. Y me pareció oportuno aclararlas. Como siempre para ello hay que retomar, una vez más, la historia previa que me condujo a estas conclusiones.

A los pocos días de mi estadía en Venezuela tuve que acudir a urgencias con mi madre. Fui al Centro Médico de Caracas. Tras una noche muy fría en el aire acondicionado, y muchas pruebas, se le diagnosticó piedras en la vesícula. Era necesario operarla urgentemente porque parecía que la cosa se estaba complicando, según me dijeron los médicos; pero primero tenía que cancelar todas las pruebas realizadas más la estancia en urgencias, cosa que hice inmediatamente. Aparte me presentaron un presupuesto de más de 60 mil bolívares por la cirugía. En total todo el coste se iba a unos 70 mil bolívares que en el momento al cambio de 12 bolívares por euro daba un total de 5 mil euros.

Tengo que reconocer que fue un duro golpe al bolsillo. Jamás en España yo había tenido que pagar por una intervención. En La Rioja, desde que llegué, disfruté de la excelente atención sanitaria pública de esta comunidad autónoma en el centro que, en un primer momento se llamaba   Residencia  San Millán y, posteriormente, Hospital San Pedro.

Mis amigas más cercanas, la periodista Nelly Ramírez y  la doctora Nancy Cazares Franco, estuvieron muy pendientes de los acontecimientos. Por ejemplo, Nelly, con una amiga doctora del Centro Médico recabó informes sobre los doctores involucrados para saber si mi madre estaba en buenas manos. Tras confirmar que así era procedí a dar mi visto bueno, pero, claro, antes tenía que cancelar  el costo en administración. Y ahí surgió el contratiempo: uno de los médicos, el número tres, dijo que no estaban contemplados sus honorarios en el presupuesto. Un error de la clínica.

El caso es que,  mientras el galeno me informaba de la no inclusión de sus honorarios, yo expresé  mi disgusto por el coste de la intervención: cómo era posible que sus honorarios estuviesen fuera si realmente a mi me parecía que el presupuesto que me habían presentado era muy alto. “¿Cómo?”, me contestó él. “En España sería mucho más alto”. “Disculpe”, le contesté, “en España no pagaría nada”. "Cómo le decía eso, me increpó, si un amigo de él, venezolano, que estaba en Madrid, le había hablado de los presupuestos de las clínicas y eran claramente superiores".

Yo le dije que en España yo, personalmente, y la mayoría de las personas que conocía, no utilizábamos los servicios de las clínicas privadas. Pero el galeno, un muchacho joven sobre la treintena, no me escuchaba e insistía en su idea. Claramente, decía, en España estos servicios eran más costosos. Como observé que era inútil intercambiar ideas con él  le pregunté, simplemente,  por el nombre de la clínica a la que se refería, esa donde trabajaba su amigo: “La Ruber de Madrid”, me dijo. “¿La Ruber? Que yo sepa a esa van el rey y las infantas, pero ni yo ni  ninguna de las personas que me rodean en España utilizamos los servicios de una clínica privada y mucho menos la Ruber u otra similar”,  le dije. Por supuesto, ni me escuchó, pero me dejó su presupuesto particular para que lo considerase. Uno 20 mil bolívares más, unos 1666 euros de incremento al cambio de 12 bolívares por euro en ese momento. En total el costo ascendía a unos 6666 euros de forma definitiva.

Llamé a mi amiga la doctora Nancy Cazares y le expuse la situación: “mira amiga la clínica te presentó un presupuesto y lo cancelaste. ¿No?” me interrogó mi amiga. “Sí, así es” le contesté. “Pues si los honorarios de ese médico quedaron fuera es su problema y el de la clínica, no tuyo. Que se arreglen ellos”.  De tal manera que cuando regresé a hablar con el médico le dije tal cual  me aconsejó mi amiga: era su problema y el de la clínica, no mío. Se pueden imaginar el clima tan poco agradable que se suscitó entre ese médico, todo el equipo, mi madre y mi persona. Desde luego nada agradable, y no me quedaron ganas de regresar con él ni con sus compañeros.

La segunda oportunidad fue en la clínica La Arboleda, donde ya conté En una sala de urgencias de una clínica venezolana,  que el médico de urgencias se negó a atender un hombre que se accidentó justamente enfrente de la puerta del centro sanitario.  El que haya leído el artículo recordará que se presentó la policía bolivariana obligando al centro sanitario a atender al accidentado y  que, ante la acusación de no auxiliar a un ciudadano herido, la gerencia de la clínica  buscó testigos de la conducta del galeno de urgencias. También recordarán  que yo fui una de las dos únicas personas que aceptaron testificar, entre las varias que allí había.

Por tanto, tengo que admitir que ante los médicos de los centros privados venezolanos no actué  para triunfar ganándome sus simpatías. Es lógico que el ambiente fuese justo el contrario; el de antipatía. Y me pareció oportuno aclarar este hecho a tenor de lo comentado por mi persona en el trabajo Polarización de una sociedad: mundos paralelos en la Venezuela de Chávez.

En el comentario que hacía mi profesora estaba también que no podía creer que en clínicas como “Hospital de Clínicas Caracas, Centro Médico, Diagnóstico, Metropolitana, Aguerrevere, por nombrar algunas, con excelentes médicos muchos con post- grados en el exterior, no supieran qué tenía el padre de mi amiga”. Evidentemente,  si no fue sometido a las prueba necesarias, siempre sospechando que pudiese ser un aneurisma, no podían diagnosticarlo. Eso puede suceder en cualquier hospital, ya fuese español o clínica de Venezuela[1].

De hecho, el padre de mi amiga venía de España, por tanto, al médico de cabecera, al menos, no se le ocurrió que el señor pudiese tener un aneurisma. Y me consta que tuvo que ser así porque todos los que vivimos en España tenemos un médico de cabecera por la seguridad social al cual se acude con más o menos frecuencia, siendo joven, cuanto más una persona mayor.

Y lo del frío de la sala de urgencias es simplemente un hecho. Lo conocemos todos los que hemos pasado por ellas: en mi caso tanto en el Centro Médico como en La Arboleda. El caso es que la profesora decía no reconocer el país del que hablaba. Luego me acusaba de mencionar el CDI de Chuao, que efectivamente, como bien decía ella, está muy  lejos de los barrios humildes. Hay que decir que está más bien en el sector de la clase alta y media alta, pero en esa zona vive mi amiga y era el que ella conocía.

Posteriormente yo me enteré que hay uno en la Avenida Andrés Bello, otro junto a la maternidad Concepción Palacios, otro en Cotiza, dos en el 23 de enero, uno más en la avenida Sucre…y no tengo información de cuántos más aunque alguien me dijo que en total son unos 600 en Venezuela. Pero hasta ahí, yo no puedo afirmar que esa cifra sea cierta.

Tras mencionar  otras cosas como lo que parecía un poco de historia de la medicina cubana relacionada con sus nexos políticos con Rusia, punto que en mi opinión no tiene  interés, y en el cual la profesora tampoco fue muy prolífica, me dijo que no tenía ánimos de discutir conmigo dado que presumía que, textualmente, “cuando leas esto te revolcarás en la silla pues creo que te conozco muy bien desde hace años , la conclusión de que el servicio médico público en la Venezuela de Chávez sí funciona sacada de esa muestra tan pequeña pienso que no es válida”.

En este párrafo la profesora suponía mal: me imagino que su presunción estaba basada en que yo estaba realizando una defensa emocional a ultranza del servicio médico de los cubanos y por tanto de Chávez y el chavismo. Nada más lejos de mi intención. Simplemente compartí una experiencia personal y también, cómo no, mi opinión al respeto. Sin más. Sin ánimo de polemizar sino más bien de compartir  un trozo de mi cotidianidad por si a alguien le puede resultar útil, además de hablar de los "mundos paralelos" de esta Venezuela del siglo XXI. 

 En ese mismo párrafo la profesora decía textualmente: “Espero que si algún médico tanto (del sector ) privado como (del) público que te lea pueda aclararte algunas cosas. Cantidad de hospitales con tremendas Infraestructuras, con excelentes médicos venezolanos que trabajan en condiciones infrahumanas, con sueldos de miseria en donde no se consigue ni algodón porque todos los recursos se los dan a los cubanos abandonando a su suerte a los venezolanos para ayudar a sacar adelante a los cubanos y a Fidel Castro”.

Sobre este apartado tengo que decir que no conozco los entresijos de la relación gobierno- sector público hospitalario, o con el gobierno cubano o los médicos cubanos. Sólo conozco la información que hace años  recabé para una serie de reportajes que fueron publicados en su día en el vespertino El Mundo, en el cual hablé, tras investigar con el fotógrafo asignado, Trejo, más tarde yerno del también fotógrafo de El Mundo, Ángel Navas, de la desaparición de equipos, en ocasiones  y del no mantenimiento de los mismos en otras oportunidades, además de la ausencia de los galenos a su puesto de trabajo por estar atendiendo su consulta privada, etc. Aunado a esto se añade los  comentarios de los usuarios de los CDIs y de gente de la calle que, después de muchos años, hablan de problemas tratados por mi en aquellos reportajes.

Como en su día me tocó investigar y escribir sobre estos problemas, ocurre que los actuales emisores de estos mensajes encuentran en mi una receptividad muy alta; siempre en consonancia con el círculo de la comunicación, en el cual se enfatiza que el grado satisfactorio de comprensión del que escucha se basa en las experiencias compartidas con el emisor.  

Para mi es evidente, tras su comentario, que mi profesora no comparte ni mis experiencias ni las de la personas con las que he hablado ultimamente. No pasa nada. Eso ocurre todos los días y  eso, desde luego, no es motivo de enfado. Si lo fuese no tendría ni la mitad de amigos que tengo y con los cuales no comparto muchas veces ni ideas, ni creencias, en la mayoría de los casos sólo, y no es poco, una relación humana cálida, de solidaridad  y  respeto mutuo.

De hecho tengo que añadir que muchos de mis más queridos amigos opinan de forma parecida a la profesora. En muchos casos ya lo he comprobado cuando he comentado personalmente la experiencia con ellos, pero también entra en la normalidad de mis relaciones cotidianas. Siempre fue igual: si después de muchos años somos amigos, es  porque las diferencias de opinión nunca nos han separado.

Otros contactos no me conocen tanto. Pero, por supuesto, no estoy ni he estado nunca de acuerdo en no ser quien soy por agradar a otros; por ello considero que en base al respeto mutuo mis relaciones con personas que no conozco tanto crecerán en la medida que sea posible  o no. Y esto también siempre ha sido así y lo seguirá siendo.

Por tanto profesora ¿revolcarme en la silla? No. En todo caso ¿por qué supone tanta vehemencia? En verdad no creo que  merezca la pena. Pero seguramente, si sigue en contacto conmigo, volverá a enfadarse porque esta soy yo: sin tapujos ni disfraces. Usted misma lo ha dicho: me conoce, pero, sin embargo,  mi vehemencia me la guardo para mejores ocasiones. No creo que esta sea una de ellas. No creo que posicionarme en un lado u otro de los "mundos paralelos"  de esta nuestra Venezuela  amerite tanta pasión. Lo dejo para quienes creen que eso debe ser así. En todo caso profesora Jacqueline, dentro de la discrepancia que existe entre nosotras, en este punto u otros, un fuerte abrazo para usted.



[1] En España, durante 8 años, trabajé en el Colegio de Médicos de  La Rioja. En mi relación con los facultativos aprendí que  uno de los procesos más difíciles de la medicina es el diagnóstico. Ello es debido a que una enfermedad puede presentarse con diferente síntomas según sea el paciente  y también porque muchas veces lo síntomas se solapan, dado que pueden tener relación con dolencias diversas.  Por tanto, fallar en el diagnóstico no es tan raro como pueda parecer. De hecho en una clínica privada en España,  al que era marido de mi jefe,  en el trabajo que desempeñaba en el Colegio de Médicos de La Rioja,  le diagnosticaron piedras en el riñón cuando era apendicitis. Cuando se dieron cuenta y fueron a operarlo ya era tarde; se había convertido en peritonitis, por tanto falleció. Y un caso parecido a éste me contaron que sucedió en Venezuela. Diferentes clínicas: Diagnóstico, Hospital de Clínicas Caracas, entre otros, no le diagnosticaron al compadre de unos conocidos una apendicitis porque nunca lo sometieron a la prueba correspondiente. En este caso era  porque el hombre, de 46 años, era muy gordo y temían que rompiese la camilla del aparato con el que lo podían diagnosticar. Al final lo hicieron ya tarde, cuando una amiga médico del  paciente se ofreció como responsable del equipo si le pasaba algo por su peso. El compadre de mis amigos murió al convertirse la apendicitis en peritonitis.

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24 diciembre 2011 6 24 /12 /diciembre /2011 00:55

 

 

 EL PARABRISAS TRASERO DEL CARRO

 ROTO POR UN MOTORIZADO.

  

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Este 23 de diciembre de 2011 un motorizado de las calles caraqueñas me “obsequió” con un regalo de Navidad al tirarme el casco del compañero que portaba en su moto al  parabrisas trasero de mi carro. El hecho se debió a que se enfadó porque estuvimos a punto de chocar, sin querer, al no verlo por estar pendiente de una camioneta de pasajeros que se me venía encima.

Hasta los momentos los motorizados caraqueños, que parece que se sienten dueños de las calles en el denso tráfico de la ciudad, me habían insultado o me habían golpeado el carro cuando consideraban que no les dejaba el espacio debido para que ellos circulasen. Y es que carros y motos se disputan las abarrotadas calles de la capital venezolana en un frenesí  que parece no tener fin.

Tras ver cómo había estallado mi parabrisas trasero, haciéndose añicos, sólo me quedaba seguir, pues ¿qué le iba a reclamar a un motorizado que trabaja con su vehículo como moto taxi? Y, en todo caso, en esta capital más vale perder que intentar ganar nada. Seguí adelante rumbo a realizar una de las tantas tareas pendientes, y que se me acumulan desde que estoy en Venezuela, dando gracias a que  este hombre de fácil  enfado me hubiese tirado al parabrisas un casco en lugar de sacar una pistola y tirarme un tiro a la cabeza, supuesto éste último que se ha dado en más de una ocasión en estas calles caraqueñas.

Iba camino de una notaría para buscar solucionar el problema de un poder que necesitaba y que tras  la disputa  con los abogados Rafael y Alfredo González había quedado aparcado a pesar de estar ya pagado. Solucionar el problema se convirtió en un asunto de ida y retorno: según Alfredo González el  papel redactado estaba en la notaría, pero luego resultó que no era así, tuve que ir a buscarlo de nuevo al despacho de los abogados, tras “recordarles” que ya estaba pagado, buscar los timbres, pagar en el banco correspondiente, todo ello inmersa en el tráfico de la ciudad estresante y contra reloj  debido a los tiempos de oficina que se manejan en el país.

A todo esto se sumó que  tuve que hacer estos trámites con el parabrisas roto, y con  mi madre, que tiene problemas locomotores, cuidando el carro  porque no podía dejarlo solo. Con los nervios de punta se me escapó decirle a María Guillén, funcionaría de la Notaría Pública 43 de Municipio Libertador que queda en la avenida Universidad,  que había vivido muy tranquila  los últimos años en España y que desde que me había venido para Venezuela mi tranquilidad se había ido para el “carajo”.

María se disgustó profundamente y cuando entró lo comentó con la administradora  de dicha notaría quien en voz suficientemente alta para que yo la escuchase, me imagino, dijo que no entendía porque los extranjeros tenían  que hablar mal siempre del país después que les había dado de comer; que eso era morder la mano del que les había alimentado y que en todo caso lo que tenían que hacer era regresarse para su tierra.

Le dije a María y su compañera que hacía tiempo yo no “comía” a expensas de Venezuela pues en su día había decidido irme, - sin mencionar que, además, no me siento extranjera aunque todo mi aspecto si lo diga a gritos- que tampoco había escogido nacer en Venezuela,  ni vivir en Venezuela y cuando tuve la oportunidad de tomar la decisión de irme me fui hasta que no tuve  más remedio que regresar.

Lo  que no le dije  a María ni a su compañera es las muchas  y buenas razones   por las que estoy tan contenta de haber tomado la decisión de irme. Entre otros muchos motivos,  porque con muchísimo menos me fue más fácil vivir, queriendo con ello decir: tener mi casa, mi pan y el de mi familia, la salud cubierta, la seguridad ciudadana y la educación de mis hijos. Pero de todos, quizás es el último punto es el  que mayor satisfacción me da.

Y es que María y sus compañeras se sintieron ofendidas por mi comentario, porque juzgaron que ofendí a su patria, su país, y me dijeron que eso les dolía. La pregunta que me hacía de regreso a casa es si acaso estas dos mujeres tienen hijos. Y es que, recientemente, esperando en una oficina pública, sentada -porque en algunas oficinas de la capital venezolana ahora las “colas”, como se les llama en Venezuela, o   “ filas”, como se les dice en España,   se  hacen cómodamente sentados en sillas,  una mujer joven que no había llegado a la cincuentena y que me antecedía,  me comentó que estaba pasando por  una época especialmente triste para ella, pues acababa de perder a dos sobrinos a manos del hampa: los dos habían fallecido con un intervalo de quince días.

Pero ahí no se quedaban las desgracias.  A continuación me informó que mientras se encontraba  acompañando a una de sus hermanas, con el objetivo de consolarla por la muerte de su único hijo, un conocido de su hija pequeña había entrado en la casa, la había amarrado y la había violado. Ante tal sucesión de acontecimientos, esta joven madre divorciada, había decidido vender su casa y trasladarse a  otro lugar para vivir con el objetivo de proteger a sus tres hijos, dos chicas y un chico, por los cuales temía. Y es que los acontecimientos parecían hablar de algún tipo de represalia, hecho éste muy común en Venezuela en los últimos tiempos, según reseña, frecuentemente, la prensa venezolana, especialmente  el diario Últimas Noticias[i].

Por todo ello, lamento volver a decir a María Guillén y a sus compañeros de oficina que reitero lo dicho: ¡que tranquila viví en Logroño, España, durante los últimos veinte años! Y repito: desde que llegué a Caracas mi tranquilidad se fue “pal carajo” y sueño con recuperarla. Y si algún daño le he hecho a Venezuela fue el darle mi esfuerzo y formación   –pagado parcialmente por el gobierno venezolano, si es que asistir a centros de educación privados es formarse a costa del estado-  a España.

Pero no olvidemos que, con todos  los refugiados españoles que llegaron a Venezuela después de la guerra civil, y los emigrantes de la década de los 50, Venezuela también percibió el esfuerzo laborioso de gente formada por el estado español en las diferentes áreas del quehacer humano: desde la artesana -pasando por la albañilería, fontanería, carpintería, entre otras- hasta la académica.

En este último apartado hay que reseñar que muchas de las instituciones más notables del país son el resultado del esfuerzo de exiliados españoles que contribuyeron en su fundación,  como es el caso de  la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela,  que contó con la presencia del filósofo español exiliado, Juan David García Bacca.

Su contribucción ha sido reconocida en Venezuela con la creación de la Fundación Juan David García Bacca, dedicada a la divulgación del su pensamiento filosófico.  En el caso   de la Universidad Simón Bolívar un concurso anual que premia el mejor trabajo escrito de final de Estudios Generales,   lleva el nombre de uno de los escritores del exilio español que realizó una labor destacada en esa casa de estudios: Segundo Serrano Poncela.

 Para finalizar, recordando lo que me dijo una de las compañeras de María Guillén: cuando los venezolanos emigran o viajan a otros países no hablan mal de ellos. Y desde aqui le digo a esa funcionaria que, efectivamente, los que conozco no lo hacen; están demasiado ocupados haciendo el recuento de las razones por las que se fueron de Venezuela, algunas de las cuales mencionó aquí y, en todo caso, me temo que si María y sus compañeros los escuchasen también se disgustarían mucho.

¡Qué se puede hacer!  Mientras la realidad de Venezuela no sea otra, y el sonido de las balas silbando de noche y en la madrugada, más el recuento de muertos por el hampa, ya sea por la prensa  o por el boca a boca de los ciudadanos, nos recuerden que se está mejor fuera que dentro del territorio venezolano, creo que María y sus compañeras tendrán que seguir aguantando el chaparrón de críticas de paisanos y extraños. Yo de momento hace mucho que hice lo que ellas sugieren: me fui.



[i]No es necesario leer estos casos en los diarios. Desde que estoy en Caracas me he enterado ya de varios casos similares. Además en el avión de regreso a Venezuela me encontré con un joven criollo, ex funcionario de unos de los cuerpos de seguridad del estado,  que regresaba furioso y preocupado porque, me decía, temía por su vida: regresaba porque no le quedaba más remedio, pero estaba consciente que en Venezuela lo podían matar como consecuencia de una represalia.

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 08:57

 

 

UN NIDO DE RATAS DEL DERECHO

 

 

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"Antigua Corte Suprema de Justicia Venezolana y Palacio de las Academaias-Caracas D. C."

 

Desde que he llegado a Venezuela estoy escuchando como todo el mundo insiste que los problemas del país son de tipo político y que el responsable de todos los males es el chavismo. Personalmente siempre he insistido que el problema de Venezuela no es un problema político sino un problema de personas, un problema de formación y mala formación, un problema de falta, en muchos casos, de la más elemental vergüenza.

Una de las formas que he tenido de comprobarlo,  una vez más, es con lo que  ha sido la “gestión”, o podríamos decir, con la mala gestión de unos abogados que me recomendó el hermano de una  amiga y excompañera de trabajo. Una recomendación que yo pienso que el hermano de mi amiga realizó con buena fe, pero que le ha creado a él, y sobre todo a mí, muchos problemas.

El hermano de mi amiga me recomendó a dos abogados conocidos, con los cuales ya él había trabajado, Rafael González y Alfredo González, ambos alrededor de los 40 años,  hijos de españoles, y conocidos suyos del Club Catalán de Caracas, al cual suelen acudir y en cuyas instalaciones se encuentran  habitualmente. 

Yo estaba recién llegada a Caracas por una emergencia y tenía prisa por agilizar los trámites a realizar pues quería regresar con mis hijos cuanto antes. Por ello ni reparé en los honorarios que me presentaron dichos abogados, los cuales, me enteré más tarde por la información de amigos, y algunos abogados,  que son exhorbitantes: “te vieron pinta de española recién llegada y quisieron exprimirte” fue el comentario general. En  particular un amigo de universidad  me dijo, textualmente: “para ellos tú eres la vaca lechera que quieren ordeñar”. En opinión de un abogado que me ha estado asesorando y apoyando con estos jóvenes abogados  comentó: estos colegas son unos “mercantilistas” que me imagino es una forma eufemística de decir que son otra cosa menos honorable.

El caso es que en su día estos abogados me dijeron que cobraban un 25% de coste total por adelantado y el cual yo entregué. Al poco tiempo yo no había podido recaudar todos los documentos necesarios para seguir adelante, pero con motivo de que teníamos una cita pautada aprovecharon para decirme que ya habían introducido en Tribunales  la solicitud del documento requerido (posteriormente me enteré de que necesitaban todos los papeles que todavía no teníamos, por tanto, era imposible que hubiesen comenzado dicha gestión) para cobrarme un 25% más. Cuando conté este detalle entre mis amigos venezolanos me solicitaron, encarecidamente, que no se me ocurriese darle ni un céntimo más a estos señores porque me iba a quedar sin dinero y sin los trámites realizados.

Estando ya avisada, pues me esperaba una segunda jugada parecida,  esperé que se volviese a repetir la operación, como efectivamente ocurrió: me solicitaron el equivalente a otro 25% más, pero en esta ocasión era por trámites varios, pero sin presentar ninguna tipo de factura ni siquiera  una  relación de dichos trámites. Por supuesto, dije qué quería conocer a qué trámites se referían con esa frase de “trámites varios”. Les dije que ya les había abonado el 50% del costo total de la gestión que había contratado y que todavía no había visto ni un 25% de dicha gestión terminada.

Al día siguiente se comunicó conmigo Rafael González, pues la solicitud del 25% adicional, la había realizado su hermano Alfredo González.  El señor Rafael González quería saber  qué   pasaba, porque no había pagado los honorarios requeridos y le volví a repetir lo mismo que a su hermano. Ante lo cual me planteó que existían una serie de gestiones adicionales que ellos tenían que cobrar: ¿dónde está la relación de esas gestiones adicionales? ¿Dónde está la factura?, les pregunté. El caso es que el señor Rafael González consideró que mi tono era inapropiado para pedirle la relación de dichos trámites y la factura correspondiente, y por ello me colgó el teléfono.

Claro, pensé que lo inapropiado para él era que yo le exigiese la presentación de una factura que a partir de ese momento tenía que ponerse a desglosar. Independientemente, parecía que el  colgar el teléfono a una clienta, que era yo, era una forma de dar por concluida la conversación y, por tanto, la relación. El caso es que a esas alturas estos señores tenían ya todos mis documentos originales en sus manos más un poder firmado por mi para realizar dichas gestiones.

En el desglose que me presentaron –tras solicitar la intermediación de  nuestro conocido común, el hermano de mi amiga y excompañera de trabajo- aparecía el cobro de la solicitud de partida de nacimiento de mi hermano, una gestión que un principio pensé que sería el equivalente a más de un cuarto de un sueldo mínimo en Venezuela que fue lo que estos señores me solicitaron en un principio. Pero no, la cosa no se quedaba ahí, me estaban cobrando un sueldo mínimo completo adicional por una gestión que insistieron ellos en hacer y con la cual yo no estaba de acuerdo.

Lo cierto es que, me habían dicho que la partida de nacimiento de mi hermano no la habían podido tramitar en el Registro General porque no estaba y que habían tenido que recurrir a la prefectura correspondiente. Como todo esto me resultaba cuando menos extraño procedí yendo primero al Registro General  y después a la Prefectura para informarme personalmente de que, efectivamente, lo que decían estos “señores” era cierto.

Por supuesto, me negué a pagar el trámite irrisorio relacionado por la partida de nacimiento de mi hermano y seguí yo con dicha gestión tras acordar que no podía pagar lo que ellos me habían solicitado, más a mayores quedamos en que parte de la gestión la terminaría por mi cuenta y en todo caso aquellos trámites que ellos me estaban exigiendo serían a cuenta de aquellos otros que ya ellos no harían.

Solicité asistencia a un abogado amigo, Rafael Peraza Manzanares, en cuyo encuentro y conversación, me hizo sentir que estaba frente al abogado que necesitaba, pero que lamentablemente no podía contratar por haberme quedado sin dinero  al haber sido esquilmada por estos otros “personajes”. No obstante, Rafael Peraza, como un  amigo y caballero, haciendo alarde de los valores que los otros profesionales carecen, me acompañó, perplejo en todo este periplo, mientras me solicitaba que por favor me calmase porque dada la situación que tenía me podía pasar algo.

Gestionando la  partida de nacimiento de mi hermano me enteré que iba a pagar por adelantado un trámite imposible de realizar pues dicha partida de nacimiento ha desparecido con alrededor de más de 280 registros similares de las actas de 1962, todas ellas localizadas en la Prefectura  de San Juan en San Martín y  del Registro General de Caracas ubicado en la avenida Urdaneta.

Mientras me daban dicha información en la Prefectura de San Juan recibí nuevamente una llamada del abogado Alfredo González solicitando dicho documento para introducir la solicitud de  uno de los trámites.[i] Le dije que era imposible que le entregase la partida por cuanto ésta no existía y había que solicitar una reconstrucción de acta: “pues usted tiene que pagarnos lo que nos adeuda”, me dijo el letrado Alfredo González. Pero, letrado, contesté  ¿cómo les voy a pagar lo que les adeudo, si el trabajo no está terminado y en todo caso ya he pagado el 50% por un trabajo que ustedes todavía no han comenzado? Me colgó el teléfono en ese momento  y me quedé sin respuesta y pensando que, una vez más se repetía la urgencia de estos señores para el cobro. Claro, reflexioné, estamos a últimos de mes.

Sin salir de la oficina de la secretaria del director de la Prefectura San Juan en San Martín, el señor Antonio Márquez,  recibí de nuevo una llamada del la misma oficina de los abogados, en este caso era su empleado, el señor Peña, quien me dijo que al día siguiente le iban a dar la partida de nacimiento  y que todo estaría solucionado. Sintiendo que estaba viviendo  una situación irreal – el realismo mágico de Gabriel García Márquez-  le inquirí qué cómo era eso posible  si esa partida de nacimiento no existía: “es que había sido nombrado el nuevo Registrador”, me respondió y con la misma colgó.

Tras esto entro en la oficina de la  secretaria del  señor Antonio Márquez,  y le cuento lo de la llamada. La secretaria del director de la oficina negó que hubiese sido nombrado ningún Registrador y que si ello fuese cierto dicho nombramiento habría salido publicado en  la Gaceta Oficial. Para despejar mis dudas me permitió constatar en los libros de actas que la partida no podía ser entregada por cuanto estaba desaparecida. Al mismo tiempo me instó a solicitar una constancia  de la inexistencia de dicha partida, como primer paso para solicitar una reconstrucción de acta, y además me sugirió tener cuidado con la entrega de una partida de nacimiento falsa por parte de estos abogados.  La  constancia de que no existe la partida de nacimiento en el registro correspondiente ya está en mis manos y también conservo la relación  de gastos pasados por estos abogados donde aparece el correspondiente cobro por su tramitación.

Al día siguiente me llama el abogado Alfredo González  y me pregunta cómo íbamos a proceder. Lógicamente yo le digo: bueno, tu empleado me llamó para decirme que ustedes no iban a tener problemas con los trámites porque hoy le entregaban la partida de nacimiento. “No sé señora Fuentes, no entiendo cómo el señor Peña pudo haber dicho esto, porque ya habíamos quedado que usted misma la   tramitaría”. Se pueden imaginar mi desconcierto una vez más ante la retahíla de mentiras que se venían sucediendo y es que  la llamada del señor Peña, el día anterior, había sido realizada desde el propio teléfono de la oficina de los abogados, pues dicho número aparecías en pantalla durante la llamada.

Les dije que  como no teníamos partida de nacimiento me habían dicho que se podía realizar con los datos filiatorios de mi hermano recogidos en el SAIME (y aquí hay que acotar que ya tiene inri que esté pagando un dineral a estos “profesionales” por resolver un asunto y tenga que ser yo la que encuentre la forma de solucionar el problema porque ellos de lo único que parecen estar pendientes es de cobrar a últimos y quincena esté o no esté el trabajo realizado). En este caso tuve que decirles cuál era el procedimiento a seguir para culminar la labor. 

Pero, por supuesto, aquí no han terminado los problemas, pues todavía no tengo ninguno  de los trámites a realizar finalizados. Incluso no sé si tendré que buscar un o unos abogados para defenderme de las malas acciones de estos "abogados". E incluso, no sé si tendré que terminar demandándolos como delincuentes.

No obstante, para finalizar y no hacer este artículo más largo, yo no hago más que recordar que en una de las primeras citas el abogado Rafael González, quien se muestra inconforme con la marcha del país bajo el actual régimen del presidente Hugo Chávez, me había dicho que un recién licenciado en derecho había preferido irse a trabajar a una oficina pública en lugar de permanecer en su despacho de abogados. Claro en su mente relacionaba oficina pública venezolana con desorden y corrupción, por lo que entendí.

Y yo me pregunto, ¿es que este hombre no se da cuenta de que tal cómo gestiona su oficina, ésta parece más un nido de ratas del derecho que un lugar de  profesionales serios? ¿Es que piensa que una oficina pública es menos seria que su despacho?  Personalmente no sé si es mejor  que su despacho, pero peor lo dudo.

Como me decía mi médico: tranquila Tu salud no se puede resentir porque en tu cabeza no entre que pueda  existir gente que obre sin ética y sin honestidad. Tienes que aceptar que estos seres humanos existen. Que sí, que te están robando y que han tenido éxito robándote, porque ellos son exitosos en eso. Tienes que aceptar que te han atracado, porque eso es lo que han hecho, legalmente, pero eso es lo que han hecho porque eso es lo que mejor saben hacer. Pero tienes que darte cuenta de que entre ellos y tú hay una gran diferencia: ellos son unos marginales y jamás podrán entender que exista gente con ética y honestidad. En su mente es incomprensible. Esto es así y no puedes dejar que tu salud se deteriore por su culpa.

Mi amigo el abogado, me apuntaba: la palabra para calificar a esos señores no es “marginales”, la palabra es  “malandros”; son unos “malandros” del derecho, los cuales, lamentablemente, hay muchos en esta profesión. Y puntualizaba: ¡y me extraña! ¿Por qué? le pregunté. ¿Porque son hijos de españoles? Sí, me contestó. “Si sus padres no lograron inculcarle valores  y los que tienen los adquirieron en las calles caraqueñas, son mucho peores que mucha gente de los barrios marginales que ellos tanto parecen despreciar, porque, puedes estar seguro, que muchas personas de barrio tienen los valores que a ellos les falta y ni cuenta se dan de eso. Y para eso amigo, no tiene nada que ver con quien sean o de donde sean originarios sus padres, aunque España, o cualquier otro país europeo, se le relacione preferentemente con los valores humanos ” le respondí.

El hermano de mi amiga decía: última vez que recomiendo a nadie. Última vez. La verdad que esta experiencia le deja a él, y a mí, la seguridad de que si de verdad no se conoce a alguien bien, mejor es no recomendarlo. Eso sin ninguna duda,  en cualquier latitud, pero especialmente en Venezuela.

Finalmente señalar que como decían mis dos amigos, el abogado y el médico, estos  señores son “malandros”[ii], unos “malandros” del derecho. Pero son  también marginales, unos marginales de los valores porque son incapaces de tenerlos, de vivir de acuerdo con ellos y lo que es más: son incapaces de reconocer su existencia o inexistencia. Por tanto, sí, también son unos marginales, porque se encuentran en el margen de los valores que existen al no poder vivir de acuerdo con ellos  y no poder reconocerlos. De ahí que sean, unos “malandros” y su oficina un nido de “ratas” del derecho, posicionándose, de esta manera en el lado marginal de la sociedad.




[i] Cosa rara porque cuando dije que cancelaba lo que había realizado hasta los momentos y no más  me dijo que ya estaba introducido, además de que cuando me cobraron el 25% restante también supuestamente ya habían realizado dicho trámite.

[ii] Término coloquial venezolano que significa delincuente.

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19 noviembre 2011 6 19 /11 /noviembre /2011 23:52

  

    

SI LOS ALUMNOS NO FUESEN IGNORANTES

NO SERÍAN NECESARIOS LOS PROFESORES  

 

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Este 16 de noviembre publicó El País  una entrevista con Jordi Llovet, catedrático prejubilado de Literatura comparada, de la Universidad de Barcelona,  titulada“La mala hora de las humanidades”. La entrevista se centra en el libro Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades que el profesor Llovet  publica actualmente  con Galaxia Gutermberg y el Círculo de Lectores.

En este libro Jordi Llovet recorre cuatro décadas de docencia y ocho siglos de historia intelectual, que abarcan desde la fundación en Bolonia de la primera universidad europea en el siglo XII hasta la declaración del  Plan Bolonia en 1998 que el autor describe como "meter la mano neoliberal en la organización de la enseñanza superior".

Pero no es este punto el que me obliga a escribir sobre la entrevista, a pesar de que el tema es extremadamente oportuno en la actual situación por la que atraviesa Europa. No, lo que me  instó a sentarme delante del ordenador es la parte de la entrevista donde   el profesor Llovet afirma que volverá a dar clases sin cobrar en febrero de este año; al mismo tiempo declara que los estudiantes son para él lo más digno de la universidad. Y a continuación se pregunta: "¿Que son ignorantes?” para luego afirmar que ese punto es lo que le anima a trabajar.

Y es que, efectivamente,  un buen profesor, que ame enseñar, de lo último que se puede quejar es de la ignorancia o de la falta de interés de sus alumnos. Los buenos profesores, con verdadera vocación, y conocimiento amplio del tema que imparten, normalmente saben que cuando el interés de un alumno falla el fracaso es del docente al no conseguir la estrategia adecuada para guiarlos a través de los conocimientos que les desea transmitir. Por otra parte, para el buen profesor el desconocimiento de sus alumnos no es un problema porque considera que para subsanarlo está él.

La convicción del profesor Llovet  me remite a experiencias no tan lejanas con profesores a los que observé  mostrar disgusto por la falta de ciertos conocimientos de sus alumnos. Tengo que decir que cuando escuché a estos profesores  pensé que aún cuando se lamentaban  de la ignorancia  de sus alumnos en realidad estaban admitiendo sus propias carencias  en la misma materia. Por tanto, el problema no era la falta de conocimiento de sus discípulos sino su falta de dominio del tema que le impedía guiarlos acertadamente.

Lo peor del caso es que dichas carencias del  profesor remiten  a una falta de estudio y trabajo, el cual ya se sabe que es solitario y duro, pero imprescindible para poder enseñar adecuadamente. Estas carencias convierten al profesor en egoísta y ciego frente a las necesidades de sus educandos, al mismo tiempo que  se revela como un profesional muy mediocre.

Y es que lamentablemente  “la mano neoliberal” y el “mercantilismo de la enseñanza” no se siente sólo en los “planes y su reorganización” sino también  en la forma como asumen ciertos pedagogos su misión, los que se centran más en el prestigio social que les da su cargo o en los ingresos económicos (sin duda muy necesarios para vivir dignamente) que en su vocación. Lo que es más, de estos profesores dudo, y mucho, que tengan verdadera vocación.

Recientemente una amiga, psicóloga clínica, que imparte una materia en un postgrado  de la Universidad Central de Venezuela me comentaba que el semestre que imparte dicha clase se siente tan satisfecha  que cuando concluye el período lectivo se olvida de cobrar el estipendio que  percibe al  final del mismo.

Personalmente he vivido la experiencia de estar recientemente frente a dos grupos de cuarto y quinto semestre de Comunicación Social en  la Universidad Santa María de Caracas. Una ex compañera de trabajo, hoy en día profesora en esa universidad, me invitó a dar una charla sobre El periodismo en la era digital. Al finalizar dicha charla  me encontré reflexionando, no sin cierta sorpresa,   sobre la maravillosa inocencia y candor que percibí en los alumnos; jóvenes de más de 20 años ansiosos de saber y conocer y todavía moldeables. No pude dejar de mirar hacia el pasado y verme junto a mis compañeros en la misma situación. Sin duda estos jóvenes se merecen no sólo buenos profesores que amen transmitir sus conocimientos   sino también una universidad que no sea una mera empresa.

Pero, lamentablemente, nos encontramos en una fase de la historia donde el capitalismo vuelve a mostrar su peor faz, con su despiadada lógica y su carencia absoluta de moral como bien apunta el profesor LLovet.  Y  esta es la razón por la cual "los jóvenes más tecnológicamente avanzados ya no creen en el progreso” porque saben que su futuro es más precario que el de sus padres. Esto ha sido así desde la década de los 80. Cada nueva generación se ha enfrentado a un futuro menos promisor que  el de sus progenitores y parece que este lineamiento se está a profundizando en este principio de la segunda década del siglo XXI. ¿Podrán los jóvenes de hoy en día recuperar el camino perdido?  Mi generación, que es la de sus padres, conscientes del futuro que les espera, está a su lado en esa lucha. Al menos que no se diga que no la hemos librado aunque en el camino terminemos derrotados.

No olvidemos que no es solamente el futuro laboral y la calidad de vida de estos jóvenes lo que está en juego. Es también la formación de sus hijos, nuestros nietos, la cual promete verse disminuida notablemente. Lamentablemente, una vez más los intereses bastardos vuelven a prevalecer. A ver si en esta ocasión la población sabe enfrentarse a sus abanderados y se les  corta el paso. Desde aquí expreso mi adhesión al movimiento global de los indignados, esperando que perdure en el tiempo y se convierta en el faro a seguir en medio de esta “costa da morte” que dejan a su paso el poder financiero encarnado por los organismos internacionales y apoyado por el poder político que día a día va perdiendo legitimidad  frente a los ciudadanos.  

 



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