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13 octubre 2012 6 13 /10 /octubre /2012 23:43

 

 

ACLARANDO MALOS ENTENDIDOS


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En la primera  foto la profesora Jacqueline con sus ex alumnos durante un encuentro el año pasado. En la segunda durante el acto de  graduación  como bachilleres de mi curso en el Colegio Arauca.

 

 

Después de publicar el artículo Polarización de una sociedad: mundos paralelos en la Venezuela de Chávez  lo mandé a diversos conocidos y amigos por correo electrónico  y a través de las redes sociales facebook y twitter, tanto para aquellos que son opositores como los que no. Debo reconocer que titubee un poco ante la perspectiva de mandarlo a aquellos que son visceralmente de la oposición,  pues pensé que posiblemente lo único que iba a conseguir era molestarlos y no era esa mi intención.

Posteriormente lo reconsideré pues pensé que merecía la pena que recibiesen el escrito simplemente como una forma de compartir con ellos una experiencia personal de un mundo que rechazan. Me dije, en la vida nada es absoluto y lo que hoy es blanco mañana pasa a ser negro y cuando uno menos se lo espera una información, que en su día se desdeñó, pasa a ser útil.

Entre las personas opositoras viscerales al chavismo, y a las que les envié el escrito, está mi profesora de bachillerato, Jacqueline Robledo, con quien confieso que nunca tuve buenas relaciones cuando era estudiante. A pesar de ello también debo reconocer que nunca tuvimos problemas importantes, creo yo, y por tanto no le guardo ningún tipo de resabio ni nada que se le parezca.

Por el contrario,  ahora, cuando la recuerdo en la distancia, en el colegio, muy joven, quizás unos 26 año, me doy cuenta que parecía que ella se había lanzado sobre sus jóvenes espaldas la enorme tarea de mantener la disciplina del centro escolar del que, además de profesora, era también directora. Por ello, en la actualidad,  comprendo el por qué de la mala cara que tenía muchas veces cuando me la cruzaba por los pasillos.

A pesar de ser la profesora Jacqueline, por decisión personal -pienso yo- el gendarme que mantenía la disciplina, recuerdo que también tenía muy buenas relaciones con la mayoría de los alumnos del plantel, con quienes todavía hoy en día mantiene contacto gracias a facebook. Hecho que me parece destacable, pues sin ninguna duda tiene que ser muy difícil mantener la disciplina y buenas relaciones  al mismo tiempo.

El caso es que este reconocimiento público que le estoy haciendo a mi profesora de bachillerato surge del hecho de que  me escribió un correo diciendo textualmente: “Decir que los (centros venezolanos) privados funcionan mal, que los médicos son antipáticos, que la medicina pública sí funciona es de una subjetividad impresionante y como tu periodismo parece ser de opinión no me queda más remedio que aceptar lo que dices pero muy lejos de compartirlo”.

La verdad es que hay una enorme subjetividad en ese artículo que, efectivamente, es de opinión. Y en realidad, en lugar de enfadarme, me hizo recapacitar y recordé la situación que me provocó semejantes juicios; y debo reconocerle a la profesora que no eran situaciones para inspirar simpatía ninguna. Y me pareció oportuno aclararlas. Como siempre para ello hay que retomar, una vez más, la historia previa que me condujo a estas conclusiones.

A los pocos días de mi estadía en Venezuela tuve que acudir a urgencias con mi madre. Fui al Centro Médico de Caracas. Tras una noche muy fría en el aire acondicionado, y muchas pruebas, se le diagnosticó piedras en la vesícula. Era necesario operarla urgentemente porque parecía que la cosa se estaba complicando, según me dijeron los médicos; pero primero tenía que cancelar todas las pruebas realizadas más la estancia en urgencias, cosa que hice inmediatamente. Aparte me presentaron un presupuesto de más de 60 mil bolívares por la cirugía. En total todo el coste se iba a unos 70 mil bolívares que en el momento al cambio de 12 bolívares por euro daba un total de 5 mil euros.

Tengo que reconocer que fue un duro golpe al bolsillo. Jamás en España yo había tenido que pagar por una intervención. En La Rioja, desde que llegué, disfruté de la excelente atención sanitaria pública de esta comunidad autónoma en el centro que, en un primer momento se llamaba   Residencia  San Millán y, posteriormente, Hospital San Pedro.

Mis amigas más cercanas, la periodista Nelly Ramírez y  la doctora Nancy Cazares Franco, estuvieron muy pendientes de los acontecimientos. Por ejemplo, Nelly, con una amiga doctora del Centro Médico recabó informes sobre los doctores involucrados para saber si mi madre estaba en buenas manos. Tras confirmar que así era procedí a dar mi visto bueno, pero, claro, antes tenía que cancelar  el costo en administración. Y ahí surgió el contratiempo: uno de los médicos, el número tres, dijo que no estaban contemplados sus honorarios en el presupuesto. Un error de la clínica.

El caso es que,  mientras el galeno me informaba de la no inclusión de sus honorarios, yo expresé  mi disgusto por el coste de la intervención: cómo era posible que sus honorarios estuviesen fuera si realmente a mi me parecía que el presupuesto que me habían presentado era muy alto. “¿Cómo?”, me contestó él. “En España sería mucho más alto”. “Disculpe”, le contesté, “en España no pagaría nada”. "Cómo le decía eso, me increpó, si un amigo de él, venezolano, que estaba en Madrid, le había hablado de los presupuestos de las clínicas y eran claramente superiores".

Yo le dije que en España yo, personalmente, y la mayoría de las personas que conocía, no utilizábamos los servicios de las clínicas privadas. Pero el galeno, un muchacho joven sobre la treintena, no me escuchaba e insistía en su idea. Claramente, decía, en España estos servicios eran más costosos. Como observé que era inútil intercambiar ideas con él  le pregunté, simplemente,  por el nombre de la clínica a la que se refería, esa donde trabajaba su amigo: “La Ruber de Madrid”, me dijo. “¿La Ruber? Que yo sepa a esa van el rey y las infantas, pero ni yo ni  ninguna de las personas que me rodean en España utilizamos los servicios de una clínica privada y mucho menos la Ruber u otra similar”,  le dije. Por supuesto, ni me escuchó, pero me dejó su presupuesto particular para que lo considerase. Uno 20 mil bolívares más, unos 1666 euros de incremento al cambio de 12 bolívares por euro en ese momento. En total el costo ascendía a unos 6666 euros de forma definitiva.

Llamé a mi amiga la doctora Nancy Cazares y le expuse la situación: “mira amiga la clínica te presentó un presupuesto y lo cancelaste. ¿No?” me interrogó mi amiga. “Sí, así es” le contesté. “Pues si los honorarios de ese médico quedaron fuera es su problema y el de la clínica, no tuyo. Que se arreglen ellos”.  De tal manera que cuando regresé a hablar con el médico le dije tal cual  me aconsejó mi amiga: era su problema y el de la clínica, no mío. Se pueden imaginar el clima tan poco agradable que se suscitó entre ese médico, todo el equipo, mi madre y mi persona. Desde luego nada agradable, y no me quedaron ganas de regresar con él ni con sus compañeros.

La segunda oportunidad fue en la clínica La Arboleda, donde ya conté En una sala de urgencias de una clínica venezolana,  que el médico de urgencias se negó a atender un hombre que se accidentó justamente enfrente de la puerta del centro sanitario.  El que haya leído el artículo recordará que se presentó la policía bolivariana obligando al centro sanitario a atender al accidentado y  que, ante la acusación de no auxiliar a un ciudadano herido, la gerencia de la clínica  buscó testigos de la conducta del galeno de urgencias. También recordarán  que yo fui una de las dos únicas personas que aceptaron testificar, entre las varias que allí había.

Por tanto, tengo que admitir que ante los médicos de los centros privados venezolanos no actué  para triunfar ganándome sus simpatías. Es lógico que el ambiente fuese justo el contrario; el de antipatía. Y me pareció oportuno aclarar este hecho a tenor de lo comentado por mi persona en el trabajo Polarización de una sociedad: mundos paralelos en la Venezuela de Chávez.

En el comentario que hacía mi profesora estaba también que no podía creer que en clínicas como “Hospital de Clínicas Caracas, Centro Médico, Diagnóstico, Metropolitana, Aguerrevere, por nombrar algunas, con excelentes médicos muchos con post- grados en el exterior, no supieran qué tenía el padre de mi amiga”. Evidentemente,  si no fue sometido a las prueba necesarias, siempre sospechando que pudiese ser un aneurisma, no podían diagnosticarlo. Eso puede suceder en cualquier hospital, ya fuese español o clínica de Venezuela[1].

De hecho, el padre de mi amiga venía de España, por tanto, al médico de cabecera, al menos, no se le ocurrió que el señor pudiese tener un aneurisma. Y me consta que tuvo que ser así porque todos los que vivimos en España tenemos un médico de cabecera por la seguridad social al cual se acude con más o menos frecuencia, siendo joven, cuanto más una persona mayor.

Y lo del frío de la sala de urgencias es simplemente un hecho. Lo conocemos todos los que hemos pasado por ellas: en mi caso tanto en el Centro Médico como en La Arboleda. El caso es que la profesora decía no reconocer el país del que hablaba. Luego me acusaba de mencionar el CDI de Chuao, que efectivamente, como bien decía ella, está muy  lejos de los barrios humildes. Hay que decir que está más bien en el sector de la clase alta y media alta, pero en esa zona vive mi amiga y era el que ella conocía.

Posteriormente yo me enteré que hay uno en la Avenida Andrés Bello, otro junto a la maternidad Concepción Palacios, otro en Cotiza, dos en el 23 de enero, uno más en la avenida Sucre…y no tengo información de cuántos más aunque alguien me dijo que en total son unos 600 en Venezuela. Pero hasta ahí, yo no puedo afirmar que esa cifra sea cierta.

Tras mencionar  otras cosas como lo que parecía un poco de historia de la medicina cubana relacionada con sus nexos políticos con Rusia, punto que en mi opinión no tiene  interés, y en el cual la profesora tampoco fue muy prolífica, me dijo que no tenía ánimos de discutir conmigo dado que presumía que, textualmente, “cuando leas esto te revolcarás en la silla pues creo que te conozco muy bien desde hace años , la conclusión de que el servicio médico público en la Venezuela de Chávez sí funciona sacada de esa muestra tan pequeña pienso que no es válida”.

En este párrafo la profesora suponía mal: me imagino que su presunción estaba basada en que yo estaba realizando una defensa emocional a ultranza del servicio médico de los cubanos y por tanto de Chávez y el chavismo. Nada más lejos de mi intención. Simplemente compartí una experiencia personal y también, cómo no, mi opinión al respeto. Sin más. Sin ánimo de polemizar sino más bien de compartir  un trozo de mi cotidianidad por si a alguien le puede resultar útil, además de hablar de los "mundos paralelos" de esta Venezuela del siglo XXI. 

 En ese mismo párrafo la profesora decía textualmente: “Espero que si algún médico tanto (del sector ) privado como (del) público que te lea pueda aclararte algunas cosas. Cantidad de hospitales con tremendas Infraestructuras, con excelentes médicos venezolanos que trabajan en condiciones infrahumanas, con sueldos de miseria en donde no se consigue ni algodón porque todos los recursos se los dan a los cubanos abandonando a su suerte a los venezolanos para ayudar a sacar adelante a los cubanos y a Fidel Castro”.

Sobre este apartado tengo que decir que no conozco los entresijos de la relación gobierno- sector público hospitalario, o con el gobierno cubano o los médicos cubanos. Sólo conozco la información que hace años  recabé para una serie de reportajes que fueron publicados en su día en el vespertino El Mundo, en el cual hablé, tras investigar con el fotógrafo asignado, Trejo, más tarde yerno del también fotógrafo de El Mundo, Ángel Navas, de la desaparición de equipos, en ocasiones  y del no mantenimiento de los mismos en otras oportunidades, además de la ausencia de los galenos a su puesto de trabajo por estar atendiendo su consulta privada, etc. Aunado a esto se añade los  comentarios de los usuarios de los CDIs y de gente de la calle que, después de muchos años, hablan de problemas tratados por mi en aquellos reportajes.

Como en su día me tocó investigar y escribir sobre estos problemas, ocurre que los actuales emisores de estos mensajes encuentran en mi una receptividad muy alta; siempre en consonancia con el círculo de la comunicación, en el cual se enfatiza que el grado satisfactorio de comprensión del que escucha se basa en las experiencias compartidas con el emisor.  

Para mi es evidente, tras su comentario, que mi profesora no comparte ni mis experiencias ni las de la personas con las que he hablado ultimamente. No pasa nada. Eso ocurre todos los días y  eso, desde luego, no es motivo de enfado. Si lo fuese no tendría ni la mitad de amigos que tengo y con los cuales no comparto muchas veces ni ideas, ni creencias, en la mayoría de los casos sólo, y no es poco, una relación humana cálida, de solidaridad  y  respeto mutuo.

De hecho tengo que añadir que muchos de mis más queridos amigos opinan de forma parecida a la profesora. En muchos casos ya lo he comprobado cuando he comentado personalmente la experiencia con ellos, pero también entra en la normalidad de mis relaciones cotidianas. Siempre fue igual: si después de muchos años somos amigos, es  porque las diferencias de opinión nunca nos han separado.

Otros contactos no me conocen tanto. Pero, por supuesto, no estoy ni he estado nunca de acuerdo en no ser quien soy por agradar a otros; por ello considero que en base al respeto mutuo mis relaciones con personas que no conozco tanto crecerán en la medida que sea posible  o no. Y esto también siempre ha sido así y lo seguirá siendo.

Por tanto profesora ¿revolcarme en la silla? No. En todo caso ¿por qué supone tanta vehemencia? En verdad no creo que  merezca la pena. Pero seguramente, si sigue en contacto conmigo, volverá a enfadarse porque esta soy yo: sin tapujos ni disfraces. Usted misma lo ha dicho: me conoce, pero, sin embargo,  mi vehemencia me la guardo para mejores ocasiones. No creo que esta sea una de ellas. No creo que posicionarme en un lado u otro de los "mundos paralelos"  de esta nuestra Venezuela  amerite tanta pasión. Lo dejo para quienes creen que eso debe ser así. En todo caso profesora Jacqueline, dentro de la discrepancia que existe entre nosotras, en este punto u otros, un fuerte abrazo para usted.



[1] En España, durante 8 años, trabajé en el Colegio de Médicos de  La Rioja. En mi relación con los facultativos aprendí que  uno de los procesos más difíciles de la medicina es el diagnóstico. Ello es debido a que una enfermedad puede presentarse con diferente síntomas según sea el paciente  y también porque muchas veces lo síntomas se solapan, dado que pueden tener relación con dolencias diversas.  Por tanto, fallar en el diagnóstico no es tan raro como pueda parecer. De hecho en una clínica privada en España,  al que era marido de mi jefe,  en el trabajo que desempeñaba en el Colegio de Médicos de La Rioja,  le diagnosticaron piedras en el riñón cuando era apendicitis. Cuando se dieron cuenta y fueron a operarlo ya era tarde; se había convertido en peritonitis, por tanto falleció. Y un caso parecido a éste me contaron que sucedió en Venezuela. Diferentes clínicas: Diagnóstico, Hospital de Clínicas Caracas, entre otros, no le diagnosticaron al compadre de unos conocidos una apendicitis porque nunca lo sometieron a la prueba correspondiente. En este caso era  porque el hombre, de 46 años, era muy gordo y temían que rompiese la camilla del aparato con el que lo podían diagnosticar. Al final lo hicieron ya tarde, cuando una amiga médico del  paciente se ofreció como responsable del equipo si le pasaba algo por su peso. El compadre de mis amigos murió al convertirse la apendicitis en peritonitis.

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Published by Mercedes Fuentes - en Personal
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