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5 febrero 2011 6 05 /02 /febrero /2011 10:42

 

TOPOLINO, UNA EXPERIENCIA DE LECTURA

 

 

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En estos días mi amigo de la infancia  Giuseppe Adamo me hizo llegar una presentación preciosa, escrita en italiano,  sobre el Preikestolen, literalmente el  púlpito de la roca en noruego. Este nombre hace referencia a  una formación rocosa que se encuentra en la costa suroeste de Noruega. La situación exacta de esta roca está en fiordo de Lyse que se ubica en Ryfylke, que a su vez se localiza en la región de Rogaland. La ciudad más cercana es Stavnager.

No es sólo la emoción que me causa ver semejante belleza sino el hecho de que mi amigo la hiciese llegar en italiano, idioma que es, sino su primera lengua madre sí la segunda por su ascendencia italiana en primera generación, como es fácil suponer por su nombre y apellido.

Y es que en mi infancia multicultural  vivida en la urbanización de San Bernardino, en Caracas, los hermanos Adamo: Arcángela, Giuseppino y Ana, junto con sus padres, el señor Giovanni y doña Vicenta, son una referencia ineludible. Más que mis amigos y vecinos, son parte de mi familia; una parte de mi familia muy querida y que tiene un lugar de preeminencia indiscutible en mi vida.

Mis remembranzas de infancia están pobladas con los juegos que Ángela y yo improvisábamos a la salida del colegio delante de los diferentes edificios de la avenida Manuel Felipe Tovar con un grupo de amigas. Así como de los programas infantiles que pasaban  por las tardes en aquella televisión en blanco y negro, entre ellos el inolvidable La princesa caballero, que veíamos juntos.

Pero quizás, la reminiscencia más insólita suele mencionarla todos los años, cuando nos vemos Ana, la hermana mayor, hoy en día dos veces abuela: y es   el hecho de que mi hermano y yo, dos niños llegados de España, leíamos con total naturalidad  los cuentos de Topolino en italiano que el señor Giovanni llevaba a sus hijos.

El nombre de Topolino hace referencia al ratón Mickey, pues así había sido rebautizado en italiano el personaje de Walt Disney. Las historias de Topolino estaban pobladas por todos los personajes que rodeaban a la versión original: así una de los  que primero me viene a la mente es el del pato Donald también rebautizado en italiano como Paperino y que vivía metiéndose en líos. Recuerdo las viñetas donde con frecuencia salía corriendo pidiendo  auxilio: ¡ aiuto!, ¡ aiuto!

Cuando mis hijos eran niños y hablábamos de estos personajes de Disney, también familiares para ellos, a mi mente venían los de la versión italiana: tío Gilito, conocido como Zio Paperone, y su contraparte  Nonna Papera. Por supuesto, también estaba la eterna novia de  Donald, Daysi renombrada como Peperina. El mejor amigo de  Mickey, Goofy , era Pippo y Minnie, como Minni…

Canto%20Di%20Natale%20Di%20TopolinoDe tal manera que, por ejemplo el cuento de Navidad de Dickens con Ebenezer Scrooge y su contable Bob Cratchitt, lo leímos por primera vez en en la versión italiana con Zio Paperone como  Scrroge y Topolino como Cratchitt; hoy todavía me encanta leer  esta versión:

“La storia inizia quando il giorno della vigilia di Natale Ebenezer Scrooge (Zio Paperone), un tipo tirchio e ricco, arriva nel suo studio finanziario. Lì lavora con il suo contabile Bob Cratchitt (Topolino) a cui dà un piccolissimo stipendio anche se questo gli lava pure la biancheria sporca. Questi chiede a Scrooge di poter aver una mezza giornata di permesso nel giorno di Natale: Scrooge accetta a malincuore, poiché vede il Natale come un'inutile festa. Nel frattempo arriva suo nipote Fred (Paperino) che gli chiede cordialmente di partecipare alla sua festa di Natale, ma Scrooge, irritato, rifiuta l'offerta e lo caccia con rabbia”.

El cambio de nombres e idioma no hacía que disfrutásemos menos con aquellas historias y, posiblemente, el haber crecido en Galicia, conviviendo diariamente con dos idiomas hizo posible que pudiésemos leer, para asombro de Ana Adamo, aquellos cuentos en italiano sin que nosotros nos plateásemos en ello ningún caso extraordinario.

Y es que recuerdo que cuando vivía en Galicia la gente estaba tan acostumbrada a cambiar de registro idiomático que consideraban imposible que existiese en el mundo alguna persona incapaz, por lo menos, de entender el gallego, pues, “era tan fácil”. En ningún momento conocí a persona alguna que se plantease que poder desenvolverse en dos idiomas era algo digno de admiración. Se veía como un hecho cotidiano y  normal.

Por ello leer Topolino cuando éramos niños fue algo que mi hermano y yo realizamos sin aspavientos. Un hecho que con el tiempo quedó en el pasado, como muchos otros, olvidado y guardado en el baúl de los recuerdos como tantas experiencias. Y todavía hoy en día cuando visito la casa de mi amiga Angela y  escucho cómo su hermana repite, una y otra vez, su extrañeza de qué mi hermano y yo pudiésemos leer aquellos cuentos, no se me ha ocurrido ni en una sola oportunidad darle una respuesta satisfactoria a su asombro. La he escuchado sin pensar en ello. Sólo tras ponerme a escribir este blog es que me puse a reflexionar sobre algunos hechos y este  es uno de ellos, encontrando la respuesta que Ana necesita sin duda. Simplemente eso.

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3 febrero 2011 4 03 /02 /febrero /2011 07:27

COINCIDENCIAS QUE REBASAN UN OCÉANO

Y ALCANZAN A DOS CONTINENTES

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 Vista de la  isla de la Libertad  desde el barco; en el en Madison Square Garden y un poster de Zamora, último trabajo de Julio

 

En LA IMAGEN QUE DAMOS  comentaba que en pueblo pequeño todos se conocen. Esto resultó evidente cuando recientemente invité a comer a un grupo de amigos riojanos que se desconocían entre sí. Una vez en mi casa  se  dieron cuenta de que había una persona común con la que tenían, individualmente, relación y que, además, por circunstancias sus caminos se habían cruzado sin saberlo.

Comentaron todos, sin excepción, la afortunada coincidencia. Yo desde mi perspectiva de quien se ha movido entre tres mundos diferentes me pareció insólito que se admirasen por ese hecho; ese cruce de caminos en un entorno de pocos habitantes me parece que tiene que formar parte de la realidad  cotidiana. Mucho más  que si una persona  se mueve en contextos más dispersos. Y, sin embargo, mi experiencia es que a pesar de la dispersión estas coincidencias se repiten una y otra vez demostrándonos que el planeta que habitamos es mucho más pequeño de lo que somos capaces de imaginar.

Constancia de este hecho la tuve en una ocasión cuando me encontré en Caracas en un almuerzo conversando con un ejecutivo de una empresa de otro país de América Latina. En esa misma semana viajé a Nueva York, y en el barco que transportaba a los turistas con destino a la isla de la Libertad para visitar la estatua, emblema de la ciudad y símbolo de Estados Unidos, me tropecé con él: coincidió que esa semana los dos estábamos, primero en un mismo almuerzo en el Hotel Caracas Hilton, y luego en Nueva York haciendo el mismo día la obligada visita turística del que pasa por la ciudad de los rascacielos. No me lo podía creer.

179829 10150124681836928 517981927 8163584 1931809 nOtra coincidencia ocurrió cuando empecé a trabajar como periodista, suceso que conté en POR ESTA DEMOCRACIA NO LUCHAMOS LOS JÓVENES DE 1958 en la década de los 80. Después de publicar mi experiencia en el blog,  un ex compañero de universidad, hoy en día profesor de la Escuela de Comunicación Social en la Católica Andrés Bello, Director de Postprodución de largometrajes, Julio García,  me mandó un mensaje al día siguiente y me indicó que al hacerse actual el tema de la entrevista del teniente coronel Hugo Trejo, su jefe Napoleón Bravo decidió realizar la versión televisiva de mi reportaje, como ya comenté, y de esa manera  se estrenó en la profesión al mismo tiempo que lo hice yo.

Como recién ingresado asistente de producción  en el programa  Dimensión Humana, le tocó editar y producir la entrevista. Y especificó: “mira que también mi querida Mercedes fue mi estreno en un canal de televisión”. A pesar de que Julio y yo compartíamos los pasillos de la universidad y éramos amigos, no nos enteramos de este hecho hasta 26 años más tarde, cuando en el aniversario de la dictadura dos manifestaciones multitudinarias, trajeron de nuevo a la palestra, a través de este blog, la entrevista que le había realizado al teniente coronel.

Pero quizás lo más sorprendente aún me sucedió cuando me encontré al final del verano del 2010 con el historiador venezolano Eloy Reveron y descubrimos que además de los posibles nexos de contacto de nuestra  infancia, como conté en Yo a ti te conozco,  existían en nuestras vidas otras coincidencias relacionadas con nuestra historia actual. 

Y es que cuando Eloy Reveron preguntó sobre el estudio que estaba realizando en Venezuela, constatamos que mi codirector del proyecto y él coincidían no sólo en la materia de investigación sino en que además ambos se conocían de diversos congresos: de repente entre un vecino de la urbanización de mi infancia y un compañero de mi trabajo en La Rioja quedaba establecido un puente  que salvaba las distancias que impone un océano que separa dos continentes.

 “Nos vamos a ver dentro de poco en el Congreso Nacional Masónico 2010 que desde 21 al 24 de julio se realizará en la ciudad de Saltillo en México”, me comentó Eloy. A continuación me dio su último libro dedicado para mi codirector, el historiador riojano José Miguel Delgado, director del Instituto de Estudios Riojanos, profesor  de Historia Contemporánea en el Departamento de Ciencias Humanas  de La Universidad de La Rioja, y presidente del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española (CEHME).

Todas estas coincidencias me han llevado a escribir esta trilogía que englobo en un apartado que yo llamo Relatos de una comunicación involuntaria y que se inició a partir de una historia contada en su blog por   mi ex compañero de universidad, y actual profesor universitario de  Comunicación en la Universidad de Ottawa, Isaac Nahon, con su trabajo El autista. De la lectura de ese relato aparecieron las evocaciones que enmarco en este apartado como son ¿Italianita, españolita, portuguesita?, ¿Por dónde andas que hace tiempo que no te veo? y “Yo a ti te conozco”.

Toda mi experiencia me dice que la comunicación y el conocimiento entre personas no se reduce a un intercambio de palabras, ya sean orales o escritas sino que va mucho más allá. Somos nosotros mismo, como entes que pasamos por este mundo, un cúmulo de signos que con intención o sin ella transmiten mensajes que los que nos rodean, nos traten o no, reciben consciente o inconscientemente y reelaboran: una forma de vestir, caminar, si realizamos todos los días el mismo trayecto, si paramos tomar café o no en un determinado lugar, si nos detenemos a hablar con alguien o seguimos a lo que vamos, si llevamos en la mano un libro o un ramo de flores, son signos externos que transmiten una información y así los demás la decodifican según su marco de referencia cultural. Es el resultado maravilloso de ser un viajero, entre muchos, en este “insólito universo”.

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30 enero 2011 7 30 /01 /enero /2011 10:17

 

LA IMAGEN QUE DAMOS

 

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En las fotos, en primer término el río Iregua y a continuación una vista del paseo que lo bordea. La última imagen correponde al emblemático  Puente de Piedra sobre el río Ebro. 

 

 

Desde hace unos años vivo en Logroño, capital de la comunidad autónoma de La Rioja. En total la provincia riojana no supera los 300 mil habitantes y en el caso de la ciudad de Logroño no rebasa los 170 mil. Por tanto, al lado de Caracas, donde pasé la mayor parte de mi vida, y que cuenta con alrededor de cinco millones de ciudadanos, Logroño, en su pequeña dimensión es un mundo bucólico donde  el individuo puede todavía vivir  inmerso y en armonía con la naturaleza.

Pero como ciudad pequeña se asemeja en muchos aspectos a un pueblo grande: todo el mundo se conoce. Es difícil mantener el anonimato y pasar desapercibido, lo que tiene sus pros y sus contras, pues como dice el dicho, pueblo pequeño, puede llegar a ser infierno grande. Uno de los contras es que al conocerse todo el mundo el boca a boca provoca que innumerables rumores circulen alrededor de unos y otros;  sobre las personas se propaga tanto buena fama como la mala.  

Un ejemplo de lo que digo me lo dio un médico del hospital riojano. En una ocasión, cuando le tocó trabajar con un compañero con el que no tenía relación directa, éste lo recibió diciéndole: “a ver cómo nos coordinamos porque me han dicho que eres un hombre muy desordenado”.  Ante este recibimiento tan poco amable mi amigo le respondió: “pues de ti me han  dicho que eres un cabrón. ¿Qué te parece si esperamos a ver en qué medida las malas lenguas dicen la verdad?” Por supuesto, me dijo mi amigo, con el tiempo ambos pudieron constatar que lo que aseveraban las malas lenguas era totalmente cierto.  

Y es que uno de los pros es la estrecha relación que se establece en una ciudad pequeña donde todo el mundo se conoce con sus virtudes y defectos. Ello convierte a la comunidad en un espejo donde se refleja nuestra imagen que no necesariamente resulta ser radicalmente buena o mala. Por ejemplo, en el caso anterior, el cabrón era un triunfador;  el desordenado era además conocido por ser una persona brillante, humana y buena.  

Por tanto, pensando en la comunicación involuntaria y en la imagen que damos de nosotros mismos, no puedo menos que recordar a un excompañero de trabajo en Computerworld Venezuela, Nicanor Pérez, corrector de la publicación, que en una ocasión me preguntó: ¿qué imagen quieres dar? ¿Eres consciente de la imagen qué quieres dar? Y he ahí que me planteo en qué medida la imagen que damos forma parte de una comunicación dirigida, planificada y controlada, o es inconsciente. Creo que aunque sea un proceso consciente controlar totalmente la imagen que proyectamos  es imposible.  

Pero en realidad lo difícil, muchas veces, es enfrentarse a ese espejo que nos retorna un perfil que, en muchas ocasiones, no nos gusta o lo encontramos distorsionado. Cómo reaccionemos ante una distorsión poco gratificante depende mucho de nuestro grado de conocimiento y consciencia del proceso de reflexión y las variables que intervienen deformándolo. Pero, con distorsión o sin ella, sin ninguna duda esa imagen de retorno es una herramienta muy útil para el propio autoanálisis y autoconocimiento. Aunque, sin duda, para ello es necesario además de poseer madurez,  vivir con un alto grado de sinceridad y coherencia  con los propios valores, ubicándolos adecuadamente en el contexto general de la comunidad en la que vivimos.  

Y eso, sin duda, es lo que le pasa a mi amigo. Vivir según una imagen falsa, ya  sobrevalorada o desvalorizada de uno mismo es una forma de autismo. Por ello, aunque se diga que pueblo pequeño, puede ser infierno grande, también es cierto que ayuda a colocarnos en perspectiva en relación con los demás y nuestro entorno.

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27 enero 2011 4 27 /01 /enero /2011 03:35

 

¡YO A TI TE CONOZCO!

 

 

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                 Grupo de alumnos en el Colegio "Arauca"                 El historiador venezolano Eloy Reveron

   

Para seguir con mis relatos de una comunicación involuntaria me traslado en el tiempo al 2010 cuando viajé a Venezuela para realizar  una investigación en la hemeroteca de El Nacional. Una vez en territorio venezolano no me limité a trabajar en el conocido periódico sino que también fui a la Hemeroteca Nacional en cuyas instalaciones me encontré con la filóloga Ángela Rizzo que trabaja en la revista   Altagracia del Instituto Autonómo de la Biblioteca Nacional.  

 A Ángela ya la había conocido durante mi viaje del 2009, por esta razón  pasé a saludarla. En esta ocasión  estaba acompañada por un hombre al cual preguntó: ¿no te parece sorprendente que Mercedes sea venezolana con el aspecto que tiene de española?  

 Tengo que decir que cada vez que escucho algo similar, relacionado con mi poca apariencia venezolana, me duele un poquito aunque reconozco que es una realidad insoslayable. Pero Eloy Reverón, historiador venezolano, escritor y profesor universitario,  estaba ensimismado y parecía no escucharla. Entonces  dijo algo que fue el contrapunto de Ángela, y el comienzo de una satisfactoria sorpresa:  

            -  ¡Yo a ti te conozco!

             -  ¡Claro que la conoces! – comentó Ángela Rizzo- Estuvo en Venezuela el año pasado.    La habrás visto en esta misma oficina.  

          -  No -dijo convencido- Te conozco de antes: ¿donde vivías cuando residías en Venezuela?  

            -   En San Bernardino.  

            -    ¡Yo también viví en San Bernardino! ¿Y dónde estudiaste? ¿En el Tirso de Molina?

            -  No -le contesté- Pude haber estudiado en el Tirso de Molina, pero no, no lo hice.     Estudié en El Colegio Arauca.

            -  ¡Claro! Ese colegio quedaba enfrente de mi casa. Yo vivía en el Terepaima. Todavía vive ahí mi madre.

             -   Sí, claro, El Terepaima. Conozco el conjunto residencial de toda la vida- respondí- Es el único por la zona que tiene piscina.

             - Pues seguramente te conozco de la avenida  Manuel Felipe Tovar. Todos mis amigos vivían por ahí. ¿Con quién te relacionabas tú?

            -  Bueno, tenía varios compañeros de clase que vivían en esa calle, pero a quien más conocía era a Ángela Adamo.

            -  ¡Los Adamo! Giuseppe y su padre Giovanni…- contestó Eloy ilusionado de encontrar puntos de coincidencia.

             -  Claro, Pino (de Giuseppino), el hermano de mi amiga- le dije. Y pasamos a darnos más detalles sobre la familia de mi amiga, conocida para ambos.

Eloy siguió preguntando:

             - ¿Y a quién conoces de la Tovar, además de  la familia Adamo?

             -  Bueno mi ex compañera de clase  Fernanda Blanco Alonso y su hermano Luis, vivían por ahí, en un edificio al lado del Italia (donde vivía mi amiga Ángela, hoy en día desaparecido).

 Pero Eloy no parecía conocer a Fernanda ni a su hermano. Insistió en ver si encontrábamos algún otro nombre común para ambos. Vino a mi memoria sólo el nombre de Carolina Naranjo. Llegó el momento en que él y Ángela Rizzo, su esposa, según me enteré a lo largo de la conversación, se fueron. Eloy se veía pensativo y seguía con cara de ensimismado tratando de evocar de dónde me podría conocer y tratando de recordar a la persona que parecía sugerirle el nombre de Carolina Naranjo.  Era evidente que le costaba  aclarar las zonas oscuras de las profundidades de su memoria.

Una vez en casa parece que recordó a Carolina Naranjo y a su familia con nitidez. Su esposa me lo contó al día siguiente: lo dejaste cabezón, pensando, hasta que le vino a la memoria la conocida de la que le hablaste y su familia no paró. Pero no había conseguido restaurar  de la penumbras del olvido  la razón del por qué mi rostro le era familiar. Yo tampoco. Pero ya una vez lejos, en la distancia, con un océano de por medio,  todavía me pregunto: ¿Era Eloy uno de aquellos niños? ¿Conocerá a aquel chico rubio que me preguntó por dónde andas que hace tiempo no te veo? Al menos con él sí me puedo comunicar hoy en día.

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23 enero 2011 7 23 /01 /enero /2011 22:23

“POR ESTA DEMOCRACIA NO LUCHAMOS LOS JÓVENES DE 1958”

 

 n629344143 770837 921  Sin título-1 copia  n629344143 736973 4902 (1)

  En Élite                                            Con el teniente coronel Hugo Trejo                      Con Joselo, un sábado en su casa

 

Este 23 de enero los venezolanos del 2011, seguidores del gobierno de Hugo Chávez y de la oposición,  salieron a manifestarse en contra de la dictadura con motivo de la conmemoración del 53 aniversario del derrocamiento del General Pérez Jiménez.Y con esta conmemoración recordé que fue con motivo del aniversario de un 23 de enero que me estrené en el mundo del periodismo en la revista  política Élite de la Cadena Capriles.

  Estaba yo en segundo año de carrera cuando decidí hacer mis pinitos como periodista. Mi primer pasó fue pedir individualmente cita para visitar las instalaciones de El Mundo. Me la dieron    y acompañé  durante una jornada a un periodista y su fotógrafo. (Creo que era una tarea de la clase de Prensa). Durante esa visita al periódico El Mundo, un fotógrafo me sugirió hablar con Asdrúbal Zurita, en aquel momento Director de la revista Élite, para ver si me aceptaba como colaboradora. 

   Tras recibirme sin ningún tipo de cortapisa Asdrúbal Zurita me propuso realizar un trabajo de prueba relacionado con el asesinato de los militantes de ETA, Esperanza Arana y Joaquín Alfonso Etxeberría, atribuido al Batallón Vasco Español perpetrado el 14 de noviembre de 1980 mientras se encontraban de visita en Venezuela representantes del gobierno español del momento. Una vez superada la prueba Asdrúbal Zurita me designó para redactar los reportajes relativos a la conmemoración del aniversario de la caída de Pérez Jiménez.

  Para comenzar tenía en mi agenda marcado entrevistar al teniente coronel Hugo Trejo, quien había estado al mando de las unidades blindadas de Caracas durante el alzamiento militar y a uno de los oficiales que participó en la insurrección de la  Fuerza Aérea en la Base de Boca de Río, cercana a la ciudad de Maracay.

  Comencé por concertar las citas para las entrevistas. El encuentro con el teniente coronel Hugo Trejo fue en su casa, por la tarde, y me recibió deseoso de hablar. Recuerdo que nada más recibirme me dio el titular de mi trabajo: “Por esta democracia no luchamos los jóvenes de 1958”.  El Teniente Coronel manifestaba en ese momento su profundo malestar por todos los escándalos de corrupción que afectaban al país.

  Fue este trabajo la estrella de un grupo de artículos que redacté para Élite. Tuve la  gran suerte de que mi primer artículo publicado provocó repercusión en el New York Times, periódico que me imagino recibió la información a través de las agencias de noticias AP y UPI. A su vez, la publicación de este trabajo en el periódico estadounidense se convirtió en noticia en Venezuela logrando una repercusión mayor a la prevista. Como consecuencia recuerdo que  el Teniente Coronel Hugo Trejo fue invitado por Napoleón Bravo para una entrevista en un programa que tenía al mediodía en Radio Caracas Televisión.

  Yo a todas estas estaba un poco sorprendida, y también un poco en ajena a la suerte que había tenido en mi comienzo como periodista. Recuerdo que viendo la entrevista de Napoleón Bravo me pregunté ¿comenzó todo esto con mi trabajo? Total que no pensé más en ello y pasé a preocuparme por cómo sería mi  labor a partir del aquel afortunado estreno.

  De tal forma que cuando  me mandaron a entrevistar a Joselo, hombre aparentemente muy informal en sus citas, no podía hacer otra cosa más que pensar en lo frustrada que me sentía porque parecía no tomarme   en serio, dejándome plantada una y otra vez tras concertar la cita. Un tanto alicaída le dije al director que tenía muy mala suerte porque no conseguía concretar la entrevista con el actor cómico más popular de Venezuela en aquel momento.

  Con cara sonriente Asdrúbal Zurita me dijo “¿Mala suerte? Comienzas a tener la suerte normal de un periodista. Hasta ahora tuviste demasiada buena suerte”. Recordando esto hoy en día, y otros pequeños detalles,  no puedo dejar de pensar que aquel hombre -sobre el que circulaban tantos rumores, no siempre buenos- se comportó conmigo como un auténtico caballero. A él le debo mi entrada en el periodismo, sin ninguna duda. Y como me dijo el director de la revista dominical de Ultimas Noticias, “más vale caer en gracia, que ser gracioso”. Y eso es lo que había ocurrido. A partir de mi comentario Asdrúbal lo había llamado para pedirle que hablase con Joselo para que le dijese que hiciese el favor de no volver a dejarme plantada. Y así lo hizo.

 

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22 enero 2011 6 22 /01 /enero /2011 00:34

¿POR DÓNDE ANDAS QUE HACE TIEMPO QUE NO TE VEO?

 

 

 

 

Como expliqué en el anterior artículo, “Españolita nacida en Caracas”, cuando estaba recién llegada de España, un grupo de niños que no conocía quisieron saber de qué país europeo procedía. Tras aclararlo me pidieron que fuese a jugar con ellos, pero, dado que no los conocía, mis padres nunca lo permitieron.

  Con el tiempo, después de aquel suceso y una vez terminados mis estudios de primaria, bachillerato y universidad, ya trabajando en la sección de noticias internacionales de Radio Caracas Televisión -en total unos trece años después del encuentro con aquel grupo de niños- subía por la avenida Manuel Felipe Tovar cuando un chico más o menos de mi edad, rubio de ojos claros (verdes o azules), se puso a mi lado y me preguntó:

  -   ¿Por dónde andas qué hace tiempo que no te veo?

  -   ¿Nos conocemos? -le pregunté extrañada.

  -   No sé si tú me conoces Pero yo sí te conozco. Durante muchos años te veía subir y bajar todos los días por esta calle y hace tiempo que no te veo. Por eso me extraña verte hoy.

 -   ¡Ah! ¡Claro! -le dije-  Me veías subir y bajar por la avenida porque iba al colegio.

 -   Pues yo vivo en uno de estos edificios- y señaló hacia la acera de enfrente- Solía estar por los alrededores con mis amigos, y siempre te veíamos subir y bajar por la avenida ¿No me reconoces?

  -   Bueno, veía a un grupo de chicos, pero no podría discriminar a ninguno de vosotros.

  -   Pues nosotros a ti sí.

  -   Claro, fueron muchos años. Y yo soy una. Primero estudié en el José Vicente Landaeta, que está a media cuadra, y luego  en el Colegio Arauca, que queda al final de la calle. Pero hace años terminé el bachillerato y me fui a la universidad.

  -    ¿A la universidad? ¿Y qué estudias?

  -     Estudié - le aclaré- Ya terminé. Soy licenciada en Comunicación Social, mención prensa por la Universidad Católica Andrés Bello.

  -    ¡Ya terminaste la universidad! ¡Qué barbaridad! ¿Y trabajas en lo que estudiaste?

  -     Sí. Estoy en Radio Caracas Televisión, en la sección de noticias  internacionales, con Federico Newesky (en aquel momento un locutor del noticiario de RCTV bastante conocido).

  -     ¡Eres una triunfadora! – me dijo.

  -     ¿Te parece? – le pregunté extrañada.

  -     ¿No crees que eres una triunfadora?

  -      No sé. Estudié, terminé y estoy trabajando. ¿Es eso ser una triunfadora?

  -      Yo creo que sí. No todo el mundo consigue llegar a la universidad y terminar una carrera.

  -      Bueno visto desde ese punto de vista…quizás tengas razón.

  -      Además, estás trabajando en Radio Caracas Televisión, no todo el mundo consigue trabajar en Radio Caracas Televisión…y con un locutor conocido.

  -      Bueno, pues visto de esa manera…debes tener razón: soy una triunfadora – le dije sonriente.

  No recuerdo como terminó la conversación. Tengo memoria de que, como siempre, iba con un rumbo definido y seguí mi camino. No recuerdo a dónde me dirigía. ¿A casa de mi amiga de la infancia, Ángela Adamo que vivía un poco más arriba? Posiblemente. Con el tiempo la que se ha preguntado muchas veces qué habrá sido de aquel muchacho soy yo. ¿Dónde estará? ¿Qué hará? ¿Sería uno de aquellos niños que me había gritado españolita, portuguesita, italianita? A mi memoria viene la cara de un joven  agradable, sonriente, con unos ojos claros cálidos, una cabeza con calvicie prematura… parece un recuerdo nítido…pero no sé nada de él…ni cómo se llamaba… ni quién era… ni que hacía.

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20 enero 2011 4 20 /01 /enero /2011 16:14

¡ITALIANITA, ESPAÑOLITA, PORTUGUESITA!

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  San Bernardino visto desde la autopista Cota Mil.      Inicio de la avenida Manuel Felipe Tovar en al redoma de San Bernardino

 

Como conté anteriormente en “Tenemos dos americanas en clase”, a los 6 años aprendí a pronunciar perfectamente la “Z” y la “C” diferenciándolas de la “S”. Tres años más tarde ese trabajo realizado por la profesora en el colegio gallego resultó inútil, pues regresé a Venezuela donde, seguramente, mi seseo me hubiese permitido reintegrarme sin que se notase mi paso por España. Pero no iba a ser así. Y mi sola presencia transmitía un mensaje involuntario que poco tenía que ver con mi propia percepción.

Tras mi experiencia en España, regresé a Venezuela con una pronunciación muy clara de las tres consonantes,  lo que dio a mi castellano un acento fuertemente peninsular. Pero, además, los siete inviernos vividos en Galicia hicieron que mi piel, blanca de por sí, regresase siendo como la nieve. “Pareces una cucaracha en una panadería”, me decían mis compañeros de clase. Otra afirmación que hacían era que si  tuviese los ojos más rasgados parecería china. 

Las características físicas, junto con mi nuevo acento, me convertían en una niña diferente que  contrastaba en una Venezuela multicolor y de un único sonido consonántico en lo que a la “Z”, “C” y “S” se refiere. Era tal la imagen de niña diferente que ofrecía que  hasta de lejos se notaba.

Durante mi segundo año en Caracas, ya viviendo en San Bernardino, al subir, o bajar, la avenida Manuel Felipe Tovar en dirección al colegio o de regreso, un grupo de niños comenzó a correr a lo largo de la balaustrada que todavía hoy en día rodea a la Panadería que está frente a la redoma gritándome: ¡italianita, españolita portuguesita! La primera vez que escuché los gritos me dejaron en un estado de asombro total, dado a qué no entendía su razón de ser. 

Al llegar a casa fui a donde estaba mi padre y le conté lo sucedido, para a continuación preguntarle: ¿por qué me gritan? ¿Creen que me insultan? Pero si me insultan, ¿por qué piensan que llamarme españolita, portuguesita o italianita es un insulto?   "No hija, no te insultan", me dijo mi padre. "Te ven diferente y creo que lo que quieren saber es de qué país eres. Cuando los veas de nuevo y te griten, diles que eres españolita".

 El consejo de mi padre me llevó, entonces, a aclarar algo que en mi mente permanecía en penumbras y era el punto relativo a mi nacionalidad. Por ello le dije: “no puedo decir que soy españolita. En España me llamaban la americana. Yo soy venezolana”. Mi comentario llenó de asombro a mi padre. Entonces comprendió que tenía explicarme que era española porque ellos, mis padres, lo eran.

 En ese momento  me dijo algo que nunca olvidé: la constitución española dice que es español todo aquel que nace en territorio español o el que nace fuera de él, siempre y cuando sea hijo de españoles. Además, me aclaro, la constitución venezolana también contemplaba que eran venezolanos todos los que nacían en territorio  venezolano y los hijos de venezolanos nacidos en otro lugar. Por tanto, yo era española y era también venezolana. Tenía doble nacionalidad.

 Con mi situación de nacionalidades aclarada, al día siguiente cuando me encontré con los mismos niños, en el mismo lugar y gritándome “italianita, españolita, portuguesita” me volteé y les dije: “no soy italiana ni portuguesa. Soy española porque mis padres lo son. Pero nací en Caracas, y por nacimiento soy también venezolana. Lo dice la constitución”. Entonces el grupo de niños me dijo: “adiós españolita”.

Cuando ya les había dado la espalda para continuar mi camino escuché otro grito: “adiós españolita nacida en Caracas”. Me volteé, y sonriente, alcé la mano y les dije: “adiós”. Entonces ellos me preguntaron: “¿vendrás algún día a jugar con nosotros?” “Pediré permiso a mis padres”. Y con estas últimas palabras seguí mi camino.

 

 

 

 

 

 

 

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14 enero 2011 5 14 /01 /enero /2011 09:56

¿Me recuerdas?

 

 

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          A los 5 o 6 años con mi hermano                                                Durante la visita de la prima en Venezuela (la del medio) 

 

Como conté en el artículo anterior, a los 5 años pasé medio curso castigada por no saber diferenciar la consonante “C” de la “S” en la prueba diaria de lectura en un pequeño colegio de Galicia. Mi infructuosa lucha con un problema que desconocía,  mi “seseo” venezolano y la incomprensión de la profesora de turno, provocó que la tristeza me quitase fuerzas en las piernas para poder caminar y que a la hora del recreo me mantuviese aislada del resto de mis compañeros. 

Al comenzar el tiempo de asueto escolar, a media jornada, yo sólo tenía fuerzas para traspasar el dintel de la puerta de la escuela y quedarme pegada a la pared del lado derecho, mientras dejaba pasar al resto de alumnos. Entre el grupo de estudiantes se encontraban mi prima hermana, hija del tío que me rescató, de 4 años, y una prima suya de no sé qué edad, pero posiblemente  de 9 ó 10.  

Esta última estaba enterada de que diariamente me castigaban, de tal manera que al salir por la puerta y verme arrimada a uno de los lados  se volteaba hacia donde yo estaba y me decía: ¡Burra! ¡Burrita! Y salía corriendo. Por supuesto, fácil es imaginar el efecto que tenía semejante interpelación sobre aquella niña triste, desorientada y asustada que se sentía diariamente sometida a un suplicio que no terminaba de entender.  

Con los años, esta chica visitó Venezuela. Yo ya estaba en la universidad. Ella había ido a visitar unos familiares y me llamó por teléfono para que nos viésemos. Como no me encontraba en casa me dejó mensaje con mis padres. Quedé con ellos  en visitarla y un día al atardecer me presenté en casa de sus tíos. Me recibió alegre y con la pregunta directa: “¿Me recuerdas?” Y la respuesta salió de mi boca como un pistoletazo: ¡perfectamente! Tú eres la prima de mi prima que a los 5 años, cuando me castigaban por no saber diferenciar  la “C” de la “S”, a la salida del recreo, me llamaba burra.  

Creo que no fue el mejor comienzo para nuestro encuentro.  Mi recuerdo, nítido y claro, sólo relacionado con aquel evento, echó por tierra  una fluida relación a partir de ese momento. Yo había acudido a verla por compromiso, desde luego, no por placer. El desagradable recuerdo no era precisamente una invitación al reencuentro. Me sentía incómoda cumpliendo mi obligación y más incómoda me sentí cuando aquella joven calló impactada por mis palabras. A mi mente viene su cabeza inclinada, sin poder mirarme a los ojos, un tanto violenta en mi presencia.   

A pesar de ello, yo la invité  una o dos veces más, primero a visitar mi casa y luego a dar un paseo por Caracas. Tras la primera visita, aquel evento pasado iba quedando en mi mente como un hecho sin importancia. Sin embargo, a ella no la volví a ver  cómoda ni durante aquellas salidas ni en otras posteriores en España. Que la relacionase con aquel infortunado suceso no le gustó. Y ello me hace pensar: ¿le provoqué arrepentimiento o la sensación de haber hecho algo inadecuado? De cualquier forma,  sin duda, las consecuencias de nuestros actos nos siguen y nos persiguen. De de esta experiencia lo que me queda claro es que de cuanto menos tengamos que arrepentirnos, mejor.

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12 enero 2011 3 12 /01 /enero /2011 11:53

 

 

 LA LETRA CON SANGRE ENTRA

 

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En Venezuela con mis padres ¿en Porlamar?                      En Galicia, con el tío que impidió continuase mi castigo.

 

 

Como otros días hoy amanecí recibiendo en mi correo electrónico el enlace para el blog de Isaac Nahon el cual, tras leerlo, me remitió a mis años de infancia. Y es que en su blog Isaac hace alusión al hecho de que ambos llegamos como inmigrantes en 1968 a Venezuela, hecho no totalmente cierto en mi caso.  

Ese año de 1968, en que ambos llegamos al puerto de la Guaira,  yo simplemente estaba “regresando” al país a pesar de que en realidad era como si llegase por primera vez. Había dejado Venezuela en noviembre de 1960, sin conciencia de haberlo hecho. Tenía en ese momento, según me cuentan, 22 meses, a pesar de que me cuesta creer que no tenía más edad debido a que, por los datos que tengo, yo ya sabía hablar en un castellano correcto, pero con acento venezolano.  

Había nacido en el Hospital Clínico Universitario de Caracas y según mi madre me costaba trabajo realizar mis tomas diarias, pues parece que no quería la leche que me daban ya fuese del pecho o del tetero, como se dice en Venezuela, o biberón, como se dice en España. Ante tan sorprendente falta de apetencia a los médicos venezolanos no se les ocurrió mejor solución que pedir a mis padres que buscasen un clima más frío donde pudiese yo crecer con mejor apetito.  

De esta manera, me embarqué para España, en concreto hacia Galicia, donde el primer invierno de 1961 lo estrené en los brazos de la hermana de mi padre viendo, desde ellos, la nieve y sufriendo porque no me dejaban pasear por ella. Primer sorprendente recuerdo de mi vida. Crecí con la conciencia, creada por los otros niños, de que no era española, sino americana; especialmente en el colegio me hicieron sentir esta diferencia de múltiples formas. Primero por mi “seseo” al hablar castellano y después porque mis papeles así lo decían.  

El “seseo” me lo quitaron haciendo honor a eso de que “con sangre la letra entra”. Primero pasé desde los 2 a los casi 5 años asistiendo a un colegio privado, para pocos alumnos, con el objetivo de no “perder” el castellano en una comunidad bilingüe como la gallega. A los 5 estuve medio curso “castigada” de rodillas porque al leer la lección no pronunciaba correctamente la “c”,  error que no llegué a comprender en ese momento en qué consistía porque no me lo explicaban adecuadamente. Como resultado añadido a la humillación de estar castigada, se unía el hecho de no saber por qué estaba castigada. ¿Acaso yo no leía la palabra completa? ¿Y no la entendía? Entonces: ¿qué significaba que no la leía bien?  

La profesora no parecía saberse explicar mejor, pero como ella tenía el poder en su mano,  invariablemente yo terminaba con la barbilla baja y de rodillas. El ritual ya era cotidiano: llegaba, me tomaba la lección y, como consecuencia, al no estar el problema resuelto, me mandaba de rodillas la primera mitad de la clase. De ese año recuerdo la primera depresión de mi vida que me impedía relacionarme con el resto de los niños, jugar, e incluso poder caminar hacia el colegio o al regreso. Alguna señora, ya muy mayor, del entorno de mi familia paterna todavía lo recuerda: “eras unha mangañona, e tua tía tiña que levarte o lombo” (eras una niña grande y tu tía tenía que cargarte).

Este suplicio duró medio año, pues la joven que era mi profesora no aprendió a explicarse mejor y yo no conseguí que nadie supiese señalar en dónde estaba el fallo. A mitad del curso se interrumpió el cotidiano castigo cuando un hermano de mi padre descubrió que sabía leer perfectamente y que, para él, yo escribía mejor que cualquier niña de mi edad. En su enfado dijo: “si no sabe pronunciar esas dos consonantes que no las pronuncie. Pero que la profesora deje de castigarla porque si sigue haciéndolo se las tendrá que ver conmigo”. De esa  forma milagrosa, gracias a mi tío, se levantó el castigo y pasé el resto del año más tranquila.  

Este problema lo entendí al curso siguiente cuando me llevaron a otro colegio y le explicaron a la profesora que yo sabía leer y escribir, pero mi fallo era que no sabía pronunciar la “z” ni la “c”. Ambas consonantes las pronunciaba indistintamente como si fuesen “s”. La profesora, contenta de conocer dónde estaba el problema y de poder resolverlo, explicó a toda la clase, a principios del año que “teníamos dos americanas entre nosotros”, que se diferenciaban en su pronunciación del castellano. Como eso de ser americana  era algo que yo solía olvidar con frecuencia, manifesté el mismo sentimiento de expectativa y curiosidad que imagino sintieron el resto de mis compañeros.  

Con motivo de nuestra presencia fue tal la explicación que sobre el continente americano dio la profesora -después de escuchar hablar de pájaros de colores (los guacamayos), verdes intensos, vegetación exuberante, cascadas inmensas, playas de arenas doradas y olas contundentes batiendo en las rocas- que al final yo anhelaba ver a aquellas compañeras americanas, tan exóticas, que iban a compartir nuestros día a partir de aquel momento. La desilusión fue grande cuando descubrí que una de ellas era yo: ¿qué tenía que ver yo con aquel relato maravilloso que la profesora nos había contado?  ¡Definitivamente nada! Miré con desilusión a mi compañera “americana”  y me pareció tan normalita y corriente como yo misma.  

Pero el gran cambio es que nos llevaron a una mesa aparte y con una simpática profesora joven, sonriente y comprensiva,  nos enseñaron a colocar la lengua en la boca de tal manera que consiguiésemos pronunciar los sonidos diferentes que desconocíamos. Tras practicarlos, nos hicieron volver a leer los libros anteriores, pero ahora reconociendo la diferencia entre los sonidos de las tres consonantes. A partir de ese momento no los olvidé nunca más. Algo que se notó mucho cuando regresé a Venezuela.

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24 diciembre 2010 5 24 /12 /diciembre /2010 23:35

 

 

Un regalo navideño inesperado

 

 

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                                                                                Recuerdos de El Parvulito.

 

Muchas cosas en esta vida tienen la facultad de espolear mi memoria. Pero últimamente Isaac Nahon con su blog, se lleva la palma. Con su escrito Tun tun ¿quién es? Ha vuelto a hacerlo. Cuando lo leí se juntaron los recuerdos de muchas navidades pasadas, pero dado que comparto con Isaac haber llegado a Venezuela en 1968, el más nítido es el que se refiere a ese año.  

Era septiembre y mis padres habían agotado la primavera y el verano en Galicia. Fue un verano de mucha playa en la famosa Costa da Morte, pues mis padres tenían unos amigos en Sardiñeiro, pueblo entre Finisterre y Corcubión. Verano poco caluroso, pues recuerdo los días grises en la playa del Sardiñeiro al salir de casa y entrar en la arena. Por ello, los niños pasamos mucho tiempo  en los juegos del parque de Corcubión.  

Pero en septiembre habíamos ya cambiado la costa cantábrica por el mar Caribe del litoral venezolano. Tras visitar a los que eran los antiguos jefes de mis padres, me imagino que con la intención de reincorporarse tras seis meses de largas vacaciones, mi vida pasó a ser totalmente diferente. No sólo porque vivía en un país tropical sino porque estaba rodeada de un mundo totalmente plural, algo que no había conocido en la Galicia que dejaba.  

De tal manera que ese año aprendí muchas cosas nuevas. Una de ellas era que lo que había leído y estudiado en El Parvulito,[1] eso de que “creo en Dios todo poderoso y soy cristiano, católico, apostólico y romano, la única religión verdadera” era una patraña. En aquella visita a casa de los jefes de mis padres averigüe, primero, que en Venezuela a los curas se les llamaba “rabinos”. Y es que esta fue la rápida  respuesta que me dio mi madre cuando le pregunté qué significaba la palabra “rabino”: es el equivalente a un cura. Luego la deducción fue lógica: en Venezuela a los curas se les llama “rabinos”.  

En las subsiguientes visitas, especialmente en las de diciembre, descubrí  que aquellos niños no sabían que existía una fiesta llamada Navidad, en la que se daban regalos. Mis explicaciones, como consecuencia de su desconocimiento, nos condujo, primero a una protesta muy ruidosa por parte de ellos ante sus padres, y luego a una improvisada fiesta navideña,  y una entrega de regalos adelantada. Interrumpimos nuestros juegos y se improvisó una fiesta de Navidad con regalos.  

Estas experiencias de choques culturales y conocimiento de otras costumbres, con sus consecuentes revelaciones, provocaron diversas charlas con mi padre.[2] En la primera tuvo que explicarme que un rabino no era un cura, aún cuando el concepto sí era similar: y es que eran representantes de dos religiones diferentes. ¡Vaya lío! ¿Y lo que había aprendido en el colegio, eso de que “nuestro Dios era el único y la religión católica, apostólica y romana era la verdadera”? ¿En qué quedaba? Con toda la paciencia que siempre ha mostrado mi padre me explicó que no, que “para los que  tienen fe en una religión” su Dios  es el verdadero.  

Pero, si existen tantas religiones, repliqué, ¿no será que el Dios verdadero es el único que hay, por tanto, debe ser el Dios de todos? Sí, claro, respondió mi padre. Entonces: ¿por qué había tantas religiones y no una sola? Sin duda me metía en honduras que reclamaban una larga explicación, casi una clase, y mi padre no tenía tanto tiempo así que insistió en que “para todos los creyentes de una religión, en la medida que tienen fe, su Dios es el verdadero. Y estas creencias de la personas, me dijo, son sagradas y merecen todo `nuestro respeto´”, con lo que zanjó la conversación.  

De este diálogo me quedó algo muy claro: no te creas todo lo que aprendes en el colegio, porque no todo es cierto y los profesores no siempre dicen la verdad, sino la verdad que ellos creen. Sin duda, ahí se había socavado mi fe en el sistema escolar y, por tanto, en los que tenían que dirigir mi educación. Tengo que decir que pocas veces discutí o le llevé la contraria a un profesor a pesar de que reconozco que la mayoría de las veces no estaba de acuerdo con ellos.

Cuando concordaba con alguno de mis profesores era porque, me daba cuenta, coincidíamos en nuestra línea de pensamiento. Hoy en día me asombro cada vez que rememoro a aquella cría, callada delante de un profesor y sin darle la razón. Callada pensando: “no tienes la razón aunque creas que la tienes”. También me llama la atención la claridad de pensamiento con la que los juzgaba, pues hoy en día, una cuantas décadas más tarde, sigo pensando lo mismo, sólo que ahora sería, seguramente, menos inflexible.  

 Por tanto, mis primeras Navidades en Venezuela, diciembre de 1968, no sólo recibí como regalo de los jefes de mis padres un hipódromo en miniatura donde los caballos, de diferentes colores, representaban los partidos políticos que se presentaban ese año en la contienda electoral. Sino también conocer lo que era un país en democracia, y aprender que que existían otros mundos, otras concepciones y otras formas de ver la vida. Un aprendizaje que hoy en día considero invalorable. Y que lo que nos dicen los libros o nuestros mayores no siempre es la verdad. Fue el comienzo de una nueva vida y la ruptura definitiva con todo lo que representaba la España de Franco y  El Parvulito. Y al mismo tiempo, fue el principio del fin de la inocencia.



[1] Libro con el que se introdujeron en el mundo de la enseñanza   8 millones de niños españoles tras superar el aprendizaje de las primeras   letras. Esta frase no recuerdo exactamente si estaba propiamente en  El Parvulito o en un libro anterior de primera enseñanza, pues al buscar la lección que recuerdo no la encuentro.  

 

[2] Me imagino que algo similar le ocurrió a mis compañeros de juegos.

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