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11 octubre 2011 2 11 /10 /octubre /2011 02:28

 

 

HABLANDO DE AFECTOS Y AMISTAD

 

                                                                        

 

 

En estos días el padre de un muy buen amigo me mandó un correo con un precioso vídeo de una publicidad tailandesa sobre los efectos que provoca un   iPhone o una Blackberry en la relaciones sociales de la personas, tanto las familiares como las de amistad. Yo, dada la belleza del mensaje, lo reenvié a algunos amigos, especificando además, que era un mal que veía más en Venezuela que en España, países ambos en los que he residido últimamente. 

 A su vez, uno de mis buenos amigos me mandó, un artículo firmado por Elvira Lindo, y publicado este día 2 de octubre en su sección “Don de gentes” de El País. El artículo en cuestión se titula “No me quieras tanto” y en el mismo comienza diciendo la escritora:

 “De un tiempo a esta parte quedo con personas que, en realidad, no tienen un gran interés en charlar conmigo. Esto podría minar mi autoestima pero una suerte de optimismo insensato me lleva a pensar que amar y no hacer ni puto caso pueden ser compatibles. Yo sé que esas personas que no muestran mucho interés en hablar conmigo me quieren. Si no fuera así, entendámonos, no quedaría con ellas”.

Para luego continuar señalando que estás personas que no muestran gran interés en hablar con ella le escriben mensajes rebosantes de cariño: por e-mail, por sms, por Whatsapp, por Facebook, por activa y por pasiva. Y que en esos mensajes hay frases tan apasionadas que parecen extraídas de un bolero: “Son frases que antes en España no se decían pero que, ahora, gracias a la revitalización del género epistolar propiciado por las nuevas tecnologías, están en auge. Esas personas me dicen que me adoran. Que me adoran y que cuentan los días para verme. Que cuentan los días y que me quieren. Que me quieren y que nos va a faltar tiempo en una cena para contarme todo lo que me tienen que contar. Que nos va a faltar tiempo y que están deseando conocer mi opinión. Que desean conocer mi opinión y que nadie como yo para compartir este y otro secreto. ¿Y por qué? Porque soy adorable. Eso me dicen. El mundo de la tecnología ha “bolerizado” el género epistolar.”

Tengo que confesar que en un primer momento no me fijé en que la que firmaba el artículo era Elvira Lindo, pero si me dije que demostraba que yo estaba equivocada y el fenómeno que  veo en Venezuela se extiende también a España.

Cuando lo leí, a toda prisa y corriendo, era la primera hora de la mañana y salía para cumplir una apretada agenda de trámites que tenía que hacer. Quizás por ello me quedé pensando en el artículo el resto de la mañana: ¿quién era esa persona a la que le remiten esos mensajes apasionados, de amor “bolerizado” en España? A mí nadie me los manda, pensé, no sin un cierto fondo de envidia. Y recordé los mensajes que me envían mis amigos, esos de amistad, sencillos donde te dicen que son tus amigos, que cuando te mandan un e-mail masivo es porque te recuerdan, te toman en cuenta…en otras ocasiones los e-mails son personales y  preguntan por el devenir de mis cosas,  me animan cuando ando baja de ánimo o se imaginan que puedo andar baja  de ánimo, pero no me mandan mensajes de amor “bolerizados”, ni me dicen que están ansiosos de verme para hablar conmigo y luego ignorarme.

Como mucho mi amigos me dirigen  un “a ver cuando nos vemos para tomar un café y charlar un ratillo”, si son los  de España o “a ver cuando saco un tiempo para que nos podamos ver, tomar algo y charlar un rato   personalmente” si son mis amigos de Venezuela cuyo diario trajinar escasamente le deja ratos libres y, cuando los tienen, que suele ser en la noche, entonces no podemos vernos por el peligro que entraña salir a esas horas en Venezuela. Pero, eso sí,  estos escuetos mensajes, sin tono de bolero, luego se convierten en encuentros cálidos de amigos que me escuchan y a los cuales escucho. Entre nosotros no se interpone  ningún iPhone o una Blackberry.

Claro, caigo, y recordando otros tiempos de mi vida pienso: la o el que escribió el artículo tiene que moverse en otro ambiente. Y recuerdo un ambiente  muy parecido que me rodeó en Venezuela en la década de los 80. Ese tiempo me hace recordar además a mi amigo Miha Ahronovitz, hoy en día en California. Recuerdo como me comentaba que en el mundo en que nos movíamos había mucha gente “importante”, de relaciones superficiales y que, a la hora de la verdad, les rodeaba una gran soledad. El mismo se sorprendió, más de una vez, de ser la persona más cercana de alguno de estos conocidos en el momento más bajo de su vida. Y me digo, la persona que escribe el artículo tiene que moverse en un ambiente parecido al que conocí en aquellas fechas; el tono del escrito así me lo hace ver.

Cuando llego a casa una de las primeras cosas que hago es volver a leer el trabajo. Entonces me fijo que está firmado por Elvira Lindo. Acabáramos, pienso. La escritora española, la autora de  Manolito Gafotas, la mujer del escritor Antonio Molina. Y entonces entendí todo: entendí las expresiones de amor  “bolerizado”, los deseos de tantas personas de verse con ella y confirmé que, efectivamente, Elvira Lindo se mueve en ese mundo sobre el que, en más de una ocasión, mi amigo Miha Ahronovitz, filosofó  en algún momento  de soledad compartida en aquellos ambientes de ejecutivos, periodistas y artistas “exitosos” de esa Caracas cosmopolita de los años 80.

Y pienso en mi ambiente actual, el de mis amigos en España, o el de mis amigos en Venezuela, de vida sencilla, lejos de las bambalinas y los ambientes de éxito, pero cerca de sus amigos, de sus familia; seres humanos de a pie, que día a día luchan por salir adelante,  sin estruendos, sin grandes triunfos, tampoco grandes fracasos,  pero que desde sus posiciones de seres humanos “anónimos” recae, la mayoría de las veces, el peso de la crisis.

Bueno, pienso, no somos ricos en éxitos, ni en dinero, ni en fama, pero sin duda, cuando nos reunimos para compartir mesa y mantel, eso es lo que hacemos. Cuando nos reunimos para dar un paseo y charlar, eso es lo que hacemos. Tampoco me mandan correos de amor “bolerizados” ni cartas de encendida pasión para decirme que desean estar conmigo. Todos mis correos son de andar por casa. Y lo de las epístolas estilo años cuarenta se reducen tan solo a  ese “único” ser humano que un día nos llegó al corazón y que durante más de 30 años lo “ocupó” de forma ininterrumpida. Pero todos los demás son amigos de todos los días, de esos que aunque Elvira Lindo no lo crea, sí existen; de los que no sacan  jamás en una cita un iPhone o una Blackberry, entre otras razones porque de entre mis amigos es muy raro el que carga un aparato de esos y cuando lo cargan en mi presencia lo olvidan.

Concluyo en mis pensamientos que mis amigos y yo no somos ricos, ni exitosos, ni siquiera andamos a la última en tecnología punta: ¡pero somos de los pocos que disfrutamos de la amistad a la vieja usanza! Todo un privilegio, por lo que veo. Y esto, sin duda, es un lujo. Sin saberlo formamos parte de una élite que no tiene que luchar por recuperar un bien perdido como es el contacto humano y las relaciones sinceras. ¡Qué afortunados somos!

   

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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