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8 diciembre 2010 3 08 /12 /diciembre /2010 10:26

 

 

¡ESOS SOSPECHOSOS Y EXTRAÑOS INQUILINOS!

 

 

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                            Dos jóvenes rabinos askenazies                              Un rabino adulto y un niño destinado a ser rabino

 

En estos días regresó a mi memoria una experiencia intercultural de cuando era una adolescente y vivía en Caracas en estrecha relación con la comunidad de judíos askenazíes.

Mi recuerdo se remonta a la fecha en la que mis padres adquirieron un apartamento (en España piso) al cual nos íbamos a trasladar. Pero mientras esperábamos para poder realizar la mudanza, mi padre que sostenía una muy buena relación de amistad con el rabino de la comunidad askenazí, se vio en la tesitura de alquilarlo durante unas semanas a dos rabinos ortodoxos que llegaron a Caracas procedentes de Nueva York. 

Los rabinos estaban en la capital venezolana con el propósito de buscar fondos entre el colectivo askenazí para algún proyecto a desarrollar en la ciudad de los rascacielos, en donde se encontraban al frente de la dirección espiritual de un grupo de miembros parecido al de Venezuela. Me imagino que para el rabino Rosenbaum solicitar el alquiler del piso a mi padre era una forma de no molestar a otros integrantes de la congregación caraqueña y al mismo tiempo encontrar un lugar recogido y discreto para los visitantes. Mi padre accedió a la petición encantado.  

Llevaban unos días instalados los rabinos en nuestra nueva casa, cuando mi padre se encontró con la convocatoria a una reunión por parte del pequeño conjunto de vecinos del edificio, el cual no sobrepasaba la docena. En la citación se especificaba que el punto a tratar estaba relacionado directamente con nuestra vivienda, pero no se especificaba cuál era.  

Sorprendido e intrigado mi padre acudió a la reunión. El grupo estaba formado por familias emigrantes españolas y portuguesas, además de algunas venezolanas de clase media. Las familias provenientes de la península ibérica se habían mudado desde el barrio cercano llamado La Candelaria, conocido por ser asentamiento principal de este grupo de  emigrantes. En el edificio había una familia judía, en este caso no askenazí. Las familias españolas, portuguesas y venezolanas llevaron la voz cantante: el punto a tratar era “esos extraños y sospechosos inquilinos” que tenía bajo su techo mi padre y que entraban y salían del edificio causando malestar y desasosiego en el colectivo.  

El representante de la única familia judía calló, mientras mi padre miraba con asombro a sus compatriotas y al resto de los vecinos: ¿Cómo qué “extraños y sospechosos inquilinos”?  ¿En qué mundo vivían? ¿Sabían que estaban residiendo en San Bernardino, urbanización de la capital venezolana dónde desde la década de finales de los 40, después de la Segunda Guerra Mundial,  estaba asentado un grupo de judíos ortodoxos provenientes de Europa  que poblaba el paisaje humano con sus formas de actuar y maneras de vestir, ya usuales para todos los que vivíamos allí? La respuesta de los vecinos interpelados fue una mirada inexpresiva. No, evidentemente no estaban acostumbrados.

Entre la representación ibérica había algunos católicos muy religiosos. Mi padre se dirigió especialmente a ellos, pues eran los que se manifestaban más alarmados. Este conjunto señaló, como motivo de sobresalto, los pelos y las extrañas vestimentas de los rabinos… Sí, replicó mi padre, entendía que podía  resultar extraña la forma de vestir de los representantes religiosos hebreos, como de la misma manera podría resultar extraña la forma de vestir de un sacerdote católico en sotana o un fraile en su hábito con capucha inmerso en una comunidad que no fuese católica y cuyos miembros no estuviesen acostumbrados a ver a un hombre con largas vestimentas de color negro, blancos o marrones con capucha.  

Luego pasó a informarles que “esos sospechosos y extraños inquilinos” eran representantes religiosos de una comunidad judía ortodoxa y que en poco se diferenciaban de los sacerdotes católicos más tradicionales. Dirigiéndose especialmente a una señora portuguesa, conocida por su devoción debido a que llegó a utilizar la sala de fiestas del edificio para celebrar rosarios con un grupo de amigas, mi padre señaló que resultaba cuando menos extraño que personas tan devotas como ellos temiesen a unas personas cuyo única diferencia era la de pertenecer a otra religión y vestirse de forma distinta.

Durante toda la reunión el único vecino judío dejó hablar a mi padre y al final, simplemente, apoyó y puntualizó los principales datos que había ofrecido: en todo caso eran personas totalmente inofensivas que se vestían  de esa manera impulsados por sus credos, credos que ni siquiera todos los judíos compartían como era su caso.  

Finalmente, mi padre les aclaró que además la alarma era innecesaria pues iban a estar poco tiempo y debido a nuestra mudanza posiblemente esa situación no se repitiese. Pero, agregó, si no hubiese sido así y se viese en la posición de volver a alquilar su apartamento a otros rabinos similares lo haría con mucho gusto pues en todo caso la comunidad de vecinos no podía  impedir que en el edificio viviese ya como inquilinos o propietarios ninguno de ellos, pues eran ciudadanos comunes de la urbanización, donde todos teníamos los mismos derechos y deberes. Por esta razón sugería a los nuevos habitantes del complejo que se acostumbrasen a esta realidad o que, en caso contrario, buscasen otro lugar para vivir. Como ejemplo mi padre mencionó al rabino Rosenbaum que vivía en un edificio cercano como propietario desde hacía ya muchos años.  

Ese día mi progenitor regresó a casa un poco más triste y comentando cómo la ignorancia  y el desconocimiento ponían barreras entre los seres humanos de  forma innecesaria y pueril. Sin duda, todos los problemas que surgían a partir de estas diferencias tenían la misma característica que su origen: la de ser innecesarios y pueriles, pero, sin duda, y a pesar de ello ¡cuánto daño podían causar!

 

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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Comentarios

Isaac Nahon 12/08/2010 18:21


Muy buena cronica, Mercedes. La cruzo en mis memorias.


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