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15 marzo 2013 5 15 /03 /marzo /2013 16:00

 

CUANDO LA HISTORIA SE CONJUGA EN GERUNDIO

 


 

En estos días vino a mis recuerdos la película El Gatopardo, realizada  en 1963  y dirigida por el director Luchino Visconti. La misma está  basada en la novela del mismo nombre, del autor Giuseppe Tomasi di Lampedusa. En su elenco incluye un amplio plantel de actores de renombre internacional como el estadounidense Burt Lancaster,  el francés Alain Delon y  la italiana Claudia Cardinale.

La vi por primera en mi época de estudiante universitaria en Venezuela, a principio de los años 80, en una de esas salas que en aquel momento se autodenominaban de Arte y ensayo y donde se solían retrasmitir películas inolvidables de otras épocas. Solían incluir ciclos de cine que a veces eran dedicados a un país o a un director concreto.

No recuerdo en qué sala vi El Gatopardo, pero sí recuerdo la impresión que me dejó este filme en concreto.  El largometraje muestra la vida de Don Fabrizio, príncipe de Salina  y de su familia, la cual se ve alterada al ser Sicilia invadida por las tropas de Garibaldi. Como consecuencia de esto, todos van a refugiarse en la casa de campo que la familia tiene en Donnafugatta. Hasta el lugar se desplazan, además de la mujer del príncipe y sus tres hijos, el joven Alfonso Tancredi, el sobrino predilecto de Don Fabrizio.

El conflicto comienza  cuando  el príncipe Don Fabrizio Salina (Lancaster), se disgusta  con su sobrino Alfonso (Delon), debido a que éste decide unirse a la causa de la República. Don Fabricio es el  aristócrata que sabe que el fin de su clase no está lejos, y se rehúsa a reaccionar, ya sea manteniendo o incrementando su fortuna, o reconstruyendo una nueva y naciente Italia. No obstante, como el líder de su linaje y como cabeza de familia,  busca el bienestar y la supervivencia de los suyos. Por tanto,  se asocia con el adinerado alcalde, Paolo Stoppa, al que considera un “burgués vulgar” que ha amasado una cuantiosa y vil fortuna.

El personaje del príncipe es  el único consciente de lo que está pasando y de que el ocaso de su clase se aproxima. Sin embargo, mientras rechaza cargos políticos, pues ya no tiene aspiraciones, ni ilusiones, ni esperanzas, porque en el derrumbe de la sociedad que le rodea le deja  un constante pesimismo y cansancio, se sobrepone en medio de su  melancolía, para que los más jóvenes tengan lo que ya él no puede: cabida en un mundo que se renueva con la revolución.

La interpretación de Lancaster,  una de las mejores que se recuerde, con su rostro grave, gastado, cansado, seco, es la imagen de la resignación de la madurez, que presenta  un cansancio doble: el de la edad, de lo que ha pasado y vivido, y el de lo que está por venir, pues como nadie, entiende y lamenta el nuevo porvenir; es él, melancólico, el símbolo de una generación que debe dejar lugar a la nueva.

La floreciente juventud que llega está representada por la jovencísima Claudia Cardinale, Angélica,  la hija del alcalde cuya inocencia la hacen colindar por momentos con la vulgaridad no acorde con la pompa de la aristocracia; y el jovencísimo Alain Delon, Alfonso Tancredi, sobrino del príncipe  quien  la desposará a pesar de su carencia en prestancia aristocrática que se ve compensada por el hecho de ser heredera de una gran fortuna.

Tanto Tomasi di Lampedusa, autor de la obra original,  como Luchino Visconti, el director del filme, no   presentan a  don Fabrizio como el oportunista que sacrifica sus principios morales en pro de sus intereses de clase, sino como un digno perdedor, al que la derrota le empuja a hipotecar su pasado aun a costa de mezclarse con quienes, en tiempos pretéritos, nunca habría confraternizado.

La película es toda una obra de ingeniería técnico-artística, caracterizada por una impecable escenografía que cuida del más mínimo detalle. La alternancia de imágenes estáticas y dinámicas constituyen una síntesis plástica de las bellas artes, que confluyen en un parsimonioso baile de 45 minutos, epitafio de una clase social que se despide de sí misma. Asimismo, sobre todas la imágenes de la película  planea la decadencia.

Y dirán ustedes: ¿a qué vino ese recuerdo en este principio del 2013? Viene a que en esta Venezuela en la que recalé a principio del 2011 los tiempos cambian como en la Italia de Garibaldi. En la actualidad, como entonces, la sociedad venezolana se ve sacudida por transformaciones constantes y una nueva clase, surgida al calor de la revolución bolivariana,  domina en el país latinoamericano mientras la antigua, la de los blancos criollos, de indiscutible preeminencia en el período de la Cuarta República, ve como sus posibilidades se quedan en el pasado a pesar de la muerte de un líder de masas como ha sido el Comandante Presidente Hugo Chávez Frías. No es lo mismo, leer la historia que vivirla. Y el actual momento de Venezuela es historia pura en progreso.  La historia en Venezuela, en este momento, se conjuga en gerundio.

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14 mayo 2012 1 14 /05 /mayo /2012 03:05

 

  GERMEN DESTRUCTOR DEL SISTEMA CAPITALISTA

 

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Una vista de la manifestación de los indignados en Barcelona este 12 de mayo; a continuación dos imágenes de las pancartas portadas por los inidgnados madrileños. 

 

Desde el ordenador de mi casa, a miles de kilómetros de distancia de Europa, asisto asombrada  a la escalada de represión ciudadana que se está registrado en los países periféricos de este continente, tales como España, Italia o Grecia y de otros, no tan periféricos, como Inglaterra.

Esta escalada de represión en países democráticos, y no tan democráticos, no es nada nuevo. Como bien se señala en el  documental  Catastroika[1], desde el inicio del experimento de la implantación de las medidas neoliberales,  propugnadas por  lo que se conoce como La Escuela de los Chicago Boys[2], siempre ha  estado acompañado de una escalada represiva muy importante por parte del estado.

Estas medidas neoliberales de los Chicago Boys propugnan un estricto control del déficit presupuestario, a costa de realizar importantes recortes en los servicios  públicos tales como educación y sanidad y privatizar muchos otros servicios básicos como los de suministro de electricidad, agua, gas, telefonía o transporte. Estas iniciativas se venían impulsando en toda Europa desde hace tiempo, sin embargo, la crisis se convierte en una excelente excusa para profundizarlas utilizando para ello el chantaje de la deuda.

Lo cierto es que resulta inútil que se les recuerde, por activa o por pasiva, a los adalides de las medidas de los Chicago Boys  que  sus teorías lo que han traído, en los países donde se implantaron, fue, en un primer momento, un horroroso  shock económico,  seguido del sacrificio de una generación en aras de dicho experimento y, finalmente, el giro de la balanza hacia  el otro extremo del péndulo.

A pesar de que numerosos economistas, entre ellos el hoy en día famoso Paul Kruggman, Premio Nobel de Economía, advierten del peligro que entrañan dichas políticas, los líderes europeos actuales, como antes los  estadounidenses Reagan,  George Busch padre y más tarde su hijo, o los ingleses Margaret Thachert o John Major,  no escuchan dichas advertencias.

Para los que ya vivimos este momento de “euforia” privatizadora y recortadora de servicios básicos en otros contextos, resulta absolutamente asombroso ver como personas   que deberían tener más conciencia y juicio sobre las posibles consecuencias de sus actos, simplemente hacen alarde de no tener dicho sentido común o de no querer tenerlo.

Como desde el norte siempre se ha insistido que parte de los problemas de los países del sur eran en gran medida gracias a la enorme corrupción de sus líderes políticos parecía imposible pensar que lo mismo pudiese ocurrir en los países industrializados. Pero dicha ceguera sólo  puede ser comprendida  desde el punto de vista de que estos líderes europeos están inmersos en un entorno de corrupción tan grande que son incapaces de ver otra realidad que no sea aquella que desean ver.

Esto es grave. Profundamente grave. Estos señores se están auto engañando y al mismo tiempo, están tratando de engatusar a los ciudadanos para que crean que dichas medidas son por el bienestar común. Todo iría muy bien si la gran mayoría de la población, sobre la que cae todo el peso de la crisis, aceptase estas directrices dócilmente. Pero esto se ha demostrado que es imposible, incluso en países donde los ciudadanos tienen muchísimo menos conocimiento y formación política, como, por ejemplo, todos los países de América Latina.

El caso concreto que mejor conozco es el de Venezuela donde dichas medidas terminaron siendo  impulsadas por el líder social demócrata de mayor carisma que tuvo el país en su momento: Carlos Andrés Pérez. Amén de recordar el famoso Caracazo, explosión social que tuvo lugar en el momento en que se inicia la gran embestida neoliberal a estilo de los Chicago Boys,  hay que mencionar los siguientes periodos gubernamentales que fueron de descalabro en descalabro  en la medida que el descontento se generalizaba.

La gran coronación del fatídico experimento iniciado en el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, vino con la destrucción total del bipartidismo que había sobrevivido durante más de 30 años de democracia y el surgimiento de un gobierno dispuesto a dar un giro de timón violento, enfrentando, incluso de malos modos, las directrices de los adalides de las medidas neoliberales.

Como consecuencia, desde ese momento, la polarización social ha mantenido dividido al país, creando un profundo divorcio entre los ciudadanos de los diferentes extractos sociales y un ambiente revolucionario permanente donde la tensión entre los diversos frentes, tanto entre sus representantes, como entre sus seguidores, se mantiene a lo largo del  tiempo.

Como se sabe no es Venezuela el único caso en donde una gran mayoría de los ciudadanos han sabido inclinar la balanza hacia el extremo que les permite combatir unas medidas sumamente dañinas para ellos. Por todos es conocido que esta experiencia, con mayor o menor crudeza se ha vivido en la mayoría de los países suramericanos.  Por tanto, tras la experiencia de América Latina, parece increíble que todavía hoy en día, 30 años más tarde, los seguidores de los Chicago Boys insistan en una dirección cuyo camino es ya bastante conocido.

Para muestra un botón: ahí tenemos ya a Grecia. Las últimas elecciones le han lanzado un torpedo a la línea de flotación del bipartidismo. Su mapa político ha quedado totalmente fragmentado y los polos han adquirido un especial poder; por un lado la extrema derecha y por el otro la izquierda. Una vez más la realidad de la historia nos constata que cuando nos movemos en un extremo, la tendencia es ir hacia el contrario. Y es justo lo que está ocurriendo en Europa.

Seguramente las medidas represivas de los actuales gobiernos son un elemento catalizador que va a causar justo el efecto que no desean. Por eso, la idea que cunde entre los observadores imparciales y con conocimiento,  es que el sistema capitalista tiene en sí mismo su propio germen de destrucción. Sin duda, dicho germen, parece ser La Escuela de los Chicago Boys.  Me temo que este no era el objetivo que perseguían Friedman y Harberger. Pero sin embargo, sin proponérselo, ¡qué bien lo hicieron!



[1] Realizado por los creadores de Debtocracy, un documental visto por dos millones de personas y transmitido desde Japón hasta América Latina, y donde  analizan la privatización de los activos del estado.

[2] Chicago Boys es un término aparecido en la década de 1970 para denominar a los economistas educados en la Universidad de Chicago, bajo la dirección de los estadounidenses Milton Friedman y de Arnold Harberger. Los Chicago Boys tuvieron influencia decisiva en el régimen militar de Augusto Pinochet en Chile, siendo artífices de reformas económicas y sociales que llevaron a la creación de una política económica  referenciada en la de orientación neoclásica y monetarista, y a la descentralización del control de la economía. Milton Friedman acuñó el término el  “milagro de Chile” (The miracle of Chile), para referirse a la obra de sus discípulos en ese país.

 

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28 marzo 2012 3 28 /03 /marzo /2012 00:51

VISIÓN DE FELICIDAD DE

DOS HUMILDES CIUDADANOS

 

 

 

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Recientemente un amigo, Isaac Nahon, comentó en Facebook la siguiente noticia: Encuesta privada de Datanálisis: Chávez aventaja a Capriles en 13 puntos. Isaac señalaba lo siguiente:

<<Póngamos estos datos en perspectiva. ¿Se acuerdan de la “encuesta de la felicidad”? ¿Aquélla que decía que los venezolanos éramos de los seres humanos que se declaraban más felices en el planeta? Que después de 13 años de esta tragedia, un 44 o 48 por ciento de venezolanos diga que va a votar por Chávez, es consistente con el “país de la felicidad” que somos. Es chocante, pero no sorprendente. Hay muchas maneras de explicar esto (clientelismo, autoestima, revanchismo, etc.). No hay duda que el virus de la “felicidad” que nos han contagiado ha calado en el “pueblo”. Es un milagro que todavía un 30 o 35 por ciento sigamos resistiéndonos a ser felices>>.

El comentario de Isaac, su incapacidad para ver esa felicidad de la cual hablaba la susodicha encuesta, me remitió a una conversación que escuché entre dos buhoneros que se ganan la vida vendiendo medias (calcetines en España) y bóxers (interiores) en las calles caraqueñas, justamente esa misma mañana.

Estaba sentada esperando encontrarme con alguien, distraída, cerca de donde ellos se pararon a hablar en una de las calles céntricas y populares de Caracas. Lo que había sido un sonido de fondo pasó a primer plano. En ese momento los dos humildes comerciantes hablaban sobre unos determinados grupos de música que se habían presentado en no sé qué lugar y cuya representación habían disfrutado de forma totalmente gratuita. En medio de su charla surgió la siguiente frase: ¡gracias a la revolución!

Tras esta expresión mi interés se tornó participativo e intervine en la conversación preguntando detalles, pues a ellos no parecía molestarles ni mi presencia ni mi escucha activa: “¿Dónde había sido el espectáculo?”, les interrogué. En la Plaza Bolívar, contestó el más joven. Se había presentado el Gran Combo de Puerto Rico y había interpretado lo mejor de su repertorio con motivo de la celebración de fin de año. A las once de la noche, comentó, había salido de su casa, en Caño Amarillo, con su familia y se había reunido con otros familiares y amigos en la Plaza Bolívar donde el Gran Combo estaba interpretando sus mejores canciones para los que quisieran asistir al evento totalmente abierto al público y gratuito.

Con mesas, explicó el joven buhonero favorablemente impresionado. “Nos llevamos nuestras cavitas (neveras portátiles), con la cerveza y la suegra llevó las hallacas”[1], le comentó a su compañero. “Los que tenían niños pequeños extendieron en el suelo una manta y los colocaron a dormir; pasamos la noche bailando, en ambiente familiar, bromeando con los amigos mientras los alrededores estaban custodiados por la Guardia Nacional. ¿Y tú sabes lo que es disfrutar del Gran Combo gratiñán?”, volvió a inquirir el joven dirigiéndose al otro buhonero y añadió: “¿Sabes cuánto cuesta una representación de ese grupo?” “Es costosa”, dijo el mayor, mirándome directamente mientras asentía con la cabeza en sentido de impresionada admiración.

A continuación el joven se dirigió a mi persona: “señora, yo no sé si usted es de aquí, si vive en Caracas o está de visita[2], pero para que sepa, en este país nunca habíamos podido disfrutar de este tipo de espectáculos a menos que “soltásemos” nuestros buenos “riales”. Hace algún tiempo vino al país los muñecos de Jurassic Park al Sambil[3], yo quise llevar a mi hija, pero las entradas costaban para los niños 300 bolívares y para los mayores 400. Yo desistí, pero un amigo llevó a su pequeña para darle ese gusto. Entró con ella y dejó fuera a su mujer. Entró por una puerta y salió por otra y de esa manera dejó 700[4] bolos en ese día por complacer a su niña. Prácticamente por nada”.

“El año pasado el gobierno trajo el mismo espectáculo y lo presentó en El Parque Los Caobos. Estuvo toda la semana. Yo pude llevar a mi hija y disfrutamos todos de un día domingo en familia sin gastar un dinero que no tenemos. Señora: finalmente se hacen cosas para que los pobres las disfruten. Antes solo la gente con “rial” podía. Y eso, gracias a la revolución. Disculpe, ¿cuánto tiempo tiene en Caracas?, si no es de aquí"

“Las dos cosas: soy de aquí y no soy”, respondí con la ambigüedad que acostumbro dadas mis circunstancias. "Soy de Caracas, porque nací en Caracas, pero sí estoy de paso porque vivo fuera. ¿Por qué?”, pregunté. “Para invitarla a que vaya a un espectáculo de esos cuando tenga oportunidad”. “Bueno, respondí, estuve en la Feria Internacional del Libro en El Teresa Carreño”. “Se fija, otras instalaciones que eran para la élite y ahora las puede disfrutar todo el mundo”, comentó. “¿Y le gustó?”, preguntó a continuación.

Antes de que pudiese contestar me sorprendió la intervención del mayor que le dijo al más joven: “¿sabes un libro que quiero leer? De Yare a Miraflores, el libro que escribió el amigo de Chávez, ese… ¿cómo se llama?... José Vicente Rangel”[5]. Al escuchar el nombre del libro, yo recordé que estaba entre los ejemplares que estuve escudriñando en la feria: El poder, la mentira y la muerte. De El Amparo al Caracazo, de Miguel Izard y otro referente a la misma explosión social de 1989 titulado El Caracazo, de varios autores cuyo costo rondaba entre los quince y veinte bolívares. Por ello procedí a informar del precio al interesado buhonero.

"Veinte bolos, te fijas, regalado”, exclamó dirigiéndose a su compañero. “Lo puedes conseguir en las Librerías del Sur”, le expliqué. “Tienes una cerca de la Plaza Bolívar, bajando por la calle que pasa frente a La Catedral o sino la misma que está en el Teresa Carreño”.

Tras darme las gracias por la información, y verse sorprendidos por los datos que les suministré, los dos humildes vendedores de interiores y medias se despidieron con la siguiente frase: “por todo esto señora, viviremos y venceremos” Y mirando a su compañero: “y por ello ¡no volverán!”.

Me quedé observándolos en su marcha, sorprendida de ver cómo el último eslogan de Chávez, ¡viviremos y venceremos!, ha calado en ellos, y al mismo tiempo sin dejar de pensar que ese ¡no volverán! me recordaba el grito que dirigió la legendaria Dolores Ibarruri, "La Pasionaria" a las masas en el Asedio de Madrid durante la Guerra Civil Española: ¡No pasarán!

Dentro de todo el contexto que me rodea también me quedé preguntándome cómo es posible que ese mundo, esa visión de esos dos humildes ciudadanos venezolanos, esté tan lejos de muchos de mis amigos y conocidos; tengo que reconocer que el mundo en el que vivo, en esta ciudad capital, está muy lejos de esa visión de la “otra Venezuela” que me dieron esos dos hombres en un fugaz momento en esta tan acelerada vida caraqueña.

 

 

[1] Típico manjar venezolano de Navidad, consistente en una especie de empanada de maíz cocida en hojas de platano.

[2] A pesar de haber nacido, y vivido más de veinte años en el país, la referencia a mi  persona como extranjera es constante.

[3] Un centro comercial  caraqueño muy popular entre la población.

[4] El salario mínimo en Venezuela es de 1.500 bolívares. Calculo que a los caraqueños le resulta más rentable vender medias o interiores en la acera de cualquier calle de la capital que trabajar por un sueldo que no llega cubrir la cesta alimentaria básica de una familia. Ni siquiera el salario de un profesional, ya sea administrador o médico, que asciende, en ocasiones, a los seis mil bolívares, cubre totalmente el costo mensual de un mercado.

[5] El 18 de marzo, salió en prensa que el libro se había agotado en la feria: “Se acabó el libro, no hagan más cola que se acabó!”, le gritaba una voz a quienes se mantenían en la fila para retirar gratuitamente el libro De Yare a Miraflores, el mismo subversivo, donde se encuentran las entrevistas hechas a Hugo Chávez por el periodista José Vicente Rangel”. (Noticias 24.Venezuela, 18 de marzo de 2012).

[6] Uno de mis actividades  favoritas es escudriñar librerías, y, por supuesto, las del gobierno venezolano, llamadas Librerías del Sur, no fueron una excepción. Por otra parte quiero informar a mis amigos españoles que El Teresa Carreño es uno de los teatros más importantes de Latinoamérica y se encuentra en el complejo cultural del mismo nombre. Fue inaugurado el 19 de abril de 1983.  

 


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23 enero 2012 1 23 /01 /enero /2012 14:01

 

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

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Quizás todas aquellas personas que han leído “Un nido de ratas del derecho”        se pregunten cómo está el estado de mis trámites legales en Venezuela. Por ello para aquellos que tengan curiosidad se lo cuento: un mes más tarde todavía están en la línea cero. Y procedo a contar por qué.

Tras, supuestamente finalizar los documentos a redactar por los cuales ya habían cobrado más del 50% del costo total, los abogados procedieron a entregármelos para introducirlos en los organismos correspondientes. De eso ya hace un mes. El problema es que lo que me entregaron no estaba completo: por una parte faltaba  anexar al conjunto total de documentos una fotocopia de su cédula de identidad (DNI en España) y otra fotocopia de su carnet de  inpreabogado del letrado asistente. Pero no lo hizo. ¿Ignorancia? ¿Mala intención?

El caso es que si no hubiese entregado esos documentos a tiempo, caso muy probable, habría incurrido en una infracción que hubiese ameritado una multa. Quizás este punto pueda hacernos pensar en mala intención y en una revancha por parte de los abogados tras los desacuerdos surgidos entre cliente y agente que oferta un servicio.     Afortunadamente logré sortear este escollo y simplemente conseguí  un papel de requerimiento que me instaba a presentar dichas fotocopias en un plazo de 20 días hábiles. Con este cometido procedí  a  llamar a los susodichos juristas para solicitarlas. Después de un tiempo me hicieron saber que no podían entregármelas porque estaban de vacaciones. En total  tendría que esperar once días hábiles. Mientras mis trámites estarían paralizados.  

Bien procedí a realizar una segunda gestión con dicha  documentación y entonces el organismo público competente al que me dirigí me informó que dicha documentación estaba incompleta  y que tenía que retornar con los abogados asistentes  para solicitarles que la completasen. Cuando revisé detenidamente la parte de la documentación que me señalaban me percate de que, efectivamente, no sólo no estaba completa dicha diligencia sino que, además, había quedado fuera un apartado por el cual estos abogados me habían cobrado el equivalente a un salario mínimo venezolano, siempre fuera de los honorarios pactados en un principio, por redactar tres cartas para gestionarlo. De cobrar el estipendio no se olvidaron ¡faltaba más!, pero de incluirla en la redacción final, eso sí, lo dejaron totalmente de lado.

Dado que no contestaban al teléfono celular (móvil en España) mandé un mensaje al hermano que había redactado el documento, informándole de que faltaba este punto y recordándole también que si de su inclusión no se habían acordado, del cobro por la redacción de las cartas necesarias no se les había quedado en el tintero. La respuesta fue la misma: cuando regresase de vacaciones solucionaría el problema. Evidentemente no tenían prisa ninguna. Ellos ya habían cobrado el 100 por cien de sus honorarios, ¿qué les importaba?  

Seguí esperando con paciencia. Cuando finalmente el hermano encargado me da  las fotocopias de su cédula, del carnet y la corrección necesaria para entregarla en el organismo correspondiente, me enteró que dicha corrección no servía. Y ahí fue donde constaté que los abogados que me recomendó  el hermano de mi amiga desconocía sino todos los procedimientos para realizar dicho trámite, sí algunos de ellos debido que el Código que los rige habían sido modificados en el 2001 con la redacción de uno nuevo y ambos desconocían, once años más tarde, la legislación respectiva al respecto. Si estos abogados no estaban debidamente preparados para asesorar en el tema, si lo estaban para cobrar. Yo creo que  equivalente a diecisiete salarios  mínimos venezolanos es demasiado para pagar a  unos principiantes.  Evidentemente, estos abogados sobreestiman en  mucho su capacidad de ejecución.

Pero la cosa no se queda ahí: una vez que les digo que tienen que rehacer el documento, de nuevo, de principio a fin, el hermano responsable de hacerlo, Alfredo González, me pide que yo, personalmente,  busque las planillas necesarias para ello. En esta ocasión me quedé atónita con su desfachatez. Nuevamente no sabía que pensar. Me sentí, una vez más, inmersa en el ambiente de realismo mágico de las obras de García Márquez: ¿tras cobrar lo que cobraron, aún tenía que buscarles la planilla? ¿Estaba ante unos desvergonzados? ¿Unos ineptos? ¿Ante quién estaba yo?

Tengo que decir que cuando redacté el anterior artículo sobre este tema, una amiga española me solicitó que no dijese que estos ya no tan  jóvenes abogados (estarán cerca de los 40 años), eran hijos de españoles por la vergüenza ajena que le causaban. Y aquí tengo que explicarle a mi amiga que sí tengo que decirlo, una y otra vez; a ella y a todos los españoles, tengo que aclararles  que entre emigrantes y refugiados de la guerra civil llegaron a Venezuela gente de diferentes partes de España que hicieron una gran contribución a Venezuela, con su trabajo honesto, duro, constante y bien hecho. A estas personas no sólo el estado venezolano, representando por los diferentes partidos tanto  de la anterior república, como del actual régimen,  sino también los venezolanos de a pie, le han reconocido su labor y la han alabado gratamente.

Pero de igual modo tengo que decir que entre los miles de españoles que llegaron a este país también estaban aquellos que sólo pensaban en  hacer dinero rápido y fácil; lamento decir que los abogados que me recomendaron mis amigos parecen ser la rémora de aquellos emigrantes y mucho me temo que si ellos son así ya nos podemos imaginar cómo pueden haber sido sus antecesores.

Toda la situación en Venezuela me ha causado un enorme  estrés y la misma  me obligó a recurrir a un médico para que me mantuviese bajo control  mis constantes por cuanto mi tensión se disparó. De hecho la situación de abuso y menosprecio de estos señores hacia mi persona, como cliente y como ser humano (no puedo entenderlo de otra manera) ha conseguido que mi tensión alcanzase picos muy peligrosos que pudieron poner en peligro mi salud.

Buscando remedio a mi situación he tenido interesantes conversaciones con el galeno que me atiende, Eduardo Jhan, quien, como venezolano,  no puede asimilar que estos señores hayan obrado de tal manera. Cuando lo hemos comentado, barajando todas las posibilidades que tenían (por ejemplo, con el carnet o la cédula, enviarla escaneada o por una fotografía sacada con el teléfono) nos preguntábamos entre otras cosas: ¿es que son retrasados? ¿No saben resolver un problema tan simple? O con el caso de las planillas necesarias para rellenar: ¿no las pueden bajar de internet? ¿Mandar a un motorizado que les cobraría unos cien bolívares? Y la conclusión fue: no se trata sólo de que no sean profesionales competentes, no se trata sólo de que sean ineptos para resolver problemas sencillos; no, simplemente la respuesta es que lo “único” que les interesa en esta vida a estos dos hermanos abogados es el dinero fácil. Conseguir mucho dinero de la forma más fácil posible.

Es la única explicación. No les interesa el trabajo bien hecho. Tampoco desean quedar bien con los amigos comunes que los recomendaron. No se preocupan por el daño que esto pueda ocasionar al “honor” y el “buen hacer” de aquellas personas que me aconsejaron recurrir a sus servicios. No les preocupa tampoco por dejar una buena imagen en el cliente que tienen delante de ellos, aunque sea por amor propio. Y, sin duda, es evidente que no tienen orgullo profesional ni tampoco un mínimo de dignidad. Y todo esto llevó a Eduardo, mi médico, decir algo que ya yo había pensado: ¡parecen retrasados!

Por ello mi querida amiga, te podrá doler mucho, pero lamentablemente, por el cuerpo de estos señores corre sangre española. Son la viva representación de la parte menos digna que ha quedado del paso de una generación venida a estas tierras de la península ibérica. Sí, es esa parte que nos avergüenza, pero que, lamentablemente también existe. Y al César, lo que es del César. Y sí estos españoles y sus ancestros fueron movidos sólo por el ansia de dinero fácil, hay que decirlo claramente. Hay que separarlos de aquellos otros que contribuyeron, y todavía contribuyen,  a levantar esta nación que es Venezuela con trabajo honesto y con el amor al buen hacer. Pero, lamentablemente, estos señores no están entre ellos.

 

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27 febrero 2011 7 27 /02 /febrero /2011 09:11

 

SARABAND: 

LA INCAPACIDAD DE ACEPTAR

LA PROPIA DEBILIDAD

 

 

 

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 En estos días pasados fui a ver con una amiga el último film de Bergman, Saraband. A mi buzón de correo electrónico llegó una invitación del cine club de la Universidad de La Rioja que alguien me mandó y de esta forma tuve la afortunada sorpresa de recibir la información sobre la reposición de esta película en el Centro de Filologías.

  Con la información sobre la reposición de la película, enmarcada en un ciclo del cine club universitario, llegaron a mi cabeza los recuerdos de mis años de estudiante en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Los jóvenes que estudiábamos allí nos habíamos convertido en un grupo de rendidos admiradores de este genial cineasta sueco.

  Por supuesto, la última película que vi de Bergman había sido Fanny y Alexander, hace ya más de veinte años. Se suponía que después de esa película sus admiradores no debíamos esperar  más films suyos: su relación con el cine había terminado definitivamente. Sin embargo, y afortunadamente para su público, se retractó de su declaración en el 2003 a los 85 años.

  En Saraband, cuyo título hace alusión al cuarto movimiento de la suite número cinco para violonchelo de Johann Sebastián Bach, un motivo musical que constituye el tono que impregna este drama, Bergman retoma la pareja formada por Johan y Marianne de su película Escenas de un matrimonio, estrenada en 1973.

  Y es que en 1972, Bergman empezó a escribir una obra dramática sobre un hombre que va a abandonar a su mujer, pero como explicó “antes de darme cuenta tenía seis diálogos sobre el amor, el matrimonio y todo lo demás. Johan y Marianne o Marianne y Johan [los protagonistas] se habían permitido mostrarse valientes, cobardes, alegres, tristes, enfadados, amorosos, desconcertados, inseguros, satisfechos, astutos, desagradables, pueriles [...], malvados, desamparados, en pocas palabras, como seres humanos”.

  Esos seis diálogos sobre el amor y el desamor se convertirían al año siguiente en Secretos de un matrimonio –miniserie televisiva y versión cinematográfica–. Bergman añadía un comentario que dice mucho sobre la íntima relación que guardan en su caso vida y obra: “Tardé dos meses en escribir estas escenas y toda una vida en experimentarlas”.

  Treinta años más tarde, un Bergman ya octogenario vuelve sobre los personajes como si recuperara el hilo de una conversación interrumpida: Marianne y Johan se reencuentran en la elogiada película Saraband. Ahora se enfrentan no sólo al desgarro de la impostura o la incomunicación, sino también a la ausencia de seres queridos y a un fin que saben próximo. Con la aparición del hijo y la nieta de Johan, los personajes se encuentran de dos en dos, como en la zarabanda –danza lenta y grave en la que las parejas se hacen y deshacen–. Se abren y cierran heridas, afloran tensiones sin resolver, y asoman esperanzas, nostalgias.

  A través de de los diálogos de las escenas Bergman nos muestra sus propias reflexiones sobre el amor y como lo vivió. Henry y Karyn, el hijo y la nieta de Johan, parecen ser más bien sus alter egos que son en realidad un espejo donde se refleja la  incapacidad que sintió durante toda su vida el director de cine sueco para  reconocer su propia debilidad, su incapacidad para decir te necesito y  para decir te quiero...una sentida manifiesta incapacidad para amar realmente.

  Desde mi punto de vista en esta película hay dos personajes: Johan y Marianne y sus alter egos, Henry y la fallecida Anna, que viene a ser el símbolo de un ideal. Anna, fallecida es un símbolo presente entre Johan y su alter ego Henry. Anna representa a la mujer sufrida que ama a Henry por encima de todo, el hombre atormentado y débil  que no es Johan porque se esconde  tras una fachada de fortaleza. Anna es el ideal de Johan también. Y Anna es el espejo donde se ve Marianne sin reconocerse, porque es una deformación de ella misma. 

  Anna es un personaje desdibujado; es un ideal que no existe, por tanto no puede describirse sino es desdibujado. Anna es un personaje ideal que no existe más que en la mente de los personajes reales y por eso es en la película una imagen en una fotografía. Pero Anna recuerda a Johan lo que él hubiese deseado que fuese Marianne y Marianne a través del hijo Henry, ve la debilidad encubierta por la fachada de dureza de Johan.

  Y Bergman nos hace una declaración lapidaria: ante la incapacidad de Johan  para mostrar sus sentimientos Marianne sólo puede sentir por él lástima. Nunca amor. Marianne podría haber amado a Johan, como lo muestra el ideal de Anna, si Johan hubiese sido capaz de reconocer su debilidad, su necesidad de tener a Marianne a su lado y de aceptar que la ama como es el caso de Henry ante Anna

  De esta película, Bergman sólo nos deja a una triunfadora: Marianne, que es capaz de reencontrarse consigo misma, darse cuenta de que Johan no le dejó otra alternativa más que sentir lástima por él y que en esas condiciones el amor es imposible. El poco  amor que alguna vez pudo existir va feneciendo en su débil luz en la medida que las comunicaciones telefónicas entre la pareja se van haciendo cada vez más dispersas hasta que llega un momento que Johan, con ese sentimiento de dolor que produce el no haber aceptado nunca su debilidad y su amor, decide interrumpirlas, pues nunca se concretarán en un nuevo y  deseado reencuentro. Todo un poema al autoanálisis y a la autocrítica por medio de la cual un hombre construye y reconstruye su propia imagen y estudia sus propios sentimientos. El Bergman más puro. El inolvidable Bergman.

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Published by Mercedes Fuentes - en Interés cultural
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28 octubre 2009 3 28 /10 /octubre /2009 07:56

 

 

 

 Los tuareg: los hombres azules

 

   

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Entrevista realizada por VÍCTOR-M. AMELA a:
MOUSSA AG ASSARID.

No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...!  Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.
- Es de un azul bellísimo...
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...
- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa..
- ¿Quiénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

-Saber eso es valioso, sin duda...
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté.... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...

- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...
- Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
- ¡Un tuareg en la universidad. ..!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.
- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta.. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...

- Fascinante, desde luego...

- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...
- Qué paz...
- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.

 

 

 

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