Saturday 20 august 6 20 /08 /Ago 20:45

 

 

 

¿JURAMENTO DE HIPÓCRATES? ¿QUÉ ES ESO?

 

 

…si no nos mata la enfermedad nos mata el hambre.


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En las fotos, a la izquierda del lector, la entrada principal de la Clínica La Arboleda, sigue una imagen de la entrada de emergencias de la misma clínica y a continuación una imagen del Instituto Diagnóstico. 


Para seguir compartiendo mis experiencias en esta Venezuela en la que he recalado esta primavera y verano, paso a relatar mi experiencia en una sala de urgencias de una Clínica caraqueña durante toda una noche y una mañana.

Mi madre, quien ronda los 80 años, está, como cualquier persona de su edad, con achaques que a veces nos dan un susto y tenemos que correr con ella para asegurarnos de que no ha pasado nada. Antes corríamos a urgencia con nuestros hijos pequeños; ahora llegó la hora de correr con los padres.

Un día de estos tuve que salir corriendo con mi madre y terminamos en la sala de urgencias de la clínica caraqueña La Arboleda, en San Bernardino. La primera experiencia  fue, justamente, muy criollita, muy de nuestra Venezuela; tras ingresar con mi madre llegó un hombre con la camisa manchada de sangre acompañando a otro al que le habían metido un tiro en el abdomen.

El acompañante del herido afirmó que los responsables eran dos policías que le habían disparado para atracarlo. Esta afirmación me lleno de sorpresa y congoja: si dos funcionarios de las fuerzas de seguridad del estado se comportan como delincuentes ¿Qué se puede esperar en esta Venezuela de la que parece pertenece a un mundo olvidado por ese dios en el que tanto creen los venezolanos?

Ante esta emergencia mi madre, por supuesto, quedó en segundo plano hasta que la víctima del atraco fue trasladada a planta. Una vez logrado esto continuaron las exploraciones y análisis de mi madre que se prolongaron toda una noche hasta que, al día siguiente, la viese un médico. 

A la mañana siguiente, tras dormir en una camilla, helada por el aire acondicionado y porque no tenía nada con que abrigarme, me dediqué a esperar a ver que decían los médicos o el médico que la tenía que ver, el cual no llegaba: está en una cirugía, decían cada vez que preguntaba.

Con la natural impaciencia de cualquier persona en estas situaciones, recorrí varias veces el trayecto hasta donde estaban los galenos, para ver si, por casualidad se asomaba el que esperábamos. En una de estas ocasiones veo que entra una señora pidiendo un médico: un hombre había sufrido un accidente justo frente a la puerta de urgencias de la clínica y requerían un galeno para que lo atendiese.

Y en ese momento presencié como el que parecía encargado de las urgencias en la clínica le decía a la señora: si salgo a verlo, tengo que ingresarlo. Con esta frase parece que quedaba implícito que no podía ingresarlo en la sala de urgencias de la clínica. Cosa que no me extraño, pues ya hace años había presenciado algo parecido en el Instituto Diagnóstico, ubicado también en San Bernardino: quien no pagase o tuviese un seguro privado, simplemente no era atendido.

La mujer que requería la ayuda se alteró y les preguntó dónde quedaba el juramento hipocrático que habían realizado  como médicos. Yo, regresando sobre mis pasos, iba pensando: ¡Ah! ¿Pero esta señora cree que ellos lo recuerdan? ¿Cree que ellos lo tomaron en cuenta en su día? Pensé que el juramento que ellos debían haber realizado estaba destinado al poderoso “señor don dinero” de Quevedo e Hipócrates, con su juramento, era un mero formulismo que habían tenido que cumplir. Pero además, me maravilló que ella sí lo tuviese en cuenta y lo recordase, cosa que me parece casi inaudito en  Venezuela.

Mientras regresaba a donde estaba mi madre pensaba en la poca conciencia y humanidad que tenía el médico que le había contestado de aquella manera a la preocupada mujer. Y al mismo tiempo pensaba que si acaso las reglas de la clínica no le permitían ingresar al accidentado, al menos podría él, por su cuenta, haber salido para verificar si el accidente había sido grave o no y, en todo caso, derivar al hombre hacia el servicio público más oportuno.

Pero no, no se movió ni hizo nada para que un compañero lo hiciera. Tampoco ninguno de los presentes se inmutó. La respuesta fue la indiferencia absoluta por parte de todo el personal de aquella sala de emergencias.

Al rato entró de nuevo la mujer ofuscada, pero esta vez acompañada de un grupo de ciudadanos y un policía, el cual me enteré más tarde, era funcionario de la policía bolivariana. En mi ir y venir, me acerqué a donde el policía charlaba con una joven mujer que parecía desmentir que se le hubiese negado al accidentado el servicio de asistencia. El policía en todo caso parecía enfatizar en el hecho de que “estaban obligados” a asistir al accidentado.

Al cabo de unos minutos, para mi sorpresa, salieron a buscar al herido y lo ingresaron, mientras una señorita trataba de corroborar la versión de los ciudadanos enfadados que denunciaron los hechos, pues su versión no coincidía con la de los médicos que negaban que tal asistencia hubiese sido solicitada.  

Esta persona buscaba testigos que corroborasen la versión de los ciudadanos; consiguieron dos testigos (entre los muchos que allí había): uno de ellos era yo y otra señora. ¿Estaba dispuesta a testificar? Sí, como no. Por supuesto. Bueno iban a buscar a la otra persona que estaba perdida.

Pero lo cierto es que nunca solicitaron mi testimonio. Lo que si ocurrió es que por obra y gracia apareció el médico que tenía que ver a mi mamá –eran ya las 12 de la mañana tras haber sido ingresada a la 7 de la tarde- y nos despachó en un momento: no era nada grave y recetó las medicinas que se tenía que tomar. Se veía de mal humor, lo que me hizo preguntarme si en realidad había estado retenido por una cirugía o por otra cosa que se había descubierto al investigar, en gerencia, quien era la que estaba dispuesta a testificar y por qué se encontraba en la sala de urgencias. Si se enteraron que estábamos allí perdiendo el tiempo porque el médico de turno no le “apetecía” bajar es posible que le diesen un tirón de orejas.    

Tras  su veredicto como galeno, pasé a ver si había sobrado algo del dinero que había tenido que adelantar para que atendiesen a mi madre -el equivalente a dos salarios mínimos en Venezuela. Sí, algo había sobrado: no llegaba ni a la mitad del costo de las medicinas (medio salario mínimo).

Me fui a la farmacia más cercana y al salir de la misma, cuando el joven de turno me pidió la factura para sellarla (y es que en Venezuela sellan en todas partes las facturas a la salida de los comercios) le dije: sí, no te olvides de sellarla porque, sinceramente, con el precio de las medicinas en Venezuela provoca robar. Bueno señora, me contestó, al menos podrá sobrevivir: ¡No te creas tú eso! O se compran medicinas o se come, y como el salario mínimo no llega para las dos cosas si no nos mata la enfermedad nos mata el hambre. No veo cómo se puede sobrevivir así. Revisa tus ideas porque andas un tanto equivocado. 

Por Mercedes Fuentes - Publicado en: Personal
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