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31 julio 2013 3 31 /07 /julio /2013 01:46

DE CUANDO LA COSTURERA DE LAS CHAQUETAS

DE BOLÍVAR SE QUEDÓ EN LA CALLE

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En estos días leía  en Alternet.org que la visión del periodista estadounidense Thomas Friedman se estudia en las universidades de ese país simplemente porque refleja la perspectiva  distorsionada  del uno por cierto de la sociedad  acomodada de Estados Unidos. El primer párrafo del artículo que se titula   Why Tom Friedman Is the Ayn Rand[1] of Our Times , decía  que en la visión del mundo de este periodista y sus lectores se reduce a una simple línea fija de un código   que no requiere ningún tipo de  sacrificio por parte de sus billonarios admiradores.

 A continuación señalaba que si Thomas Friedman no hubiese existido  los grandes empresarios estadounidenses habrían tenido que inventarlo para a continuación afirmar: pensándolo bien, puede que lo hayan hecho, porque, no cabe duda, su oscuro punto de vista de ciencia ficción de la realidad, que ellos tanto celebran, les ha servido muy satisfactoriamente para sus intereses. 

Y efectivamente así es. En este mundo occidental, que creíamos  democrático y libre, la sujeción del individuo es muy, pero que muy sutil. La libertad, y el triunfo,  están destinados a aquellos que sirven bien, pero que muy bien al sistema y a los poderosos. En el caso de Thomas Friedman, como periodista, desde su columna del New York Times, idealizando un mundo global de los mercados sin ningún tipo de reglas donde el dejar hacer era la norma, es así. 

Yo tuve oportunidad de comprobar está teoría que comenzaba a intuir cuando siendo becaria en un periódico vespertino venezolano me tocó cubrir, por compromiso con un jefe de redacción de una de las publicaciones de la cadena donde trabajaba, el caso de  una joven costurera viuda: tras el impago de alquiler tras ocho meses consecutivos la justicia la había desahuciado y se había quedado en la calle. 

Cuando me pasaron el compromiso de ir a entrevistarla, para defender su caso en el periódico, me sentí molesta: ¿qué iba a escribir? ¿Debía ponerme en contra de la justicia que había cumplido con la legalidad vigente? Me pareció absurdo. Aquel caso tenía todas las trazas de ser un “caliche” (información sin importancia). Pero lo cierto es que, además, no tenía ni idea de cómo defender a aquella mujer sin caer en obviedades estúpidas. 

Cuando en la tarde regresé a la redacción con todo el trabajo de investigación realizado para escribir las diferentes noticias, la encomienda me seguía molestando. No veía cómo enfocar el tema. Por ello me puse manos al trabajo para salir de ese “caliche” cuanto antes. Y así lo hice. 

La mujer, ante su desdichada condición,  recibió mucha ayuda de sus conocidos y,  por ello, había conseguido participar, como costurera, en las celebraciones que se estaban preparando para el bicentenario del libertador: estaba cosiendo las chaquetas de los personajes de  la representación que se iba a hacer de la vida de Bolívar en el recién construido Teatro Teresa Carreño.

A tenor de este dato titulé el artículo En el bicentenario del libertador, la costurera de las chaquetas de Bolívar se queda en la calle. Y a partir de ahí, tras contar su caso, pasé a hablar de un sistema  injusto que la convertía a ella y sus cuatro hijos, tras enviudar, en un ser humano marginal cuya lucha sería titánica para sacar a sus vastagos en medio de salarios precarios e injustos que difícilmente le permitirían pagar un alquiler, cubrir los servicios básicos, mantener a sus hijos y mandarlos a la escuela. 

Tan pronto terminé el artículo lo pasé a la mesa de redacción del Jefe de turno y regresé a mi escritorio para escribir las noticias “importantes”. Mientras lo hacía me fijé que, inusitadamente, el Jefe de Redacción del turno de noche estaba leyendo con interés lo que le acababa de entregar. 

-          Muy bueno tu trabajo Mercedes – me dijo desde su mesa. 

Bueno, pensé, al menos lo leyó y, sin más, seguí con mi labor. Al día siguiente la nota apareció en la página anterior a la de las estelas mortuorias, justo en la parte izquierda inferior: vamos, un lugar tan poco visible como para que nadie la leyese. Sin embargo, de forma inesperada, la nota fue muy leída, de tal manera que, incluso La Asociación de Limpiabotas de Venezuela me hizo llegar una carta donde, aparte de felicitarme por la “excelente defensa” de la ciudadana costurera, me informaba de que habían comenzado a realizar las gestiones necesarias para conseguir para la joven viuda una casa del Instituto Nacional de la Vivienda de aquel entonces, el INAVI. 

El presidente de la asociación me auguraba un porvenir brillante como  profesional del periodismo por  el que él consideraba un excelente trabajo. No obstante, el dueño del la cadena de publicaciones donde  yo estaba como becaria, al leer el artículo, (si desgraciadamente  también lo leyó), no pensó lo mismo: consideró que mi artículo atentaba contra sus intereses y los de su clase; demasiada buena mi defensa de los trabajadores precarios, los bajos salarios, los altos precios de los alquileres y la inflación que estaba empobreciendo a los venezolanos. Becarios como yo no los quería en su redacción. Así que, sin permitir que terminase mi tiempo reglamentario de trabajadora  becaria, me despidió del periódico. 

Por tanto, como becaria lo primero que aprendí era que en el periodismo  decir la verdad y defender a los más débiles estaba penalizado porque iba en contra de los intereses de los dueños de los medios y el brillante futuro que me auguraba el presidente del gremio de limpiabotas estaba en pico de zamuro. Posteriormente volvería a vivir la experiencia, pero en este caso, en un canal de televisión. Pero esto lo cuento en otra entrega.

 



[1] Ayn Rand, seudónimo de Alisa Zinóvievna Rosenbaum,  fue una escritora judío estadounidense de origen ruso, ampliamente conocida por haber escrito varios libros bestseller como  El manantial  y La rebelión de Atlas,  y por haber desarrollado un sistema filosófico al que denominó objetivismo.

Rand defendía el egoísmo racional, el individualismo, y el capitalismo laissez faire,  argumentando que es el único sistema económico que le permite al ser humano vivir como ser humano, es decir, haciendo uso de su facultad de razonar. En consecuencia, rechazaba absolutamente el socialismo, el altruismo y la religión. Más información: http://es.wikipedia.org/wiki/Ayn_Rand

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Published by Mercedes Fuentes - en Interés general
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