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12 enero 2011 3 12 /01 /enero /2011 11:53

 

 

 LA LETRA CON SANGRE ENTRA

 

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En Venezuela con mis padres ¿en Porlamar?                      En Galicia, con el tío que impidió continuase mi castigo.

 

 

Como otros días hoy amanecí recibiendo en mi correo electrónico el enlace para el blog de Isaac Nahon el cual, tras leerlo, me remitió a mis años de infancia. Y es que en su blog Isaac hace alusión al hecho de que ambos llegamos como inmigrantes en 1968 a Venezuela, hecho no totalmente cierto en mi caso.  

Ese año de 1968, en que ambos llegamos al puerto de la Guaira,  yo simplemente estaba “regresando” al país a pesar de que en realidad era como si llegase por primera vez. Había dejado Venezuela en noviembre de 1960, sin conciencia de haberlo hecho. Tenía en ese momento, según me cuentan, 22 meses, a pesar de que me cuesta creer que no tenía más edad debido a que, por los datos que tengo, yo ya sabía hablar en un castellano correcto, pero con acento venezolano.  

Había nacido en el Hospital Clínico Universitario de Caracas y según mi madre me costaba trabajo realizar mis tomas diarias, pues parece que no quería la leche que me daban ya fuese del pecho o del tetero, como se dice en Venezuela, o biberón, como se dice en España. Ante tan sorprendente falta de apetencia a los médicos venezolanos no se les ocurrió mejor solución que pedir a mis padres que buscasen un clima más frío donde pudiese yo crecer con mejor apetito.  

De esta manera, me embarqué para España, en concreto hacia Galicia, donde el primer invierno de 1961 lo estrené en los brazos de la hermana de mi padre viendo, desde ellos, la nieve y sufriendo porque no me dejaban pasear por ella. Primer sorprendente recuerdo de mi vida. Crecí con la conciencia, creada por los otros niños, de que no era española, sino americana; especialmente en el colegio me hicieron sentir esta diferencia de múltiples formas. Primero por mi “seseo” al hablar castellano y después porque mis papeles así lo decían.  

El “seseo” me lo quitaron haciendo honor a eso de que “con sangre la letra entra”. Primero pasé desde los 2 a los casi 5 años asistiendo a un colegio privado, para pocos alumnos, con el objetivo de no “perder” el castellano en una comunidad bilingüe como la gallega. A los 5 estuve medio curso “castigada” de rodillas porque al leer la lección no pronunciaba correctamente la “c”,  error que no llegué a comprender en ese momento en qué consistía porque no me lo explicaban adecuadamente. Como resultado añadido a la humillación de estar castigada, se unía el hecho de no saber por qué estaba castigada. ¿Acaso yo no leía la palabra completa? ¿Y no la entendía? Entonces: ¿qué significaba que no la leía bien?  

La profesora no parecía saberse explicar mejor, pero como ella tenía el poder en su mano,  invariablemente yo terminaba con la barbilla baja y de rodillas. El ritual ya era cotidiano: llegaba, me tomaba la lección y, como consecuencia, al no estar el problema resuelto, me mandaba de rodillas la primera mitad de la clase. De ese año recuerdo la primera depresión de mi vida que me impedía relacionarme con el resto de los niños, jugar, e incluso poder caminar hacia el colegio o al regreso. Alguna señora, ya muy mayor, del entorno de mi familia paterna todavía lo recuerda: “eras unha mangañona, e tua tía tiña que levarte o lombo” (eras una niña grande y tu tía tenía que cargarte).

Este suplicio duró medio año, pues la joven que era mi profesora no aprendió a explicarse mejor y yo no conseguí que nadie supiese señalar en dónde estaba el fallo. A mitad del curso se interrumpió el cotidiano castigo cuando un hermano de mi padre descubrió que sabía leer perfectamente y que, para él, yo escribía mejor que cualquier niña de mi edad. En su enfado dijo: “si no sabe pronunciar esas dos consonantes que no las pronuncie. Pero que la profesora deje de castigarla porque si sigue haciéndolo se las tendrá que ver conmigo”. De esa  forma milagrosa, gracias a mi tío, se levantó el castigo y pasé el resto del año más tranquila.  

Este problema lo entendí al curso siguiente cuando me llevaron a otro colegio y le explicaron a la profesora que yo sabía leer y escribir, pero mi fallo era que no sabía pronunciar la “z” ni la “c”. Ambas consonantes las pronunciaba indistintamente como si fuesen “s”. La profesora, contenta de conocer dónde estaba el problema y de poder resolverlo, explicó a toda la clase, a principios del año que “teníamos dos americanas entre nosotros”, que se diferenciaban en su pronunciación del castellano. Como eso de ser americana  era algo que yo solía olvidar con frecuencia, manifesté el mismo sentimiento de expectativa y curiosidad que imagino sintieron el resto de mis compañeros.  

Con motivo de nuestra presencia fue tal la explicación que sobre el continente americano dio la profesora -después de escuchar hablar de pájaros de colores (los guacamayos), verdes intensos, vegetación exuberante, cascadas inmensas, playas de arenas doradas y olas contundentes batiendo en las rocas- que al final yo anhelaba ver a aquellas compañeras americanas, tan exóticas, que iban a compartir nuestros día a partir de aquel momento. La desilusión fue grande cuando descubrí que una de ellas era yo: ¿qué tenía que ver yo con aquel relato maravilloso que la profesora nos había contado?  ¡Definitivamente nada! Miré con desilusión a mi compañera “americana”  y me pareció tan normalita y corriente como yo misma.  

Pero el gran cambio es que nos llevaron a una mesa aparte y con una simpática profesora joven, sonriente y comprensiva,  nos enseñaron a colocar la lengua en la boca de tal manera que consiguiésemos pronunciar los sonidos diferentes que desconocíamos. Tras practicarlos, nos hicieron volver a leer los libros anteriores, pero ahora reconociendo la diferencia entre los sonidos de las tres consonantes. A partir de ese momento no los olvidé nunca más. Algo que se notó mucho cuando regresé a Venezuela.

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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