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24 diciembre 2011 6 24 /12 /diciembre /2011 00:55

 

 

 EL PARABRISAS TRASERO DEL CARRO

 ROTO POR UN MOTORIZADO.

  

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Este 23 de diciembre de 2011 un motorizado de las calles caraqueñas me “obsequió” con un regalo de Navidad al tirarme el casco del compañero que portaba en su moto al  parabrisas trasero de mi carro. El hecho se debió a que se enfadó porque estuvimos a punto de chocar, sin querer, al no verlo por estar pendiente de una camioneta de pasajeros que se me venía encima.

Hasta los momentos los motorizados caraqueños, que parece que se sienten dueños de las calles en el denso tráfico de la ciudad, me habían insultado o me habían golpeado el carro cuando consideraban que no les dejaba el espacio debido para que ellos circulasen. Y es que carros y motos se disputan las abarrotadas calles de la capital venezolana en un frenesí  que parece no tener fin.

Tras ver cómo había estallado mi parabrisas trasero, haciéndose añicos, sólo me quedaba seguir, pues ¿qué le iba a reclamar a un motorizado que trabaja con su vehículo como moto taxi? Y, en todo caso, en esta capital más vale perder que intentar ganar nada. Seguí adelante rumbo a realizar una de las tantas tareas pendientes, y que se me acumulan desde que estoy en Venezuela, dando gracias a que  este hombre de fácil  enfado me hubiese tirado al parabrisas un casco en lugar de sacar una pistola y tirarme un tiro a la cabeza, supuesto éste último que se ha dado en más de una ocasión en estas calles caraqueñas.

Iba camino de una notaría para buscar solucionar el problema de un poder que necesitaba y que tras  la disputa  con los abogados Rafael y Alfredo González había quedado aparcado a pesar de estar ya pagado. Solucionar el problema se convirtió en un asunto de ida y retorno: según Alfredo González el  papel redactado estaba en la notaría, pero luego resultó que no era así, tuve que ir a buscarlo de nuevo al despacho de los abogados, tras “recordarles” que ya estaba pagado, buscar los timbres, pagar en el banco correspondiente, todo ello inmersa en el tráfico de la ciudad estresante y contra reloj  debido a los tiempos de oficina que se manejan en el país.

A todo esto se sumó que  tuve que hacer estos trámites con el parabrisas roto, y con  mi madre, que tiene problemas locomotores, cuidando el carro  porque no podía dejarlo solo. Con los nervios de punta se me escapó decirle a María Guillén, funcionaría de la Notaría Pública 43 de Municipio Libertador que queda en la avenida Universidad,  que había vivido muy tranquila  los últimos años en España y que desde que me había venido para Venezuela mi tranquilidad se había ido para el “carajo”.

María se disgustó profundamente y cuando entró lo comentó con la administradora  de dicha notaría quien en voz suficientemente alta para que yo la escuchase, me imagino, dijo que no entendía porque los extranjeros tenían  que hablar mal siempre del país después que les había dado de comer; que eso era morder la mano del que les había alimentado y que en todo caso lo que tenían que hacer era regresarse para su tierra.

Le dije a María y su compañera que hacía tiempo yo no “comía” a expensas de Venezuela pues en su día había decidido irme, - sin mencionar que, además, no me siento extranjera aunque todo mi aspecto si lo diga a gritos- que tampoco había escogido nacer en Venezuela,  ni vivir en Venezuela y cuando tuve la oportunidad de tomar la decisión de irme me fui hasta que no tuve  más remedio que regresar.

Lo  que no le dije  a María ni a su compañera es las muchas  y buenas razones   por las que estoy tan contenta de haber tomado la decisión de irme. Entre otros muchos motivos,  porque con muchísimo menos me fue más fácil vivir, queriendo con ello decir: tener mi casa, mi pan y el de mi familia, la salud cubierta, la seguridad ciudadana y la educación de mis hijos. Pero de todos, quizás es el último punto es el  que mayor satisfacción me da.

Y es que María y sus compañeras se sintieron ofendidas por mi comentario, porque juzgaron que ofendí a su patria, su país, y me dijeron que eso les dolía. La pregunta que me hacía de regreso a casa es si acaso estas dos mujeres tienen hijos. Y es que, recientemente, esperando en una oficina pública, sentada -porque en algunas oficinas de la capital venezolana ahora las “colas”, como se les llama en Venezuela, o   “ filas”, como se les dice en España,   se  hacen cómodamente sentados en sillas,  una mujer joven que no había llegado a la cincuentena y que me antecedía,  me comentó que estaba pasando por  una época especialmente triste para ella, pues acababa de perder a dos sobrinos a manos del hampa: los dos habían fallecido con un intervalo de quince días.

Pero ahí no se quedaban las desgracias.  A continuación me informó que mientras se encontraba  acompañando a una de sus hermanas, con el objetivo de consolarla por la muerte de su único hijo, un conocido de su hija pequeña había entrado en la casa, la había amarrado y la había violado. Ante tal sucesión de acontecimientos, esta joven madre divorciada, había decidido vender su casa y trasladarse a  otro lugar para vivir con el objetivo de proteger a sus tres hijos, dos chicas y un chico, por los cuales temía. Y es que los acontecimientos parecían hablar de algún tipo de represalia, hecho éste muy común en Venezuela en los últimos tiempos, según reseña, frecuentemente, la prensa venezolana, especialmente  el diario Últimas Noticias[i].

Por todo ello, lamento volver a decir a María Guillén y a sus compañeros de oficina que reitero lo dicho: ¡que tranquila viví en Logroño, España, durante los últimos veinte años! Y repito: desde que llegué a Caracas mi tranquilidad se fue “pal carajo” y sueño con recuperarla. Y si algún daño le he hecho a Venezuela fue el darle mi esfuerzo y formación   –pagado parcialmente por el gobierno venezolano, si es que asistir a centros de educación privados es formarse a costa del estado-  a España.

Pero no olvidemos que, con todos  los refugiados españoles que llegaron a Venezuela después de la guerra civil, y los emigrantes de la década de los 50, Venezuela también percibió el esfuerzo laborioso de gente formada por el estado español en las diferentes áreas del quehacer humano: desde la artesana -pasando por la albañilería, fontanería, carpintería, entre otras- hasta la académica.

En este último apartado hay que reseñar que muchas de las instituciones más notables del país son el resultado del esfuerzo de exiliados españoles que contribuyeron en su fundación,  como es el caso de  la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela,  que contó con la presencia del filósofo español exiliado, Juan David García Bacca.

Su contribucción ha sido reconocida en Venezuela con la creación de la Fundación Juan David García Bacca, dedicada a la divulgación del su pensamiento filosófico.  En el caso   de la Universidad Simón Bolívar un concurso anual que premia el mejor trabajo escrito de final de Estudios Generales,   lleva el nombre de uno de los escritores del exilio español que realizó una labor destacada en esa casa de estudios: Segundo Serrano Poncela.

 Para finalizar, recordando lo que me dijo una de las compañeras de María Guillén: cuando los venezolanos emigran o viajan a otros países no hablan mal de ellos. Y desde aqui le digo a esa funcionaria que, efectivamente, los que conozco no lo hacen; están demasiado ocupados haciendo el recuento de las razones por las que se fueron de Venezuela, algunas de las cuales mencionó aquí y, en todo caso, me temo que si María y sus compañeros los escuchasen también se disgustarían mucho.

¡Qué se puede hacer!  Mientras la realidad de Venezuela no sea otra, y el sonido de las balas silbando de noche y en la madrugada, más el recuento de muertos por el hampa, ya sea por la prensa  o por el boca a boca de los ciudadanos, nos recuerden que se está mejor fuera que dentro del territorio venezolano, creo que María y sus compañeras tendrán que seguir aguantando el chaparrón de críticas de paisanos y extraños. Yo de momento hace mucho que hice lo que ellas sugieren: me fui.



[i]No es necesario leer estos casos en los diarios. Desde que estoy en Caracas me he enterado ya de varios casos similares. Además en el avión de regreso a Venezuela me encontré con un joven criollo, ex funcionario de unos de los cuerpos de seguridad del estado,  que regresaba furioso y preocupado porque, me decía, temía por su vida: regresaba porque no le quedaba más remedio, pero estaba consciente que en Venezuela lo podían matar como consecuencia de una represalia.

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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Comentarios

raquel 01/02/2012 22:07


Que triste lo que cuentas y que fuerte creo que no podria vivir en un pais tan violento,deseo que puedas volver cuanto antes. Besos

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