Blog personal para compartir experiencias y expresar ideas.
SI LOS ALUMNOS NO FUESEN IGNORANTES
NO SERÍAN NECESARIOS LOS PROFESORES
Este 16 de noviembre publicó El País una entrevista con Jordi Llovet, catedrático prejubilado de Literatura comparada, de la Universidad de Barcelona, titulada“La mala hora de las humanidades”. La entrevista se centra en el libro Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades que el profesor Llovet publica actualmente con Galaxia Gutermberg y el Círculo de Lectores.
En este libro Jordi Llovet recorre cuatro décadas de docencia y ocho siglos de historia intelectual, que abarcan desde la fundación en Bolonia de la primera universidad europea en el siglo XII hasta la declaración del Plan Bolonia en 1998 que el autor describe como "meter la mano neoliberal en la organización de la enseñanza superior".
Pero no es este punto el que me obliga a escribir sobre la entrevista, a pesar de que el tema es extremadamente oportuno en la actual situación por la que atraviesa Europa. No, lo que me instó a sentarme delante del ordenador es la parte de la entrevista donde el profesor Llovet afirma que volverá a dar clases sin cobrar en febrero de este año; al mismo tiempo declara que los estudiantes son para él lo más digno de la universidad. Y a continuación se pregunta: "¿Que son ignorantes?” para luego afirmar que ese punto es lo que le anima a trabajar.
Y es que, efectivamente, un buen profesor, que ame enseñar, de lo último que se puede quejar es de la ignorancia o de la falta de interés de sus alumnos. Los buenos profesores, con verdadera vocación, y conocimiento amplio del tema que imparten, normalmente saben que cuando el interés de un alumno falla el fracaso es del docente al no conseguir la estrategia adecuada para guiarlos a través de los conocimientos que les desea transmitir. Por otra parte, para el buen profesor el desconocimiento de sus alumnos no es un problema porque considera que para subsanarlo está él.
La convicción del profesor Llovet me remite a experiencias no tan lejanas con profesores a los que observé mostrar disgusto por la falta de ciertos conocimientos de sus alumnos. Tengo que decir que cuando escuché a estos profesores pensé que aún cuando se lamentaban de la ignorancia de sus alumnos en realidad estaban admitiendo sus propias carencias en la misma materia. Por tanto, el problema no era la falta de conocimiento de sus discípulos sino su falta de dominio del tema que le impedía guiarlos acertadamente.
Lo peor del caso es que dichas carencias del profesor remiten a una falta de estudio y trabajo, el cual ya se sabe que es solitario y duro, pero imprescindible para poder enseñar adecuadamente. Estas carencias convierten al profesor en egoísta y ciego frente a las necesidades de sus educandos, al mismo tiempo que se revela como un profesional muy mediocre.
Y es que lamentablemente “la mano neoliberal” y el “mercantilismo de la enseñanza” no se siente sólo en los “planes y su reorganización” sino también en la forma como asumen ciertos pedagogos su misión, los que se centran más en el prestigio social que les da su cargo o en los ingresos económicos (sin duda muy necesarios para vivir dignamente) que en su vocación. Lo que es más, de estos profesores dudo, y mucho, que tengan verdadera vocación.
Recientemente una amiga, psicóloga clínica, que imparte una materia en un postgrado de la Universidad Central de Venezuela me comentaba que el semestre que imparte dicha clase se siente tan satisfecha que cuando concluye el período lectivo se olvida de cobrar el estipendio que percibe al final del mismo.
Personalmente he vivido la experiencia de estar recientemente frente a dos grupos de cuarto y quinto semestre de Comunicación Social en la Universidad Santa María de Caracas. Una ex compañera de trabajo, hoy en día profesora en esa universidad, me invitó a dar una charla sobre El periodismo en la era digital. Al finalizar dicha charla me encontré reflexionando, no sin cierta sorpresa, sobre la maravillosa inocencia y candor que percibí en los alumnos; jóvenes de más de 20 años ansiosos de saber y conocer y todavía moldeables. No pude dejar de mirar hacia el pasado y verme junto a mis compañeros en la misma situación. Sin duda estos jóvenes se merecen no sólo buenos profesores que amen transmitir sus conocimientos sino también una universidad que no sea una mera empresa.
Pero, lamentablemente, nos encontramos en una fase de la historia donde el capitalismo vuelve a mostrar su peor faz, con su despiadada lógica y su carencia absoluta de moral como bien apunta el profesor LLovet. Y esta es la razón por la cual "los jóvenes más tecnológicamente avanzados ya no creen en el progreso” porque saben que su futuro es más precario que el de sus padres. Esto ha sido así desde la década de los 80. Cada nueva generación se ha enfrentado a un futuro menos promisor que el de sus progenitores y parece que este lineamiento se está a profundizando en este principio de la segunda década del siglo XXI. ¿Podrán los jóvenes de hoy en día recuperar el camino perdido? Mi generación, que es la de sus padres, conscientes del futuro que les espera, está a su lado en esa lucha. Al menos que no se diga que no la hemos librado aunque en el camino terminemos derrotados.
No olvidemos que no es solamente el futuro laboral y la calidad de vida de estos jóvenes lo que está en juego. Es también la formación de sus hijos, nuestros nietos, la cual promete verse disminuida notablemente. Lamentablemente, una vez más los intereses bastardos vuelven a prevalecer. A ver si en esta ocasión la población sabe enfrentarse a sus abanderados y se les corta el paso. Desde aquí expreso mi adhesión al movimiento global de los indignados, esperando que perdure en el tiempo y se convierta en el faro a seguir en medio de esta “costa da morte” que dejan a su paso el poder financiero encarnado por los organismos internacionales y apoyado por el poder político que día a día va perdiendo legitimidad frente a los ciudadanos.