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Ser chavista o de la oposición conlleva una distinción de prestigio o desprestigio

 

 

Entre la clase media venezolana  si eres un “furibundo”  opositor parece que tienes más prestigio y si eres chavista parece que pasas a ser un chancletudo. También ocurre lo contrario en el otro bando: si eres opositor  acérrimo eres un reaccionario y si eres chavista eres un progresista

 

Por Mercedes Fuentes

 

 

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  Vista de manifestaciones de la oposición y del oficialismo: imagen de un país enfrentado.

 

 

Voy a tratar de complacer a aquellas personas que querían que les contase cómo percibí a Venezuela durante mi visita. La verdad es que los interesados no son tanto venezolanos, que sí los hay, como extranjeros que siguen las vicisitudes de nuestro país con enorme interés. Hasta la gente más sencilla.


Tengo que confesar que, personalmente,  la actual situación me gusta más que la anterior que conocí  por lo que conlleva de elemento renovador, pues la Venezuela ideal que añora la oposición yo jamás la percibí: se nota que mis lentes me daban una visión de un color muy diferente de la realidad, como muy bien en una ocasión, durante una clase, nos enseñó la profesora de Lengua en bachillerato: hay tantos puntos de vista como personas existen.


Las injusticias sociales que padecía una parte de la sociedad venezolana , su propia aparente apatía ante ellas sumado a la superficialidad de una clase media que  de lo único que parecía preocuparse era del  último “coroto” electrónico, pasear el último carro adquirido, acudir asiduamente al último restaurante de moda o de adquirir las marcas de ropa en boga,  junto con la corrupción, la especulación  y la inseguridad,  me hizo sentarme a esperar un gran estallido social de consecuencias imprevisibles.  Claro, el banco en el que me senté lo busqué al otro lado del atlántico, porsia, como se suele decir en Venezuela.


Llevaba poco tiempo fuera del país  cuando sucedió el primer intento de golpe de estado de Chávez contra el gobierno de CAP. Una vez abortado, todo siguió igual: las quejas contra los gobiernos de turno parecía que se iban intensificando, pero poco más. Llevaba casi 10 años esperando, siempre muy sorprendida porque, aparentemente en el país todo seguía igual, cuando saltó a la palestra la victoria en las urnas del antiguo militar golpista, Chávez, sin duda un  signo inequívoco de que  la población, si hubiese podido lo hubiese apoyado en su intento anterior. El respaldo en las urnas así lo decía. No conozco en Venezuela a nadie de la actual oposición que no votase, en esas primeras elecciones,  por él.


Al poco tiempo de estar en el gobierno se comenzó a revolver el país y comienza  el paro petrolero, el intento de golpe de estado en el 2002,  etcétera…De repente Venezuela se comenzó a meter, progresivamente, en un conflicto de enfrentamiento social nunca antes visto. Y entonces me dije: ¡finalmente ha llegado lo que esperaba! Desde la postura del que espera que pase lo que tiene que pasar, tengo que decir que me pareció que lo que iba o tenía que pasar, más bien tardó. Me hubiese parecido ilógico que lo que está ocurriendo no ocurriese y de hecho yo me temía algo peor. Que todo hubiese seguido igual  supondría que una parte de la población venezolana, bastante numerosa, no tenía sangre en la venas. Y eso es imposible de creerlo.


Una vez sobre el tapete el conflicto, que, en mi opinión, estuvo soterrado, dormido durante los últimos 20 años, me dediqué a observar por donde iban los tiros y cada vez que viajé a Venezuela buscaba  hablar con unos y otros para conocer cómo respiraba la gente. La primera sorpresa a la que me enfrenté, ya con los venezolanos recién llegados a España, fue el grado de intolerancia que había aparecido en la población, tanto de un bando como de otro. E incluso,  me sorprendió el ser íntimo “autoritario” que emergió en una población que había vivido durante más de tres décadas en un régimen de tolerancia a las libertades individuales.


Fue sorprendente ver cómo los esfuerzos del Ministerio de Educación, a través de sus programas de Lengua y Literatura, diseñados para formar individuos pensantes, a través del incentivo de la lectura, tolerantes a través del respeto a las ideas de los otros, mostraba un fracaso tan rotundo tras cuatro décadas de su implantación. ¡Ante estas posturas de intolerancia  el conflicto estaba servido! Y, afortunadamente, hasta los momentos todo se quedó solo en eso.


En medio del conflicto, durante mis visitas me encontré, en medio de la polarización, una población muy  lúcida en ambos bandos;  un grupo de todas las clases sociales y profesiones, médicos, periodistas, taxistas, peluqueros, fontaneros, albañiles y diversos, disgustados por el enfrentamiento, y que, tanto de una parte como de otra, buscaba mimetizarse entre el resto de la población para  pasar desapercibida. Algo así como los opositores “tibios” que no quieren ni siquiera dar su opinión antes los que opinan como ellos, pero con actitudes extremas,  o los chavistas “tibios” que tampoco están de acuerdo con los extremistas de su grupo y que, ante ellos, también ocultan sus opiniones. Este grupo deben ser los que hoy en día llaman los ni ni: la Venezuela lúcida que mantiene la cordura en medio del caos.  


Este  grupo fue la que me aclaró las ideas. Dos de estos amigos, opositores “tibios” como lo califico yo para este artículo, pertenecientes ambos a la clase media y alta de país, personas  capaces de convivir con todo el mundo,   me  dijeron con absoluta claridad en mi primera visita: lo que está pasando en Venezuela es que en las urnas ha dejado de mandar la clase media; los que deciden ahora quien manda es la clase baja. Esta lucidez con la que me hablaron tiene mayor mérito si se recuerda que en esos momentos las ideas que predominaban entre la oposición era la del fraude electoral. Entonces ¿no compartes la idea del fraude?, pregunté. No, esa es la oposición histérica y ofuscada que se cuenta lo quiere para no ver la realidad, me dijeron.


La misma lucidez la encontré luego, como he dicho, en taxistas, peluqueros, fontaneros, escritores…Todos coincidían en lo mismo. La gente sigue ciegamente a Chávez, lo exculpa de todos los errores de su gobierno y le rinde una credibilidad inusitada. ¡Caray!, me dije en aquella ocasión: y los que hablan de fraude electoral, ¿no hablan con esta gente? ¿No la toman en cuenta? Luego constaté, por mi cuenta, que efectivamente lo que decían era cierto.


Yo esperaba que tras doce años fuera de Venezuela encontraría algún cambio a mi regreso, alguna mejora, quizás menos superficialidad en la clase media, quizás una mayor conciencia social, algún progreso en la mejora de la calidad de vida de la gente…cualquier cosa que me dijese que mi país avanzaba hacia un futuro mejor… Pero entre la clase media descubrí, una vez más, que tenían un nuevo “distintivo de clase”: el bando político al que pertenecían.  A las ya muchas superficialidades que tienen añadieron una más.


En los países, a veces, la subordinación de un idioma a otro, como es en las regiones históricas del Estado español,  o en las zonas rurales e indígenas de América Latina, la utilización del idioma dominante o el subordinado se convierte en elemento distintivo de clase. Esto fue lo que ocurrió durante la era del franquismo, por ejemplo, y es lo que ocurre en nuestras áreas rurales indígenas de nuestra América Latina.  Por supuesto, nos podemos imaginar que la utilización del idioma dominante es sinónimo de prestigio, en este caso el castellano, mientras que la utilización del segundo, normalmente la lengua madre del grupo subordinado, es sinónimo de desprestigio pasando a ser sus hablantes una clase inferior  y por tanto marginada.


Pues hoy en Venezuela ser chavista o de la oposición conlleva, en ciertos medios sociales, una distinción de prestigio. Entre la clase media venezolana  si eres un “furibundo”  opositor parece que tienes más prestigio y si eres chavista parece que pasas a ser un chancletudo. También ocurre lo contrario en el otro bando: si eres opositor  acérrimo eres un reaccionario y si eres chavista eres un progresista.


Por supuesto,  con esto no se hace otra cosa más que caer en la superficialidad de los estereotipos y en el consumismo absurdo de   ideas sin procesar. Recordando a una de mis profesores más valorados del bachillerato: seguir esta tendencia es seguir a la masa  como borregos. Lo difícil, lo ético, lo responsable  es mantenerse alerta, como individuos críticos en la línea del medio sin dejarse llevar por la moda del momento. Y eso es, y ha sido, lo difícil en la actual Venezuela, pues hay dos tendencias  muy fuertes que impulsan al individuo hacia uno u otro lado. Eso es lo que hace que esos NI NI sean, a mi juicio, el  auténtico reservorio de valores del país.

 

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