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CUIDANDO LAS FORMAS
Soy venezolana por nacimiento y por formación en muchos sentidos. Crecí en un país donde cuidar las formas era algo fundamental, a pesar de que en una ocasión Vargas Llosa en una Conferencia en la UCAB, en la década de los 80, dijo que Venezuela era un país informal, queriendo decir que Venezuela era un país donde no se guardaban las formas.
Si Vargas Llosa se refería a guardar las formalidades que venían de épocas pasadas, sin duda estaba en lo cierto: en la década de los 80 Venezuela se había democratizado de tal forma que ciertas formalidades propias de un tiempo antiguo se habían desechado y las relaciones se había flexibilizado.
Sin embargo, alzar la voz, discutir apasionadamente, sin siquiera llegar a los puños, era, y es, muy mal visto. Defender el propio punto de vista con ardor, ímpetu y fogosidad era, informalmente, castigado por la sociedad. Por tanto debemos suponer que esta tendencia natural humana estaba reprimida.
Lo cierto es que toda esta represión social en relación con defender acaloradamente un punto de vista siempre me pareció que encerraba un poco de hipocresía: pues guardando las formas, había y hay, cierta gente que usando su posición, sabía ofender y mucho; en muchas ocasiones de esta forma se solía avasallar al más débil sin dejarle escapatoria alguna.
Utilizar el lenguaje, el saber estar con ironía, es privilegio de los mejor preparados e inteligentes. Por tanto, la humillación solía ser doble: no me puedes contestar porque no estás a mi altura. Ese era el mensaje. Un mensaje lleno de violencia y odio, por muy recubierto de ese fino barniz de buenos modales que estuviese. A mi memoria viene la imagen de profunda repulsión que siempre me provocó esta actitud insultante y desconsiderada. Y el desprecio que siempre sentí por esta gente, supuestamente, bien educada.
Pero, sin embargo, lo llamativo es que en una Venezuela donde la gente no se enfrentaba con gritos ni su furor llegaba a los puñetazos, la fama de tiro fácil comenzó a prosperar. No estamos hablando de casos de la mafia, ni de la violencia de los barrios, muy extrema, sino de casos comunes y corrientes que alcanzan a la clase media, supuestamente, bien educada.
Justamente ayer una amiga de adolescencia, compañera de bachillerato, me contaba el caso de una niña sigfrina venezolana (pija, en España) que mató a dos jóvenes con un tiro de pistola porque no le quisieron devolver un cheque de 20 mil bolívares con el que les había pagado un gato comprado en su tienda de mascotas.
Un escándalo en la Caracas del Este: los dos jóvenes, uno de ellos hijo de un abogado, le suplicaron a la niña que no los matase. Pero ella no sólo tuvo la sangre fría de descargar su pistola sobre ellos sino que también, tras perpetrar el crimen, se fue, durante el fin de semana, de viaje a Miami con su familia.
La investigación del crimen prosiguió porque de regreso en Caracas el padre de la niña insistió en conocer cómo y de qué manera había desparecido un cheque, que nunca había firmado, por 20 mil bolívares, de su cuenta corriente. Tirando y tirando del hilo llegaron hasta lo jóvenes asesinados y, finalmente, la hija del propio investigador. No me imagino la desagradable sorpresa de los padres.
Este caso sin duda, es la descarnada muestra de una sociedad que posee una violencia de fondo, agazapada, enquistada, tras la fachada falsa de buenas apariencias. Y la pregunta es: ¿qué violencia es preferible? Si hay que escoger entre una y otra: ¿no es deseable un poco de calor y ardor en la discusión como válvula de escape antes que una salida tan primaria como es el matar? Recientemente le decía a un amigo: ninguna de las dos es deseable, pero aunque las dos nos señalen como seres primitivos, sin duda desahogarse con gestos y gritos es de las dos la menos primitiva.
Creo que en Venezuela habrá que ver como un proceso hacia la madurez esta manifestación emocional de nuestros grupos encontrados; el mismo puede significar un paso adelante en dejar escapar esas emociones que, represadas, son un quiste que se convierten en un cáncer de violencia imparable. Y la manifestación más palpable es la fama de “tiro fácil” que, desgraciadamente, se ha ganado el venezolano.