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27 febrero 2011 7 27 /02 /febrero /2011 09:11

 

SARABAND: 

LA INCAPACIDAD DE ACEPTAR

LA PROPIA DEBILIDAD

 

 

 

                    saraband.jpg      Secretos_De_Un_Matrimonio_1.preview.jpg

 

 

 En estos días pasados fui a ver con una amiga el último film de Bergman, Saraband. A mi buzón de correo electrónico llegó una invitación del cine club de la Universidad de La Rioja que alguien me mandó y de esta forma tuve la afortunada sorpresa de recibir la información sobre la reposición de esta película en el Centro de Filologías.

  Con la información sobre la reposición de la película, enmarcada en un ciclo del cine club universitario, llegaron a mi cabeza los recuerdos de mis años de estudiante en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello. Los jóvenes que estudiábamos allí nos habíamos convertido en un grupo de rendidos admiradores de este genial cineasta sueco.

  Por supuesto, la última película que vi de Bergman había sido Fanny y Alexander, hace ya más de veinte años. Se suponía que después de esa película sus admiradores no debíamos esperar  más films suyos: su relación con el cine había terminado definitivamente. Sin embargo, y afortunadamente para su público, se retractó de su declaración en el 2003 a los 85 años.

  En Saraband, cuyo título hace alusión al cuarto movimiento de la suite número cinco para violonchelo de Johann Sebastián Bach, un motivo musical que constituye el tono que impregna este drama, Bergman retoma la pareja formada por Johan y Marianne de su película Escenas de un matrimonio, estrenada en 1973.

  Y es que en 1972, Bergman empezó a escribir una obra dramática sobre un hombre que va a abandonar a su mujer, pero como explicó “antes de darme cuenta tenía seis diálogos sobre el amor, el matrimonio y todo lo demás. Johan y Marianne o Marianne y Johan [los protagonistas] se habían permitido mostrarse valientes, cobardes, alegres, tristes, enfadados, amorosos, desconcertados, inseguros, satisfechos, astutos, desagradables, pueriles [...], malvados, desamparados, en pocas palabras, como seres humanos”.

  Esos seis diálogos sobre el amor y el desamor se convertirían al año siguiente en Secretos de un matrimonio –miniserie televisiva y versión cinematográfica–. Bergman añadía un comentario que dice mucho sobre la íntima relación que guardan en su caso vida y obra: “Tardé dos meses en escribir estas escenas y toda una vida en experimentarlas”.

  Treinta años más tarde, un Bergman ya octogenario vuelve sobre los personajes como si recuperara el hilo de una conversación interrumpida: Marianne y Johan se reencuentran en la elogiada película Saraband. Ahora se enfrentan no sólo al desgarro de la impostura o la incomunicación, sino también a la ausencia de seres queridos y a un fin que saben próximo. Con la aparición del hijo y la nieta de Johan, los personajes se encuentran de dos en dos, como en la zarabanda –danza lenta y grave en la que las parejas se hacen y deshacen–. Se abren y cierran heridas, afloran tensiones sin resolver, y asoman esperanzas, nostalgias.

  A través de de los diálogos de las escenas Bergman nos muestra sus propias reflexiones sobre el amor y como lo vivió. Henry y Karyn, el hijo y la nieta de Johan, parecen ser más bien sus alter egos que son en realidad un espejo donde se refleja la  incapacidad que sintió durante toda su vida el director de cine sueco para  reconocer su propia debilidad, su incapacidad para decir te necesito y  para decir te quiero...una sentida manifiesta incapacidad para amar realmente.

  Desde mi punto de vista en esta película hay dos personajes: Johan y Marianne y sus alter egos, Henry y la fallecida Anna, que viene a ser el símbolo de un ideal. Anna, fallecida es un símbolo presente entre Johan y su alter ego Henry. Anna representa a la mujer sufrida que ama a Henry por encima de todo, el hombre atormentado y débil  que no es Johan porque se esconde  tras una fachada de fortaleza. Anna es el ideal de Johan también. Y Anna es el espejo donde se ve Marianne sin reconocerse, porque es una deformación de ella misma. 

  Anna es un personaje desdibujado; es un ideal que no existe, por tanto no puede describirse sino es desdibujado. Anna es un personaje ideal que no existe más que en la mente de los personajes reales y por eso es en la película una imagen en una fotografía. Pero Anna recuerda a Johan lo que él hubiese deseado que fuese Marianne y Marianne a través del hijo Henry, ve la debilidad encubierta por la fachada de dureza de Johan.

  Y Bergman nos hace una declaración lapidaria: ante la incapacidad de Johan  para mostrar sus sentimientos Marianne sólo puede sentir por él lástima. Nunca amor. Marianne podría haber amado a Johan, como lo muestra el ideal de Anna, si Johan hubiese sido capaz de reconocer su debilidad, su necesidad de tener a Marianne a su lado y de aceptar que la ama como es el caso de Henry ante Anna

  De esta película, Bergman sólo nos deja a una triunfadora: Marianne, que es capaz de reencontrarse consigo misma, darse cuenta de que Johan no le dejó otra alternativa más que sentir lástima por él y que en esas condiciones el amor es imposible. El poco  amor que alguna vez pudo existir va feneciendo en su débil luz en la medida que las comunicaciones telefónicas entre la pareja se van haciendo cada vez más dispersas hasta que llega un momento que Johan, con ese sentimiento de dolor que produce el no haber aceptado nunca su debilidad y su amor, decide interrumpirlas, pues nunca se concretarán en un nuevo y  deseado reencuentro. Todo un poema al autoanálisis y a la autocrítica por medio de la cual un hombre construye y reconstruye su propia imagen y estudia sus propios sentimientos. El Bergman más puro. El inolvidable Bergman.

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Published by Mercedes Fuentes - en Interés cultural
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